La transformación del trabajo por la inteligencia artificial no se parece a las imágenes clásicas de fábricas vacías o robots sustituyendo a personas. Es más discreta, más difícil de señalar con el dedo y, precisamente por eso, más profunda. Ocurre en los procesos de contratación, en la organización cotidiana del trabajo y en la distribución de salarios. No elimina necesariamente puestos de trabajo de un día para otro, pero reordena el mercado laboral desde dentro, alterando trayectorias profesionales y ampliando desigualdades que ya existían.
Uno de los cambios más significativos se produce antes incluso de que alguien consiga su primer empleo. Durante décadas, el mercado laboral se estructuró alrededor de una progresión relativamente clara. Es decir, con puestos junior con tareas rutinarias, salarios bajos y aprendizaje intensivo; posiciones intermedias con mayor autonomía; y roles senior donde se concentraban la toma de decisiones y la mayor parte del valor añadido. La inteligencia artificial está erosionando ese primer escalón. Muchas de las tareas que servían como “escuela” (redactar informes preliminares, resumir documentos, procesar datos básicos, atender consultas repetitivas o revisar errores) pueden ahora automatizarse parcial o totalmente con sistemas de IA generativa.
Las empresas no necesitan ya tantos perfiles de entrada para realizar ese trabajo, y cuando los contratan, lo hacen de forma más selectiva. Los informes del World Economic Forum sobre el futuro del empleo muestran que un número creciente de empleadores prevé reestructurar sus plantillas debido a la automatización, especialmente en funciones administrativas y de soporte. A esto se suman análisis basados en millones de ofertas de empleo que detectan una caída más acusada de vacantes “entry-level” en ocupaciones altamente expuestas a la IA. El mensaje implícito es claro: se busca menos a quien aprende y más a quien ya sabe.
El impacto va más allá de lo económico. El primer empleo cumple una función social clave: permite adquirir normas, redes y experiencia dentro de un entorno profesional. Cuando ese acceso se estrecha, la movilidad social se resiente. Las personas que no cuentan con recursos familiares, contactos o la posibilidad de aceptar prácticas mal pagadas quedan en desventaja. La paradoja es que la IA, que promete democratizar capacidades, puede acabar endureciendo las barreras de entrada al mercado laboral formal.
Para quienes ya están dentro, la IA introduce otro cambio silencioso, que es una nueva forma de control. La automatización no se limita a ejecutar tareas, sino que cada vez más organiza, mide y evalúa el trabajo humano. Herramientas de seguimiento de productividad, asignación automática de tareas, análisis de tiempos y evaluación continua se extienden desde las plataformas digitales hacia oficinas, centros logísticos, call centers y sectores creativos. Lo que antes dependía del criterio de un supervisor ahora se gestiona mediante dashboards, puntuaciones y alertas algorítmicas.
La OCDE ha descrito este fenómeno como “gestión algorítmica” y advierte de sus posibles efectos sobre la autonomía y el bienestar laboral. El control ya no es episódico, sino constante; ya no es necesariamente negociable, sino estructural. En muchos casos, los trabajadores no saben exactamente qué variables se miden ni cómo influyen en evaluaciones, promociones o renovaciones de contrato. El resultado es un cambio profundo en la relación con el trabajo: se trabaja para el indicador, no para el proceso ni para el aprendizaje. La presión por cumplir métricas puede aumentar la productividad a corto plazo, pero también intensifica el ritmo, eleva el estrés y reduce los márgenes para el error, que es precisamente donde suele producirse el aprendizaje.
Este entorno más cerrado y más vigilado se combina con un tercer efecto clave, la polarización salarial. La evidencia disponible sugiere que la inteligencia artificial puede aumentar la productividad media, pero no reparte sus beneficios de forma homogénea. Estudios académicos sobre el uso de asistentes de IA en entornos laborales muestran incrementos significativos de productividad, especialmente en algunos trabajadores menos experimentados. Sin embargo, también revelan una enorme heterogeneidad: quienes saben integrar la herramienta con conocimiento contextual, juicio y habilidades sociales tienden a beneficiarse mucho más que quienes realizan tareas fácilmente estandarizables.
Los análisis de la OCDE sobre IA y desigualdad salarial apuntan a varios mecanismos que pueden ampliar las brechas existentes. Por un lado, la IA complementa mejor a los trabajadores de alta cualificación, aumentando su productividad y su poder de negociación. Por otro, reduce la demanda de tareas intermedias, presionando a la baja los salarios de quienes no logran reposicionarse. En los datos del mercado laboral empiezan a aparecer primas salariales asociadas a determinados roles “aumentados por IA”, mientras otros se estancan o desaparecen. No es solo una cuestión de cuánto se cobra, sino de qué trayectorias quedan abiertas y cuáles se cierran.
La combinación de estos tres procesos (menos puestos junior, más control algorítmico y mayor desigualdad salarial) dibuja un mercado laboral distinto al de hace apenas una década. Un mercado en el que el riesgo no se distribuye de forma uniforme y en el que las oportunidades se concentran. Las consecuencias van más allá del ámbito laboral. Vemos salarios polarizados significan acceso desigual a vivienda, formación continua, salud y estabilidad vital. La IA, en este sentido, actúa como un amplificador de tendencias previas más que como una ruptura total.
La regulación aparece como una de las pocas palancas capaces de modular este proceso. En Europa, el marco regulatorio sobre inteligencia artificial considera especialmente sensibles los usos en empleo y gestión de personal, introduciendo obligaciones de transparencia, evaluación de riesgos y protección de derechos en determinados casos. Sin embargo, el impacto real de estas normas dependerá de su aplicación práctica y de la capacidad de los trabajadores para comprender y cuestionar los sistemas que influyen en sus condiciones laborales.
La historia económica muestra que las grandes innovaciones no eliminan el trabajo, pero sí lo transforman. La cuestión es en qué dirección. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta que eleve la productividad y mejore las condiciones laborales, o en un mecanismo que concentre poder, cierre accesos y normalice un control permanente. No decide por sí sola. Lo hacen las empresas, las políticas públicas y las reglas del juego que se acepten o se cuestionen. Lo que ya es evidente es que el trabajo del futuro no se está decidiendo en un gran momento de ruptura, sino en miles de decisiones cotidianas que hoy, silenciosamente, están redefiniendo quién tiene oportunidades y quién se queda fuera.
