Mercados e inversión

Por qué España no es Noruega ni Abu Dabi en la carrera de los fondos soberanos

El Gobierno impulsa España Crece, un “fondo soberano” de 10.500 millones para movilizar inversión, pero el modelo dista mucho del de Noruega o los países petroleros y reabre el debate sobre invertir sin excedentes y con elevada deuda

Por Marta Díaz de Santos

El Gobierno ha anunciado la creación de España Crece, un vehículo presentado como "fondo soberano" que contará con 10.500 millones de euros procedentes de fondos europeos NextGenerationEU no ejecutados y que aspira a movilizar hasta 120.000 millones mediante coinversión con capital privado, incluida deuda. La gestión recaerá en el ICO y el objetivo declarado es mantener el pulso inversor cuando se agote el ciclo de los fondos europeos, dirigiendo recursos hacia sectores considerados estratégicos como vivienda, energía, digitalización, inteligencia artificial, agua o reindustrialización.

La comparación con otros fondos soberanos es casi automática. Noruega, Abu Dabi, Arabia Saudí o Qatar llevan décadas utilizando grandes vehículos públicos para invertir y asegurar riqueza futura. Sin embargo, la similitud es más nominal que real. La diferencia clave está en el origen del dinero. En Noruega, el fondo soberano nace de una renta extraordinaria: el petróleo. El Estado decidió no gastar esos ingresos de forma inmediata y canalizarlos a un fondo que invierte globalmente, con una regla fiscal estricta que limita el uso anual a una parte del rendimiento esperado, preservando el capital para las generaciones futuras. En los países del Golfo, con matices, ocurre algo parecido: los fondos se nutren de excedentes fiscales o rentas energéticas y actúan como instrumentos para transformar riqueza natural en activos financieros diversificados.

España Crece parte de una lógica distinta. No nace de un superávit estructural ni de una renta petrolera, sino de fondos europeos y de la voluntad de apalancarlos para atraer inversión privada. Este matiz es fundamental porque cambia el riesgo y la percepción. Mientras que en los fondos petroleros la narrativa es "invertimos excedentes para generar más riqueza", en el caso español la pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando se impulsa un gran vehículo inversor en un país con deuda pública elevada, en torno al 103% del PIB, y sin superávit fiscal?

Ahí encaja la metáfora más repetida por los críticos: no es que invertir sea negativo, pero puede percibirse como pedir un préstamo al banco para meterlo en bolsa. Si el ciclo acompaña y las inversiones funcionan, el resultado puede ser positivo. Si no, el riesgo (directo o indirecto) acaba volviendo al contribuyente. La Comisión Europea prevé una reducción del déficit en los próximos años, pero no dibuja un escenario de holgura fiscal comparable al de los países que han hecho de sus fondos soberanos una hucha intergeneracional.

Otra diferencia relevante es el propósito. El fondo noruego es, ante todo, un instrumento de ahorro a largo plazo y de estabilidad macroeconómica. Invierte mayoritariamente fuera del país para evitar distorsiones internas y su mandato es financiero y generacional. España Crece, en cambio, se plantea como una palanca de política económica: seleccionar sectores, desbloquear proyectos, atraer capital y sostener inversión cuando desaparezca el impulso europeo. No es necesariamente un error, pero sí implica que el listón de evaluación cambia. El éxito no se medirá solo en rentabilidad financiera, sino en si realmente mejora productividad, acelera la transición energética o alivia cuellos de botella estructurales como el de la vivienda.

El plan también descansa en un fuerte apalancamiento. Convertir 10.500 millones en hasta 120.000 implica asumir riesgos y confiar en que el Estado actúe como ancla para atraer financiación privada. En el mejor de los escenarios, el fondo funcionará como catalizador: entrará donde el mercado no llega, reducirá riesgos percibidos y hará viables proyectos que, de otro modo, no saldrían adelante. En el peor, se convertirá en un multiplicador de riesgos si los proyectos no rinden, si la financiación se encarece o si las decisiones responden más a criterios políticos que económicos.

Por eso, más allá del nombre, el debate es la gobernanza. Los fondos soberanos con mejor reputación internacional se caracterizan por reglas claras, mandatos definidos, transparencia, auditorías y mecanismos de rendición de cuentas. En un instrumento que mezcla dinero público, objetivos estratégicos y capital privado, esas salvaguardas son aún más necesarias. Es decir, la pregunta clave no es solo en qué se va a invertir, sino quién decide, con qué criterios y qué pasa cuando una inversión sale mal.

España Crece puede ser una herramienta útil para sostener la inversión y empujar transformaciones necesarias. Pero no es Noruega ni Abu Dabi, y no puede permitirse los mismos márgenes de error. En un país sin petróleo y con una elevada deuda, cualquier "fondo soberano" exige un nivel extra de prudencia y transparencia. Porque la diferencia entre invertir para crear riqueza y jugar con dinero prestado no está en el nombre del instrumento, sino en las reglas que lo gobiernan y en quién asume el riesgo final.

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