El anuncio de este martes, 27 de enero, anuncia una doble lectura económica y geopolítica. Nos encontramos ante un acuerdo histórico en el que la Unión Europea gana una vía para diversificar mercados y cadenas de suministro, e India consolida su apuesta por atraer inversión y reforzar su perfil exportador. En conjunto, el pacto se presenta como un salto de escala entre dos polos económicos con una base potencial de unos 2.000 millones de consumidores.
En la práctica, ese "salto de escala" busca que más empresas europeas produzcan, vendan o inviertan en India con menos costes de entrada, y que más compañías indias usen el mercado europeo como trampolín estable para crecer fuera de Asia. También es una señal política porque ambos bloques se alinean para reducir dependencias en un mundo de bloques comerciales más tensos y con más aranceles cruzados.
El acuerdo prevé eliminar o reducir aranceles sobre el 96,6% del comercio bilateral (por valor) y las estimaciones divulgadas apuntan a un ahorro cercano a 4.000 millones de euros al año en derechos para exportadores europeos. En paralelo, la UE abriría de forma muy amplia su mercado a bienes indios con liberalizaciones escalonadas. Ese "escalonado" es clave porque parte de las rebajas serían inmediatas y el resto se aplicaría por fases durante varios años, para dar tiempo a sectores sensibles a adaptarse. En términos de equilibrio, se ha publicado que la UE acabaría liberalizando prácticamente todo el flujo de importaciones desde India (cifras cercanas al 99,5% por valor), algo que Nueva Delhi necesita para vender el acuerdo como una victoria exportadora y de empleo. El efecto "real" dependerá de la letra pequeña (reglas de origen, requisitos técnicos y trámites aduaneros): si son simples, el acuerdo se usa; si son complejos, lo aprovechan menos pymes y más grandes grupos.
La gran novedad está en los sectores que durante años bloquearon la negociación. En automoción, India, un mercado históricamente muy protegido, con aranceles citados de hasta el 110%, aceptaría una reducción gradual hasta alrededor del 10% a lo largo de varios años. Parte de la cobertura añade que la apertura podría venir acompañada de cupos para gestionar el impacto en el mercado interno.
El segundo símbolo es el acceso para productos europeos premium, sobre todo vinos y bebidas espirituosas. Según lo publicado, los gravámenes bajarían de forma significativa (se mencionan rangos del vino hacia 20-30% y de espirituosos hacia ~40%, además de otros ajustes), lo que reforzaría la competitividad europea en un mercado urbano en expansión.
En el reparto de beneficiarios, para la UE aparecen como ganadores probables automoción, maquinaria, químicos y procesados, mientras que para India se citan con frecuencia textil/confección, gemas y joyería y фарma (farmacéutico), entre otros.
Como contrapeso, el pacto mantiene exclusiones o protecciones en sectores sensibles, especialmente ciertos productos agrícolas, para hacerlo políticamente viable. Y aunque se hable de "acuerdo cerrado", aún queda el tramo institucional: revisión legal, traducciones y ratificación antes de la entrada en vigor, fase en la que se concretan calendarios, cupos y salvaguardas.
En agricultura, las exclusiones suelen concentrarse en productos con alto coste político (por ejemplo, lácteos, azúcar, arroz o ciertas carnes), precisamente para evitar protestas internas y desbloquear la ratificación. También pueden incluir mecanismos que permiten frenar importaciones si un sector sufre un impacto repentino. En cuanto a plazos, lo habitual es que tras el anuncio venga una fase de legal scrub (revisión jurídica), traducciones y el trámite parlamentario; ahí es donde se fijan con exactitud los calendarios por producto, los cupos y los mecanismos de control. Por eso, el gran foco en las próximas semanas no será solo “qué se acordó”, sino “cómo se implementa” y en qué fechas concretas cada rebaja empieza a aplicarse.


