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Lagarde, una tecnócrata entre crisis: del FMI al BCE y su posible salida anticipada

Christine Lagarde ha presidido el BCE entre sobresaltos: pandemia, inflación y tensiones de deuda. Su posible salida anticipada reabre el debate sobre un legado donde la comunicación, a veces, fue tan decisiva como las decisiones

Por Marta Díaz de Santos

Christine Lagarde (París, 1956) no llegó a la cima del euro como una economista de laboratorio, sino como una dirigente política con instinto de negociación. Abogada, ex ministra francesa y ex presidenta del FMI, aterrizó en Fráncfort en 2019 para dirigir un BCE que ya no solo "mueve tipos"... Ahora también contiene crisis, apaga incendios financieros y sostiene la cohesión de una unión monetaria incompleta. En las últimas horas la prensa ha confirmado su adiós antes del final de su mandato (octubre de 2027), pero dentro del propio BCE han salido a desmarcarse: el consejero Piero Cipollone dijo hoy que no tiene ninguna indicación de que Lagarde planee dimitir antes de tiempo.

En cualquier caso, la figura de Lagarde se ha convertido en un termómetro de estabilidad (parte por su cargo y parte por un episodio que, en España, dejó huella casi física en las pantallas de los inversores). El 12 de marzo de 2020, con la pandemia por Covid-19 extendiéndose a toda velocidad y el miedo dominando el mercado, el BCE celebró una de esas ruedas de prensa en las que cada palabra pesa más que un dato. Lagarde dijo que el banco central "no está aquí para cerrar los diferenciales" ('not here to close spreads'), es decir, que no era misión del BCE contener la distancia entre el coste de financiación de países como Italia o España frente a Alemania. Reuters recogió la tormenta política y financiera que se desató en Italia de inmediato. La lectura del mercado fue aún más simple y más dañina... "si el BCE no actúa como cortafuegos, la deuda periférica vuelve a ser vulnerable".

España lo vio ese mismo día. Y es que el Ibex 35 se desplomó un 14,06%, la mayor caída diaria desde la creación del índice en 1992, según medios como la SER y El País. Fue una jornada de derrumbe global, sí; pero el mensaje del BCE, lejos de calmar, añadió más gasolina. En paralelo, la tensión en la deuda aumentó (cuando el inversor sospecha que un país puede quedarse sin respaldo, pide más interés para prestar, y esa dinámica se retroalimenta).

Lo más llamativo fue la secuencia posterior. El BCE entró en modo "control de daños" y Reuters describió al día siguiente la reacción defensiva tras las críticas de inversores y dirigentes, precisamente por lo que se percibió como una respuesta torpe y una comunicación fallida. En los días siguientes, la institución acabó reforzando su respuesta con medidas extraordinarias para sostener el crédito y evitar la fragmentación financiera en la eurozona. Aquello funcionó como una rectificación práctica: quizá el BCE no "promete" spreads, pero tampoco puede permitir que el mercado interprete que abandona a los países más endeudados en mitad de un shock.

Ese "jueves negro" ayuda a entender el perfil. Lagarde ha ejercido más como arquitecta de consensos que como autora de una doctrina monetaria propia. Y eso viene de antes. Entre 2011 y 2019 presidió el FMI, en plena resaca de la crisis financiera global y de la deuda europea. Allí consolidó un estilo de poder basado en la negociación: coordinar acreedores y deudores, encajar posiciones de EE. UU., Europa y emergentes, y sostener programas de rescate bajo presión política constante. Ese aprendizaje, político más que académico, encajaba con un BCE cada vez más expuesto a tensiones nacionales, tribunales, y a la necesidad de "explicar" cada instrumento.

Pero hay otro capítulo que acompaña su biografía como una sombra, el caso Tapie. En 2016, un tribunal especial francés la declaró culpable de negligencia por su actuación cuando era ministra de Economía en un arbitraje que terminó con un pago millonario al empresario Bernard Tapie, aunque sin imponerle castigo. La fórmula fue paradójica: "culpable, pero sin pena". No la apartó del FMI ni frenó su ascenso posterior, pero sí alimentó una narrativa recurrente entre críticos: la de una dirigente protegida por el sistema. Entre defensores, la lectura es otra: no hubo condena con sanción y el episodio quedó acotado a una negligencia en la supervisión del procedimiento.

Con esa mezcla de autoridad internacional, habilidad política y tropiezos públicos, su presidencia del BCE se ha movido entre extremos. Primero, el shock pandémico y la urgencia de sostener deuda y crédito. Después, el giro inflacionario que forzó una fase de endurecimiento monetario. Y, por debajo de todo, la misma pregunta que persigue a la eurozona desde hace una década: si el BCE logra mantener una política única sin que el mercado fracture la unión por la vía de las primas de riesgo.

Por eso la discusión sobre una eventual salida anticipada es la señal de que, en Europa, la credibilidad del banco central se parece mucho a la credibilidad de quien lo preside. Y Lagarde quedará asociada a dos ideas difíciles de separar: la capacidad de sostener instituciones en crisis múltiples y el recordatorio de que, en el BCE, una frase puede mover más que un gráfico.

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