Cuando se dice que "hoy sube la luz" no suele tratarse de un capricho del sistema, sino de un resultado bastante previsible de cómo se fija el precio eléctrico en España. La clave está en el mercado mayorista diario, el llamado pool, donde se decide cuánto costará cada kilovatio hora (kWh) por franjas horarias para el día siguiente.
En ese mercado participan las distintas tecnologías de generación (eólica, solar, nuclear, hidráulica, gas) y el mecanismo es sencillo de explicar aunque sus efectos sean complejos. El precio final lo marca la última tecnología que entra para cubrir toda la demanda, y esa última unidad suele ser la más cara. Cuando toca tirar de gas, el precio se dispara para todos, incluso aunque una parte importante de la electricidad se haya generado con renovables más baratas.
El primer motor de las subidas suele ser la combinación de demanda y disponibilidad de generación barata. Si hay menos viento o menos sol de lo habitual, la producción eólica o fotovoltaica cae y el sistema necesita compensarlo con tecnologías gestionables. La hidráulica puede hacerlo, pero depende de la estrategia de embalses y de la situación hídrica.
La nuclear aporta estabilidad, pero no es flexible a corto plazo. En muchas horas, quien termina equilibrando el sistema son las centrales de ciclo combinado, es decir, gas. Y ahí aparece el segundo gran factor: el precio del gas no es doméstico, es internacional. Aunque España tenga regasificadoras y pueda traer gas natural licuado de distintos proveedores, el coste se mueve con el mercado europeo y global. Si sube el gas por tensiones geopolíticas, por un invierno más frío en el continente, por menor almacenamiento o por una mayor demanda en Asia que tira de cargamentos, el impacto se filtra con rapidez hacia el precio de la electricidad.
A esa ecuación se le añade un ingrediente que muchos consumidores pasan por alto, el coste del CO₂. Las centrales que emiten dióxido de carbono deben comprar derechos de emisión, y cuando esos derechos se encarecen, generar electricidad con combustibles fósiles sale todavía más caro. Este efecto es especialmente visible cuando el gas entra a marcar precio: no solo se paga el combustible, sino también la “penalización” climática incorporada en el mercado. En la práctica, se convierte en un multiplicador de la subida.
Luego está la parte menos visible, pero igual de determinante para el bolsillo, lo que no es energía pura. El recibo incorpora peajes, cargos del sistema y ajustes regulatorios que no cambian cada hora, pero que influyen en cuánto se traslada finalmente al consumidor. Esto explica por qué a veces se perciben subidas incluso cuando el mercado mayorista no parece tan extremo, o por qué el impacto difiere según el tipo de contrato. La factura no es solo el precio del pool; es un conjunto de componentes que se comportan de manera distinta.
La diferencia fundamental está en si el hogar está en tarifa regulada (PVPC) o en el mercado libre. En el PVPC, la señal del mercado entra prácticamente en tiempo real: el precio varía por horas y se refleja en el coste de la energía de forma casi inmediata. En el mercado libre, en cambio, muchas familias tienen precios fijos durante un periodo: la subida de “hoy” no se nota mañana, pero sí puede aparecer más adelante en forma de renovación más cara o de ofertas menos competitivas. Dicho de otra forma: el PVPC es más transparente, pero más volátil; el mercado libre puede dar estabilidad, pero no inmunidad.
¿Y cómo se nota en la economía cotidiana?
En primer lugar, en el consumo básico: iluminación, nevera, lavadora, cocina y, sobre todo, climatización. En días de frío o calor, el consumo se concentra y el impacto se amplifica. Para una familia media, unos céntimos más por kWh no parecen gran cosa en una sola hora, pero sumados a lo largo del mes, y especialmente si coinciden con muchos usos en horas caras, pueden traducirse en decenas de euros adicionales. En pequeñas empresas, comercios y hostelería, el golpe suele ser más inmediato: refrigeración, hornos, maquinaria y horarios extendidos hacen que el coste energético se convierta en un factor que erosiona márgenes y empuja a subir precios, alimentando el efecto cascada sobre la inflación.
En este contexto, la pregunta no es solo por qué sube hoy, sino qué puede hacer el consumidor para que le afecte menos. La primera palanca es la gestión del horario; desplazar consumos intensivos a horas más baratas (lavadora, lavavajillas, termo eléctrico) reduce el coste sin renunciar a servicios.
La segunda es la eficiencia: pequeños cambios (mejor aislamiento, electrodomésticos eficientes, control de temperatura) tienen un retorno más alto cuando los precios son volátiles. La tercera es revisar el contrato: comparar tarifas, entender si conviene un precio fijo o un indexado y vigilar condiciones como permanencias o revisiones es una forma directa de evitar sorpresas. Y, cuando es posible, el autoconsumo y las comunidades energéticas abren una vía de protección parcial frente a la volatilidad del mercado, aunque no eliminan todos los costes del sistema.
Al final, la subida de la luz funciona como un espejo de la economía (dependencia de materias primas, impacto de la meteorología, coste de la descarbonización y diseño regulatorio). Lo que el consumidor ve como un número en la factura es, en realidad, la suma de decisiones y tensiones que van desde el precio internacional del gas hasta la hora a la que se enciende el horno en casa. Entenderlo no abarata por sí solo el recibo, pero permite tomar mejores decisiones para que, cuando la luz suba hoy, el bolsillo lo note un poco menos mañana.

