En los últimos días ha vuelto a circular una pregunta muy concreta en el debate público: "¿Estamos viendo el fin de la OTAN?". La pregunta reaparece a raíz del pulso diplomático y estratégico alrededor de Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, pero situado en la geografía más sensible del siglo XXI, el Ártico. En pleno Foro Económico Mundial, líderes europeos han advertido del riesgo de que esta disputa erosione la unidad aliada y termine beneficiando a Rusia, mientras desde Moscú se alimenta el relato de una OTAN "en crisis" por la misma cuestión.
Ahora bien, que existan tensiones no significa automáticamente que una institución esté a punto de desaparecer. En realidad, lo que está ocurriendo se parece más a lo que la OTAN ha vivido repetidas veces en su historia; una alianza que se ve obligada a mirarse al espejo cuando el tablero cambia. Y el tablero, hoy, cambia a la velocidad de las rutas marítimas que abre el deshielo, de los minerales críticos que condicionan la transición energética y de la economía de la seguridad que regresa al centro de las decisiones presupuestarias.
La discusión sobre Groenlandia, por tanto, es un síntoma de una era en la que la defensa y la economía vuelven a hablar el mismo idioma.
Historia de la OTAN
Para entender por qué la idea de un "fin" genera tanta inquietud, hay que volver al origen y recordar qué es la OTAN cuando funciona bien. Nació el 4 de abril de 1949, creada por 12 países, como una arquitectura de seguridad colectiva basada en una premisa sencilla y poderosa, la defensa de uno es la defensa de todos.
Esa promesa se condensa en el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, convertido con el tiempo en un seguro de vida geopolítico para Europa. La OTAN fue una respuesta militar al arranque de la Guerra Fría, pero también un marco de previsibilidad para reconstruir economías, estabilizar democracias y proteger el flujo transatlántico de capital, comercio y tecnología en un continente que aún olía a ceniza.
Esa dimensión económica suele pasarse por alto cuando se habla de "tanques" y "bases". Sin embargo, desde la óptica de la historia económica, la OTAN contribuyó a un bien escaso y carísimo, reducir la incertidumbre. La inversión (pública y privada) es especialmente sensible a la percepción de riesgo. En un entorno donde el miedo a una guerra en Europa occidental era real, el paraguas de seguridad colectiva ayudó a crear condiciones para la reconstrucción industrial, la modernización de infraestructuras y la consolidación de Estados capaces de planificar a largo plazo. La alianza, en ese sentido, no solo disuadía; también “abarataba” el futuro.
Hay un logro que, por invisible, es quizás el mayor. Durante décadas, la OTAN evitó que el continente europeo se convirtiera en el campo de batalla directo entre superpotencias. La disuasión, convencer al adversario de que el coste de atacar sería inasumible, fue su forma de éxito. Y se mide en las guerras que no se libraron. Esa lógica permitió que el crecimiento económico en Europa occidental se desarrollara con un nivel de continuidad histórica inusual para una región que, hasta entonces, había conocido ciclos recurrentes de conflicto.
Cuando la Unión Soviética colapsó, llegó el primer gran funeral anticipado. ¿Para qué una alianza creada contra un rival que ya no existía? Aquí aparece uno de los grandes rasgos de la OTAN, su capacidad de mutación institucional. La organización no desapareció pero se redefinió en buena medida, ampliando su perímetro político y estratégico. Desde 1949, la membresía pasó de 12 a 32 países a través de diez rondas de ampliación, con hitos bien conocidos: la entrada de Polonia, Hungría y la República Checa en 1999; la gran ampliación de 2004; y, más recientemente, la incorporación de Suecia el 7 de marzo de 2024.
La ampliación es una decisión con implicaciones económicas profundas. Para los nuevos miembros, la adhesión funciona como un "sello" de estabilidad estratégica que suele favorecer inversión y expectativas de integración en el espacio euroatlántico. Para la alianza, implica extender compromisos y, por tanto, riesgos y costes. De ahí que el debate sobre "quién paga" resurja cíclicamente. En términos económicos, la OTAN es un club cuyo valor depende de la credibilidad de su garantía colectiva, y esa credibilidad depende de capacidades reales.
La década de los noventa fue también la prueba de fuego del mundo post-Guerra Fría, los Balcanes. Allí, la OTAN estrenó su papel como gestor de crisis y estabilización. En Bosnia y Herzegovina desplegó su primera gran operación de respuesta a crisis, la fuerza IFOR en diciembre de 1995 para implementar los aspectos militares del Acuerdo de Dayton, seguida por SFOR, que se prolongó hasta diciembre de 2004. En Kosovo, la OTAN entró en junio de 1999 y desde entonces mantiene KFOR como presencia de seguridad. Estos episodios, con sus debates políticos y legales, consolidaron algo fundamental. Es decir, que la OTAN podía operar como maquinaria logística multinacional capaz de sostener misiones complejas.
El 11-S transformó su narrativa
El 11 de septiembre de 2001 añadió un capítulo que transformó la narrativa de la OTAN. Por primera, y hasta ahora única, vez se invocó el Artículo 5, el 12 de septiembre de 2001, tras los atentados en Estados Unidos. La alianza, concebida para un ataque convencional en Europa, se adentraba en el terreno del terrorismo global y las amenazas asimétricas. El simbolismo de esa invocación fue enorme: el “ataque a uno” podía venir de actores no estatales y desde fuera del territorio europeo.
A partir de ahí, la OTAN vivió el dilema de toda institución nacida en un mundo y obligada a actuar en otro. Afganistán se convirtió en la misión que tensó costuras políticas y presupuestarias, y que abrió discusiones sobre el alcance real de la alianza. En términos económicos, también visibilizó algo incómodo: la guerra moderna es un sumidero fiscal y una carga para la cohesión interna cuando los retornos políticos son difusos. Y, aun así, la operación dejó desarrollos importantes en interoperabilidad, coordinación multinacional y capacidades logísticas que hoy siguen siendo parte del "activo" OTAN: estándares comunes, cadenas de mando, compatibilidad de sistemas, procedimientos compartidos.
Ese punto, los estándares, es una de las grandes victorias silenciosas de la OTAN. En economía industrial, la estandarización reduce costes y fricciones, permite economías de escala y acelera la innovación. En defensa, significa que ejércitos de países distintos pueden operar juntos: comunicaciones compatibles, munición, protocolos, planificación. La OTAN es una infraestructura organizativa. Y esa infraestructura, como cualquier red, vale más cuanto más se usa y cuanto más confiable es.
Es aquí donde el debate actual adquiere espesor. Cuando se habla de "fin", en realidad se habla de la erosión de la confianza. Y la confianza, en una alianza, es un bien económico y político. Si los socios creen que el compromiso es ambiguo, el incentivo cambia: aumentan los gastos nacionales para cubrirse, se buscan alianzas alternativas, se duplican capacidades, se fragmenta la compra de armamento y se encarecen las cadenas de suministro. Dicho de otra manera, una OTAN debilitada no es solo un problema militar; es una fuente de ineficiencia económica a gran escala.
La cuestión de Groenlandia se ha convertido en un amplificador de ese nervio sensible. No por la isla en sí (aunque su ubicación es estratégica en el Atlántico Norte y el Ártico), sino por lo que simboliza: el choque entre intereses nacionales dentro de un marco que pretende ser colectivo. En los últimos días, la discusión se ha explicitado en términos de unidad aliada y riesgo de distracción respecto a la guerra en Ucrania, con propuestas de acuerdos de seguridad conjuntos para el Ártico y el Atlántico Norte como vía de desescalada.
Hay, además, un subtexto económico inevitable y es que el Ártico está dejando de ser periferia. El deshielo abre rutas marítimas potenciales y revaloriza recursos y posicionamientos. En ese escenario, la seguridad se convierte en la condición de posibilidad de nuevas inversiones (puertos, vigilancia, satélites, infraestructuras críticas) y de la protección de cadenas de suministro que ya no solo dependen de estrechos tropicales, sino también de corredores polares. Cuando un territorio adquiere valor estratégico, sube su valor político… y sube el riesgo de fricción.
¿Y ahora qué?
Entonces, ¿estamos ante el fin de la OTAN? La historia sugiere prudencia con los diagnósticos terminales. La OTAN ha sido declarada “obsoleta” más de una vez y ha respondido reconfigurándose: de contención soviética a estabilización en Europa; de defensa territorial a amenazas globales; de un mundo bipolar a uno con múltiples centros de poder. Hoy, la alianza vuelve a estar en revisión, pero no necesariamente en demolición.
Su balance histórico, incluso con controversias, es difícil de negar si se observa a largo plazo. Primero, ayudó a mantener la paz entre grandes potencias en Europa durante la Guerra Fría. Segundo, sirvió como armazón de estabilidad para la reconstrucción y el crecimiento económico europeo, al reducir incertidumbre estratégica. Tercero, tras 1991, evitó que el vacío de poder en Europa se tradujera automáticamente en desorden permanente, desarrollando capacidades de gestión de crisis, como se vio en Bosnia y Kosovo. Y cuarto: construyó un ecosistema de interoperabilidad y estándares que, como cualquier infraestructura, cuesta décadas crear y sería carísimo reemplazar.
El reto de este año no es demostrar que la OTAN puede "ganar" algo, es más bien que puede seguir siendo creíble en un mundo donde la seguridad vuelve a competir con otras urgencias presupuestarias como la inflación, la transición energética, el envejecimiento demográfico o la deuda pública. La economía manda, siempre. Y la defensa, que durante años se trató como un gasto políticamente incómodo, regresa como una condición de resiliencia: protección de infraestructuras críticas, ciberseguridad, disuasión, control de rutas y confianza inversora.
Las alianzas no mueren solo por ataques externos, mueren cuando sus miembros dejan de considerar que el contrato vale la pena. La OTAN es un mecanismo. Si se oxida, el coste se traslada a los mercados, a la inversión y a la estabilidad del sistema internacional. Y si algo nos ha enseñado el siglo XX, y el primer cuarto del XXI, es que, cuando la estabilidad se rompe, reconstruirla siempre resulta más caro que mantenerla.
