Revista Capital

Londres, Highlands y un martini, viajar por Reino Unido siguiendo la ficción

Para un Martini clásico en Londres: Dukes Bar (St. James’s). Para vino en un entorno histórico: Gordon’s Wine Bar

Por Marta Díaz de Santos

Cada vez más gente viaja con una escena en la cabeza. No un monumento, ni siquiera una ciudad entera. Una escena. Un plano de Londres al amanecer, un pub en penumbra, una carretera escocesa sin tráfico… Por eso, cuando alguien se baja del tren o del avión y abre el móvil, no busca ‘qué ver cerca de’, sino James BondThe Crown o Sherlock Holmes. A veces, incluso, Orgullo y prejuicio. Y no, no es una moda extraña, es una forma bastante eficaz de decidir por dónde empezar.

Hay algo casi práctico en esa elección: una película te coloca en un estado de ánimo con más precisión que cualquier guía, y a partir de ahí el viaje se deja hacer. No es lo mismo aterrizar con la solemnidad de The Crown que con el cinismo elegante de Bond; tampoco se camina igual si en la cabeza suena el Londres nervioso de Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) o el Londres de barrio bien peinado que venden Notting Hill y Cuatro bodas y un funeral.

Las series y las películas no sustituyen al viaje, pero provocan algo muy útil y es que te ordenan la mirada antes de llegar. Te dicen si una ciudad se recorre deprisa o despacio, si pide madrugar o salir de noche, si el plan es caminar o sentarse. En el caso de Reino Unido y Escocia, ese aprendizaje funciona especialmente bien.

Se dejan filmar porque tienen buen tempo (estaciones, pubs, salones, niebla, piedra) y porque el cine británico, del clasicismo contenido de Breve encuentro al thriller frío de El topo, ha convertido la contención en un lenguaje. Para el viajero, eso es un manual no declarado y aquí las cosas importantes rara vez se anuncian.

Londres es el mejor ejemplo. Es una ciudad que todo el mundo cree conocer, pero que se entiende mal si se entra sin criterio. The Crown ayudó a algo importante y fue a desplazar la atención de los iconos a los espacios intermedios; no tanto el Big Ben, como los pasillos, las escaleras o las puertas cerradas. Ese Londres institucional se recorre temprano, cuando todavía funciona como una ciudad real. Ese mismo amanecer le queda bien a otro Londres, más antiguo y menos vistoso (el de gabardina, farola y calle húmeda que el espectador asocia a los thrillers clásicos).

El trayecto es sencillo y no necesita imaginación. Cruzar Westminster Bridge a primera hora, caminar por Whitehall y atravesar St James’s Park explica más sobre el poder británico que cualquier visita guiada. Todo está cerca, todo es accesible y todo se entiende caminando: un Londres serio, contenido, muy poco espectacular, que funciona precisamente por eso. El cine que mejor lo capta suele fijarse en lo que no se enseña (despachos, pasillos, salas de espera) y ahí encajan, además de The Crown, los códigos de El topo, un Londres de alfombra gruesa y mirada lateral, donde el suspense no está en la persecución sino en la frase que se queda a medias.

Después conviene cambiar de registro. Bloomsbury es una transición limpia porque baja el ritmo sin sacarte del centro: residencial, tranquila, y con ese lujo londinense de caminar sin objetivo. Por la tarde, Marylebone es uno de esos barrios que siempre responden bien, con librerías, cafés y calles que se cruzan sin esfuerzo. Aquí Sherlock Holmes encaja de forma natural porque el barrio invita a moverse sin rumbo, y Londres, en este punto, deja de ser monumental y se vuelve legible.

Si uno quiere estirar el paseo hacia otro imaginario clásico, basta con recordar que el ‘Swinging London’ no se inventó en una oficina de turismo: está en Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) y también en Alfie. No hace falta perseguir localizaciones exactas, basta con entender que Londres tiene muchas velocidades y que cada una se activa a una hora distinta.

Y entonces aparece Bond. No el Bond espectacular, sino el cotidiano, el que camina junto al Támesis al anochecer, el que observa edificios sin detenerse. La sede del MI6 se entiende mejor desde fuera que desde dentro, y Southbank funciona especialmente bien cuando cae la luz. Ese tramo del río admite, además, lecturas menos glamourosas: el Londres de La naranja mecánica -incómodo, agresivo, futurible- no es una invitación a la nostalgia, pero sí nos recuerda que una ciudad no es solo capital imperial y comedia romántica; también es tensión social, periferia, choque de clases, y eso, si se viaja con cierta curiosidad, también cuenta.

Para terminar el día, un Martini en Dukes Bar si te apetece el ritual clásico; vino en Gordon’s Wine Bar si prefieres algo menos ceremonial. Ambos sitios tienen algo en común y es que no intentan gustar, están ahí desde antes. Dukes tiene el tipo de silencio que el cine ha mitificado (barra corta, gesto preciso) y Gordon’s, en cambio, funciona por historia y penumbra, más fácil de imaginarlo con un personaje secundario que sabe demasiado que con un viajero haciendo check-in emocional.

Salir de Londres, aunque sea por poco tiempo, ayuda a entender mejor la ciudad. El campo inglés no es un complemento ni un desvío, forma parte del relato. Aquí entran en juego algunas de las ficciones más influyentes del imaginario británico, las que han construido una idea de Inglaterra basada en el ritmo, la jerarquía social y el peso de la tradición. Una de las referencias más claras es Downton Abbey. Más allá del fenómeno televisivo, funciona como guía involuntaria para recorrer el sur de Inglaterra con otra cadencia.

Highclere Castle, el escenario real, se visita con reserva previa y conviene hacerlo entre semana, cuando el lugar conserva algo de silencio; pero lo verdaderamente interesante no es solo el castillo, sino todo lo que lo rodea (es decir, las carreteras secundarias, los pueblos pequeños, los pubs donde el almuerzo se alarga sin culpa…). Si ese es el punto, el gran clásico paralelo es Lo que queda del día, la Inglaterra de la casa perfecta y la emoción guardada en un cajón.

Si el imaginario es todavía más clásico, Orgullo y prejuicio sigue siendo una brújula fiable. Chatsworth House, en Derbyshire, fue el Pemberley de la versión cinematográfica de 2005 y funciona como visita de medio día, combinando interiores y jardines; para quienes prefieran la adaptación televisiva de la BBC, Lyme Park ofrece una experiencia similar, con menos afluencia y más paisaje alrededor.

Y si no apetece moverse tanto, Bath condensa ese mismo espíritu en versión urbana con proporciones perfectas, piedra clara y una ciudad que se recorre mejor caminando que planificando. En ese mismo carril entran otras ficciones “de piedra clara”: Una habitación con vistas (aunque mire a Italia, su Inglaterra de origen pesa), y las adaptaciones de las Brontë (Jane Eyre, Cumbres borrascosas) que empujan hacia una idea de país más áspera, más ventosa, donde el paisaje es temperamento.

Hay, sin embargo, otra Inglaterra menos visible que el cine también ha sabido retratar. Billy Elliot sigue siendo una referencia clave para entender el norte del país y su pasado industrial: zonas de Durham o Tyne and Wear no aparecen en las postales, pero aportan contexto. No es un viaje ‘bonito’, es un viaje significativo.

El salto a Escocia marca un cambio claro de tono. El trayecto Londres–Edimburgo en tren no es solo la opción más cómoda, es parte del viaje, una transición lenta que te cambia el paisaje y también el cuerpo. Mirar por la ventana, ver cómo el campo se abre y la luz se enfría, ayuda a entender que el ritmo va a ser otro.

Edimburgo funciona como puerta de entrada natural si se evita la acumulación: la Royal Mile se recorre mejor temprano; después conviene desviarse. Dean Village, a pocos minutos a pie, parece detenida en otro tiempo; Calton Hill, al atardecer, ofrece una lectura completa de la ciudad sin necesidad de grandes esfuerzos. Para entender la Escocia más contemporánea, Trainspotting sigue siendo una referencia incómoda, pero útil, y cruzar hacia Leith ayuda a completar esa imagen de ciudad vivida.

Cuando el viaje se adentra en las Highlands, la lógica cambia por completo. Aquí manda el paisaje y el viajero aprende a adaptarse. Outlander convirtió esta región en un estado mental más que en una lista de localizaciones. Inverness funciona como base práctica desde la que recorrer el lago Ness por tramos, deteniéndose en miradores y evitando los puntos más saturados. Los castillos de Urquhart y Eilean Donan impresionan más a primera hora, cuando todavía hay silencio. En las Highlands, el cine siempre ha entendido lo mismo: el paisaje dirige; por eso funciona Sé a dónde voy (Powell y Pressburger).

La Escocia más cotidiana y emocional aparece en Local Hero (1983). Rodada en Pennan, un pequeño pueblo costero, la película propone una relación distinta con el viaje: caminar, mirar el mar, sentarse en el pub. La banda sonora de Dire Straits, compuesta por Mark Knopfler (claramente, lo mejor de la cinta), acompaña ese ritmo pausado y sigue siendo inseparable del lugar; aquí no hay hitos ni listas, solo tiempo.

La épica llega con Braveheart. Más allá de debates históricos, la película sigue empujando visitas a Stirling y su castillo, uno de los mejor situados del país. James Bond reaparece también en Escocia con Skyfall. Glen Etive es el nombre que suele citarse, pero la experiencia real está en llegar fuera de temporada alta, caminar un poco y no quedarse en el primer aparcamiento.

Viajar siguiendo la ficción implica una responsabilidad silenciosa de no convertir los lugares en escenarios agotados. Madrugar, elegir temporada media, usar el tren para los grandes trayectos y caminar más de lo previsto suele ser suficiente. En Reino Unido y Escocia, además, el tiempo manda, y aceptarlo es parte del viaje. Al final, lo interesante de este tipo de recorrido no es reconocer un sitio, sino reconocer una sensación… la pantalla propone una atmósfera; el viaje la confirma, la matiza o la contradice. Y en esa diferencia es donde ocurre lo mejor.

Únete a nuestra Newsletter

A través de nuestra Newsletter con Capital te hacemos llegar lo más importante que ocurre en el mundo de la #economía, los #negocios, las #empresas, etc… Desde las últimas noticias hasta un resumen con toda la información más relevante al final del día, con toda comodidad.