India y Estados Unidos vuelven a mirarse con ambición comercial, aunque con una cautela que delata lo difícil del objetivo, un "gran acuerdo" integral. En el arranque de 2026, lo más verosímil no es un tratado amplio al estilo clásico, sino un paquete de compromisos por sectores que permita a ambos gobiernos exhibir avances, reducir tensiones y mantener alineadas las cadenas de suministro.
La señal inmediata de que el proceso sigue vivo es que, según Reuters, los equipos negociadores tienen prevista una nueva llamada el 13 de enero y la parte estadounidense ha reiterado su intención de buscar un acuerdo con India.
El punto de partida es sólido. El vínculo comercial ya es grande y ha evolucionado hacia una relación estratégica. El comercio total de bienes y servicios entre ambos países alcanzó 212.300 millones de dólares en 2024, con un déficit estadounidense de 45.800 millones; solo en bienes, el intercambio fue de 128.900 millones.
Estas cifras explican por qué Washington quiere más acceso al mercado indio y por qué Nueva Delhi busca estabilidad, inversión y transferencia tecnológica sin renunciar a su margen de política industrial.
La cuestión central no es si hay razones para pactar, sino qué tipo de pacto es políticamente vendible en Washington y aceptable en Nueva Delhi. En Estados Unidos, el énfasis en la "reciprocidad" empuja a exigir concesiones arancelarias y una mayor apertura en sectores donde India sigue siendo protectora.
En India, el gobierno necesita demostrar que cualquier apertura trae beneficios tangibles: empleo manufacturero, inversión en capacidades locales y acceso a tecnología. El equilibrio es delicado, y el clima se ha tensado en los últimos meses por medidas de presión, amenazas arancelarias y advertencias vinculadas a sanciones relacionadas con las compras de petróleo ruso, con impacto en la confianza inversora y en la rupia, según Reuters.
Si se separa el ruido político de la sustancia económica, los temas con mayor tracción son aquellos donde hay intereses convergentes y el coste doméstico de ceder es menor. Las cadenas de suministro tecnológicas ocupan un lugar central: India quiere consolidarse como alternativa y complemento a otros polos asiáticos, mientras que EE. UU. busca diversificar proveedores en segmentos sensibles.
Aquí pesan más los acuerdos de facilitación de inversiones, estándares y certificaciones que una gran rebaja arancelaria. Algo similar ocurre en energía y materias primas, donde Washington quiere limitar la influencia de Moscú y Nueva Delhi prioriza el acceso a energía barata y estable, lo que apunta a compromisos graduales más que a cambios bruscos.
Lo que frena un acuerdo verdaderamente integral no es una única línea roja, sino la suma de varias. India tiende a proteger agricultura, lácteos y determinadas manufacturas intensivas en empleo. EE. UU., por su parte, insiste en mayor acceso, protección de la propiedad intelectual, previsibilidad regulatoria y reducción de lo que considera barreras no arancelarias. A ello se suma un problema clásico de calendario político: ambos gobiernos buscan resultados rápidos, pero los sectores más sensibles son precisamente los que concentran mayor peso electoral.
Por eso, el escenario más probable es un acuerdo de alcance limitado o escalonado: reducción o congelación de aranceles en partidas concretas, compromisos de inversión y compras estratégicas, y una hoja de ruta para las cuestiones más complejas. Este tipo de pacto puede presentarse como “gran” por su narrativa geopolítica y estratégica —reordenar cadenas de suministro, reforzar alianzas, atraer inversión— aunque en la práctica sea un mosaico de medidas técnicas.
Para los mercados y para las empresas, el verdadero termómetro serán los calendarios claros, certidumbre regulatoria, mejoras logísticas y una menor volatilidad en aranceles y sanciones. A corto plazo, la nueva ronda de contactos del 13 de enero indica que ambas capitales quieren mantener viva la negociación.
A medio plazo, el desenlace dependerá de una realidad simple: India y EE. UU. tienen incentivos estratégicos para pactar, pero el "gran acuerdo" solo llegará si ambos aceptan pagar costes domésticos. Si no, el resultado será más modesto, pero también más acorde con la lógica del comercio global actual: menos épica y más ingeniería de detalle.
