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Groenlandia, la clave del Ártico que vuelve a tensar el Atlántico

Trump vuelve a poner Groenlandia en el centro del tablero al reactivar su ofensiva para “adquirir” la isla por seguridad nacional. Dinamarca dice que no está en venta, Groenlandia que decide su población, y en Europa crece la alarma: ¿puede un país de la OTAN amenazar a otro, aunque sea verbalmente?

Por Marta Díaz de Santos

La primera semana del año empieza con un foco inesperado en el norte. Donald Trump ha vuelto a colocar Groenlandia en el centro del debate internacional al reactivar su presión sobre la isla ártica, territorio autónomo bajo soberanía danesa. Desde Washington se habla de "adquirir" el territorio como una cuestión de seguridad nacional y se sugieren vías que van desde incentivos económicos y presión diplomática hasta, en el extremo, la fuerza. Dinamarca responde que Groenlandia no está en venta; en la isla recuerdan que su futuro lo decide su población; y en Europa crece el nerviosismo ante la posibilidad, siquiera verbal, de un choque entre aliados de la OTAN.

El contexto explica por qué esta discusión ya no se percibe como una extravagancia. Groenlandia ocupa una posición estratégica entre Norteamérica y Europa, en una región, el Ártico, que gana peso por la apertura de rutas marítimas, la competencia por recursos y el pulso entre grandes potencias. Estados Unidos, además, no parte de cero: mantiene en la isla una instalación militar clave, la Pituffik Space Base (antes Thule), relevante para vigilancia y alerta temprana en el hemisferio norte. En esa lógica, Trump insiste en que el país “necesita” Groenlandia para reforzar su seguridad y disuadir a adversarios en el Ártico.

Donald Trump vuelve a poner Groenlandia en el centro de la política internacional al reactivar su ofensiva sobre la isla ártica, territorio autónomo bajo soberanía danesa

El debate se ha encendido por un elemento que en Europa se considera especialmente grave: la insinuación de que el uso de la fuerza no se descarta. Incluso si se interpreta como presión negociadora, la frase rompe un tabú entre aliados y obliga a reaccionar. En Copenhague el mensaje ha sido frontal. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca y no existe derecho a "tomarla". En Nuuk, el malestar no es solo diplomático; la retórica de anexión se percibe como una falta de respeto. Y todo ello se superpone a un factor interno sensible: el debate groenlandés sobre la independencia, que hace que cualquier presión externa resulte todavía más delicada.

Desde Washington se habla de “adquirir” el territorio como una cuestión de seguridad nacional y su Administración plantea escenarios que van desde el dinero hasta la presión política y, en el límite, la fuerza

¿Qué busca Trump en la práctica?

En Washington se mezclan tres impulsos. El primero es militar. Pituffik es un activo en el Ártico y, aunque la anexión sea inviable, a Estados Unidos le interesa blindar el acceso y ampliar capacidades en un escenario de competencia creciente. El segundo es geopolítico: la isla se lee como pieza de disuasión y como punto desde el que evitar que rivales ganen influencia. El tercero es económico y simbólico. Groenlandia concentra recursos estratégicos y su valor potencial crece con el deshielo; para Trump, además, “adquirir” territorio también funciona como demostración de fuerza y de control del tablero.

Ese es el núcleo de la inquietud europea, que el pulso por Groenlandia abra una grieta dentro de la OTAN o, como mínimo, erosione la confianza. Si un líder estadounidense sugiere presión extrema sobre un aliado por un territorio autónomo, la pregunta deja de ser “¿puede hacerlo?” y pasa a ser “¿qué coste está dispuesto a asumir para forzar concesiones?”. Por eso las capitales europeas se mueven en un equilibrio difícil: respaldar la soberanía danesa y la autodeterminación groenlandesa sin escalar a un choque frontal con Washington.

En el corto plazo, lo más probable no es una "compra" formal, sino una partida de presiones y contrapesos: más presencia militar estadounidense, negociaciones duras con Dinamarca, ofertas económicas, gestos políticos y una batalla por el relato. La cuestión decisiva no es qué quiere Trump (lo dice abiertamente), sino qué está dispuesta a conceder Dinamarca para reducir la tensión sin perder control, y cómo protege Groenlandia su debate interno para que su futuro no quede secuestrado por la agenda de otros.

Dinamarca responde que el territorio no está en venta; en Groenlandia recuerdan que su futuro lo decide su población; y en Europa crece el nerviosismo por un choque político entre aliados. La respuesta mezcla incredulidad y alarma: ¿puede un país de la OTAN amenazar, siquiera verbalmente, a otro miembro?

China: influencia económica y minerales estratégicos

Aunque China no es un país ártico, lleva años intentando consolidar presencia en la región. En Groenlandia, su interés se ha expresado sobre todo a través de la economía y la ciencia: investigación polar, propuestas de infraestructuras y, especialmente, acceso a minerales críticos. Bajo el hielo groenlandés hay tierras raras y otros recursos esenciales para la industria tecnológica, la transición energética y sectores vinculados a la defensa. En Washington y en varias capitales europeas, la preocupación no es una anexión china, sino un avance gradual: que la inversión termine generando dependencia y, con ella, influencia política y estratégica. Esa lectura alimenta el argumento estadounidense de “seguridad nacional” y ayuda a entender por qué se busca cerrar espacios antes de que otros los ocupen.

Rusia, el Ártico como escenario de poder

Con Rusia el encaje es distinto. Moscú no compite principalmente por invertir en Groenlandia, pero es el actor que ha reforzado con más intensidad su presencia militar en el Ártico. Bases reactivadas, flota de rompehielos, incluidos algunos nucleares, y una estrategia centrada en controlar rutas y proyectar poder consolidan su posición como potencia dominante en la región. Esa presencia no se traduce en banderas rusas en Nuuk, pero sí aumenta el valor estratégico de Groenlandia para Estados Unidos y la OTAN: como mirador avanzado, como pieza de disuasión y como seguro geopolítico en un norte cada vez más competitivo.

En conjunto, lo que ocurre con Groenlandia no es una disputa aislada, sino un síntoma del nuevo orden ártico. China intenta abrirse paso por la vía económica; Rusia consolida poder regional; y Estados Unidos, con Trump como voz más estridente, busca blindar su influencia. Entre medias, Dinamarca y el propio pueblo groenlandés recuerdan que la isla no es una ficha sin dueño. Pero en un mundo donde el hielo retrocede y la rivalidad avanza, Groenlandia ha pasado a ser un lugar donde se decide mucho más que un territorio: se pone a prueba el equilibrio entre aliados y la forma en que las potencias compiten por el futuro.

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