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Groenlandia no está en venta: cuando las potencias compraban el mapa

Hubo un tiempo en que el mundo cabía en un contrato: un territorio cambiaba de bandera con una firma y una suma de dinero. La propuesta de Trump sobre Groenlandia revive esa lógica y la enfrenta a un siglo XXI que dice haberla superado

Por Marta Díaz de Santos

La escena, en apariencia, es de película de ciencia ficción. Un líder político, el más poderoso del mundo, asegura que su país debería adquirir la isla más grande del planeta, como quien negocia un puerto o una concesión. Pero el ruido diplomático que genera la propuesta dice más del presente que de la extravagancia del personaje. Porque Groenlandia no es un solar vacío en mitad del hielo; es un territorio con población, con instituciones, con una autonomía amplia dentro del Reino de Dinamarca y con un debate propio, no siempre alineado con Copenhague, sobre identidad, recursos y futuro. Hablar de "comprarla" chirría por el lenguaje mercantil, pero sobre todo activa una memoria histórica incómoda, la de que durante siglos, las potencias se expandieron comprando y vendiendo tierras como parte normal del juego internacional.

El interés por Groenlandia también tiene un contexto geopolítico muy actual. En el Ártico se cruzan tres fuerzas que están reordenando el mundo: el deshielo (que abre rutas marítimas y abarata el acceso), la carrera por minerales estratégicos y la competencia entre grandes potencias por posiciones de control. En ese tablero, Groenlandia es un punto de apoyo privilegiado por ubicación, por proyección hacia el Atlántico Norte y por el valor potencial de sus recursos. Lo que en el siglo XIX se llamaba "razón de Estado" hoy se presenta como "seguridad" o "cadena de suministro". Cambian las palabras pero el instinto de controlar territorios clave se mantiene.

El precedente estadounidense

Si hay un país que convirtió la compra territorial en un método de expansión casi didáctico, ese fue Estados Unidos. La historia nacional estadounidense suele contarse con guerras, pioneros y fronteras móviles, pero una parte decisiva del mapa se construyó con contratos, cheques y tratados. Y eso es exactamente lo que hace que Groenlandia sea un espejo tan potente: porque lo  de "comprar territorio" encaja con una tradición histórica real.

En 1803 llegó el gran salto, la Compra de Luisiana. Estados Unidos adquirió a Francia un territorio gigantesco que duplicó casi el tamaño del país y aseguró el control de arterias comerciales fundamentales como el Misisipi. Aquella operación no se planteó como un proceso de consulta a la población. Y fue una negociación entre élites estatales en un mundo donde el derecho a decidir de los habitantes no era el centro del debate, sino un detalle secundario. La lógica era sencilla y basada en el pretexto de  que quien pagaba mandaba y quien firmaba definía la frontera.

Décadas después, en 1867, Washington compró Alaska a Rusia. En su momento la operación se ridiculizó (hablaban de la "locura" de comprar hielo), pero con el tiempo se convirtió en una de las compras geopolíticas más rentables imaginables. Alaska aportó profundidad estratégica, acceso al Pacífico Norte y, más tarde, un enorme valor energético y mineral.

Y ya en el siglo XX, en 1917, Estados Unidos compró a Dinamarca las Islas Vírgenes. La motivación era menos romántica y más militar: impedir que una potencia rival pudiera usar ese enclave caribeño como base en un contexto de guerra mundial. Curiosamente, Estados Unidos reconoció el derecho de Dinamarca sobre la totalidad de Groenlandia, en un momento en el que Noruega reclamaba parte de la soberanía de la isla.

Es un ejemplo clave para un reportaje sobre Groenlandia por dos motivos. Primero, porque muestra que las compras territoriales no eran solo expansión "civilizatoria", sino decisiones estratégicas en momentos de tensión global. Segundo, porque demuestra que Dinamarca ya negoció territorios ultramarinos con Washington. La idea, por tanto, no nace de la nada, aunque el salto cualitativo sea enorme cuando hablamos de Groenlandia en el siglo XXI.

Aquí está el giro interesante. Las compras del XIX y principios del XX se justificaban como transacciones entre Estados soberanos que trataban territorios como activos. En Groenlandia, esa lógica se estrella con algo que antes apenas existía en la ecuación: un sujeto político interno con voz, identidad y derechos. No hablamos de una parcela sin población; hablamos de una sociedad con memoria colonial, con instituciones y con un debate sobre su relación con Dinamarca y con el exterior. Por eso, incluso si fuese legalmente imaginable, es políticamente explosivo.

Por qué hoy suena a escándalo

Para entender por qué la propuesta de "comprar Groenlandia" genera un rechazo automático, hay que poner el foco en el cambio de época. En el siglo XVIII, las potencias europeas podían literalmente redibujar mapas en despachos. Un ejemplo extremo, y útil como contraste, fueron las particiones de Polonia a finales del siglo XVIII. Rusia, Prusia y Austria se repartieron un Estado entero mediante acuerdos entre imperios y presión militar, hasta borrarlo del mapa durante más de un siglo. No fue una "compra", pero sí la misma lógica de fondo; la del territorio como botín negociable entre fuertes, y la población como elemento pasivo.

Ese patrón, con diferentes formas, se repite en la historia colonial y en anexiones formalizadas con papeles que maquillaban la coerción. Japón, por ejemplo, consolidó la anexión de Corea en 1910 mediante un tratado que convertía en legal una relación profundamente desigual. Es un caso útil porque recuerda que muchas anexiones se presentaban como "acuerdos", aunque nacieran de la fuerza y de un desequilibrio total de poder.

En paralelo, también existieron anexiones hechas por mecanismos internos, no por compra; como la incorporación de Hawái a Estados Unidos en 1898, tras una escalada previa de influencia y un cambio político local, se formalizó mediante una resolución del Congreso. No es un ejemplo de "comprar" territorio, pero ayuda a subrayar que la expansión territorial rara vez fue un acto limpio y aislado, sino que solía ser el final de un proceso de presión económica, diplomática y, a veces, militar.

Lo que cambia decisivamente después de 1945 no es que desaparezca el deseo de controlar territorios, sino el marco normativo y el coste reputacional. La idea de autodeterminación, la prohibición del uso de la fuerza y la centralidad de los derechos políticos de las poblaciones hacen que "vender" un territorio habitado resulte casi inaceptable. Aunque existan matices jurídicos según el caso, el sentido común democrático ha cambiado. Hoy se asume que la soberanía no puede trasladarse como si se trasladara una propiedad privada, y que la gente que vive allí es parte del sujeto de decisión.

Por eso Groenlandia no es solo una historia sobre Trump y su estilo provocador. Es una historia sobre el retorno de una retórica transaccional del poder en un momento en el que el mundo vuelve a endurecerse (lo vemos con la rivalidad entre potencias, recursos estratégicos, rutas comerciales, y un clima político que premia mensajes simples). La idea de "comprar Groenlandia" condensa en una frase la tensión entre un pasado imperial, donde se comerciaba con territorios, y un presente que afirma haber superado esa lógica… pero que a veces se comporta como si estuviera tentado de recuperarla.

La realidad, para terminar, es que muchas fronteras actuales nacieron precisamente de compras, tratados desiguales y repartos entre potencias. La diferencia es que hoy tenemos más normas, más instituciones y más opinión pública global para señalarlo. La pregunta, entonces, no es si la historia permite imaginar una operación así (la historia lo permite), sino si el mundo actual está dispuesto a aceptar que ese pasado vuelva en forma de propuesta política. Groenlandia, en ese sentido, no es una anécdota ártica; es una prueba de hasta qué punto el siglo XXI puede resistirse a los reflejos del XIX.

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