La economía de hoy en día ya no se explica solo con tipos de interés, inflación o productividad. Cada vez más, se mueve por una variable intangible pero poderosa, la atención. La reciente polémica entre Donald Trump y Bad Bunny, a raíz del espectáculo del descanso del Super Bowl y su carga simbólica, ilustra cómo la llamada "guerra cultural" puede convertirse en un activo económico.
El enfrentamiento no altera directamente el PIB ni los beneficios empresariales de forma inmediata, pero sí activa una cadena de efectos medibles: aumento de audiencias, viralidad en plataformas digitales, revalorización del espacio publicitario y presión reputacional sobre marcas y patrocinadores. La cultura, lejos de ser un elemento accesorio, se ha convertido en un canal central de monetización. Declaraciones incendiarias, respuestas virales y reacciones en cadena generan picos de consumo mediático que benefician a medios de comunicación, redes sociales y plataformas de streaming. El conflicto no se sufre, más bien se distribuye, se comenta y se monetiza.
Desde un punto de vista económico, la clave no está en quién "gana" el debate cultural, sino en quién captura el flujo de atención que genera. Cada controversia amplificada eleva el valor de la publicidad asociada, incrementa suscripciones y refuerza modelos de negocio basados en el engagement. La polarización, en este sentido, reduce costes de marketing y el propio conflicto actúa como promoción.
Las marcas, ante un dilema estratégico
Para las empresas, este tipo de episodios plantea una decisión compleja. Permanecer neutrales puede interpretarse como irrelevancia y posicionarse implica riesgos. En mercados altamente segmentados, tomar partido puede reforzar la lealtad de un público concreto, pero también activar boicots o rechazo en otros segmentos.
¿Compensa maximizar afinidad con un nicho rentable aunque se pierda mercado potencial? Cada vez más marcas responden afirmativamente, apostando por audiencias definidas en lugar de mensajes universales. La guerra cultural acelera así un cambio estructural en el marketing: menos volumen, más identidad.
Otro elemento clave es la fusión entre consumo e identidad. El ciudadano no solo vota en las urnas; vota también con sus decisiones de gasto, sus suscripciones y su atención. Apoyar o rechazar a una figura cultural o política se traduce en comportamientos económicos que, agregados, sí tienen impacto. En este sentido, figuras como Bad Bunny funcionan como algo más que artistas ya que son catalizadores de comunidades de consumo. Las reacciones políticas contra ellas no buscan únicamente confrontar valores culturales, sino movilizar a un electorado-consumidor definido por afinidades simbólicas.
Pero no toda polémica cultural genera efectos económicos duraderos. En muchos casos, el impacto es intenso pero efímero. Sin embargo, la repetición constante de estos conflictos sí contribuye a un entorno de mercado más fragmentado, donde la reputación se vuelve más volátil y la gestión del riesgo reputacional gana peso en las decisiones corporativas. Para inversores y directivos, la cultura ya no es un "riesgo blando". Forma parte del análisis estratégico, igual que la regulación o el contexto macroeconómico. Ignorarla no elimina su efecto; simplemente deja la empresa sin herramientas para gestionarlo.
El choque entre Trump y Bad Bunny no cambiará por sí solo el rumbo de la economía, pero revela una tendencia que conviene estudiar y es la conversión de la polarización cultural en un motor económico. En la economía de la atención, el conflicto no es un fallo del sistema, sino uno de sus incentivos más rentables. Entender esta dinámica es clave para interpretar cómo se crean hoy valor, riesgo y oportunidad en mercados donde la frontera entre política, cultura y negocio es cada vez más difusa.


