Antes de que el baloncesto femenino español ganara visibilidad y multiplicara referentes, hubo una jugadora que cruzó el puente hacia la élite internacional cuando casi no existían mapas. Amaya Valdemoro compitió al máximo nivel y abrió camino cuando hacerlo implicaba asumir más riesgo, menos recursos y mucho menos reconocimiento. Nacida en Alcobendas, con apenas 14 años dejó casa y familia para perseguir una carrera que entonces no ofrecía certezas. Lo que sí exigía era carácter. Y el suyo siempre fue innegociable: ambición, disciplina y una mentalidad construida para ganar.
Su salto a la WNBA, la liga más exigente del mundo, la convirtió en una de las pioneras europeas en Estados Unidos. Con Houston Comets formó parte de un equipo campeón y sumó tres anillos de la principal competición de baloncesto del mundo, interiorizando una cultura de profesionalismo extremo y competitividad constante, donde la dureza mental es tan decisiva como el talento.
Tras colgar las zapatillas, Valdemoro ha seguido ligada al juego como comentarista, con una voz reconocible: directa, experta y sin adornos. En esta conversación habla de liderazgo, presión, salud mental, desigualdad real y legado. Y lo hace desde el mismo lugar desde el que jugaba: sin pedir permiso.
P - Cuando escuchó que entraría en el Hall of Fame de la WNBA, ¿qué fue lo primero que se le pasó por la cabeza… y a quién se lo dedicó en silencio?
R - La verdad es que no me lo esperaba. Pensé que me estaban gastando una broma y pregunté doscientas veces si era verdad. Me quedé en shock. Se lo dediqué sobre todo a mis padres, que ya no están. Fue algo totalmente inesperado y muy emocionante.
P - Ha abierto muchas puertas en su carrera. ¿Cuál fue la más difícil de empujar? ¿La deportiva, la cultural o la mental?
R - He tenido que abrir muchas puertas, pero nunca me he parado a pensar cuál fue la más importante. Siempre he ido hacia delante, en la línea del crecimiento del deporte femenino, movida por mi competitividad y por esa fuerza interna de querer llegar un poco más alto.
Quizá lo más duro viene después, cuando te retiras y ‘sales al mundo’. Ahí sí notas que la igualdad no es como pensabas, no tenemos el mismo reconocimiento que los hombres. Mientras compites en deporte femenino, sabes lo que hay. Pero cuando sales fuera, tienes más tiempo para pensar en qué habría sido de ti si la igualdad hubiese sido real.
Aun así, me siento afortunada. He ido cumpliendo sueños sin quedarme demasiado tiempo pensando en lo que pudo ser y no fue. Mi carácter es mucho de actuar y no darle tantas vueltas, y eso me ha ayudado. Tanto para lo bueno, como para lo malo. Siempre he tenido un perfil muy competitivo.
“Cuando fallas un lanzamiento decisivo, la mente te lo recuerda una y otra vez”
P - En una época con menos foco mediático y menos recursos, ¿qué sacrificios invisibles tuvo que hacer su generación para que hoy existan más oportunidades?
R - Cuando empiezas a jugar lo haces por pasión, no pensando en sacrificios. Yo siempre digo que se sacrificaron más mis padres que yo, dejándome salir de casa con 14 años.
Los sacrificios los ves con perspectiva, cuando te retiras: el tiempo con la familia, no poder terminar la carrera, perderte momentos importantes… En mi caso, lo que más pesa es el tiempo que no pasé con los míos. El deporte te hace más competitiva y querer ganar, te obsesiona. Vi gente que tenía mucho talento y se quedó por el camino.
Además, hablamos de los años 90: yo me fui de casa en una época en la que no había móviles ni videollamadas. Mis padres fueron los valientes. Confiaron en mí y me dejaron ir siendo una niña.
P - ¿Hubo un momento en Estados Unidos en el que pensó: “si aguanto esto, aguanto cualquier cosa”?
R - Cuando llegué, me impresionó el nivel de profesionalismo, de competitividad y de físico. Lo que pensé fue que tenía que ser como ellas. Ese nivel de exigencia colectiva, donde cada entrenamiento era como un partido, es algo que marca. Nadie se guardaba nada.
Más que aguantar, lo más complicado fue adaptarme. Ver ese nivel me hizo cambiar el chip. No era sobrevivir, era evolucionar. Subir el estándar personal al máximo.
“He sido una jugadora muy completa, con un nivel de competitividad enfermizo”
P - En alguna entrevista ha hablado de la soledad en la élite. ¿Cómo se gestiona la presión cuando se es una referente y, a la vez, se siente sola?
R - Cada persona tiene sus herramientas. Yo empecé a ir al psicólogo por rendimiento deportivo, para ser mejor jugadora, y descubrí que también necesitaba hablar de muchas otras cosas. Un ser humano no puede con todo.
El trabajo mental es tan duro como el físico. Respiración, meditación, visualización… entrenas la cabeza igual que entrenas el tiro. Cuando fallas un lanzamiento decisivo, la mente te lo recuerda una y otra vez. Hay que aprender a desbloquear eso.
La visualización, por ejemplo, es clave: no solo verte tirando, sino verte anotando, recrear las jugadas enteras desde distintos ángulos. Toda la gente que tiene talento o un carácter, digamos, especial para el deporte, pues se ve anotando, y yo he tenido ese carácter. Es entrenamiento puro. Y sirve también para la vida.
P - Si pudiera ponerle nombre a su ‘superpoder’ deportivo, ¿cuál sería?
R - He sido una jugadora muy completa, pero si tengo que decir algo, diría que mi competitividad era enfermiza. En el buen y en el mal sentido. Podía meter 20 puntos y estar feliz, pero el día que fallaba, seguía tirando. Yo pensaba que el siguiente iba a entrar. Hay gente que falla dos y deja de intentarlo.
P - Como mujer referente, ¿qué le gustaría que cambie ya de verdad en el ecosistema del baloncesto?
R- Me gustaría que tuviéramos las mismas ayudas, instalaciones y herramientas. Y, sobre todo, el mismo respeto y valoración.
Que una victoria nuestra pese lo mismo que la de un hombre. Porque hemos sacrificado lo mismo o más, muchas veces con una recompensa muchísimo menor. Se ha avanzado muchísimo, pero esto es una carrera de fondo. Vamos mejor, pero aún estamos lejos.
P - ¿Qué le diría a una niña que juega hoy y sueña con la WNBA, pero no se siente ‘suficiente’ todavía?
R - Lo primero: que se divierta. El deporte te va colocando en tu sitio si trabajas. Es durísimo y muy pocas llegan arriba, pero el camino ya merece la pena.
Tiene que aprender a ser buena compañera y también buena consigo misma. Trabajar muchísimo, tener disciplina y desarrollar habilidades emocionales. El talento solo no basta.
“He cumplido sueños sin pararme demasiado a pensar en lo que habría sido”
P - Y después de todo el baloncesto, la competición, los campeonatos… ¿qué sucede?
R - Llevo ya más de una década como comentarista en Movistar y me encanta mi trabajo. Es curioso, pero después de cumplir mi gran sueño como deportista no he sido nada ambiciosa en el sentido de querer más y más. Lo que quiero es tiempo para mí: leer, viajar, no hacer nada, estar con mi perro… Me gusta ayudar al deporte femenino en lo que puedo, pero también me gusta la tranquilidad y la rutina.
P - ¿Cómo le gustaría que la gente resumiera su legado en una sola frase?
R - Me encanta cuando dicen que lo di todo. Luego, si gusté más o menos, es otra cosa. Tengo carácter, soy directa y se me nota cuando algo no me gusta. Soy transparente, para lo bueno y para lo malo.
Siempre me acuerdo de un refrán que decía mi padre: “Ladran, luego cabalgamos”. He aprendido a no intentar agradar a todo el mundo. Lo más importante es agradarte a ti misma. Y ahora estoy en ese punto: digo que no cuando quiero decir que no… y me quedo en paz.

