Opinión

¿Pensiones o viviendas?
Juan Ramón Rallo
Doctor en Economía. Profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en el centro de estudios OMMA, en IE University y en IE Business School.

Electricidad: el cuello de botella de la IA

Durante la próxima década, Occidente se va a topar con un problema: no habrá suficiente electricidad barata y abundante para alimentar el gran motor físico de la inteligencia artificial (IA). Porque la IA no vive en el éter. Vive en centros de datos que necesitan electricidad. Por dos motivos. Primero, por la potencia que exigen las GPUs para ejecutar cálculos masivos a gran velocidad. Segundo, por el calor que generan: hay que disiparlo con sistemas de refrigeración. Estamos ante una industria pesada camuflada de nube.

Hablamos de un cambio de escala. Hoy, la potencia instalada asociada a los centros de datos de IA ronda los cuatro gigavatios. Según estimaciones de Deloitte, para 2035 podrían necesitar 123 gigavatios. Para ponerlo en perspectiva: toda la potencia instalada del sistema eléctrico estadounidense ronda 1,2 teravatios, y solo los centros de datos de IA podrían absorber cerca del 10% de la capacidad instalada actual de Estados Unidos.

Y si pasamos de ‘capacidad’ a ‘energía efectivamente consumida’, el cuadro puede ser aún más extremo. Un centro de datos no funciona como una tostadora. Funciona 24 horas, 365 días al año. Si esa infraestructura supera los 1.000 teravatios hora anuales, y Estados Unidos genera en torno a 4.000 teravatios hora al año, estamos hablando de un 20-25% de toda la electricidad del país. Un cuarto del sistema eléctrico para alimentar servidores. No son cifras, es un terremoto.

¿Qué ocurre si la oferta eléctrica no crece al mismo ritmo? Lo previsible es que suban los precios, y cuando suben, la electricidad se reasigna: hogares y empresas que no sean centros de datos reducirán su consumo, dejando más disponibilidad para los que puedan pagarla. Pero esa reasignación por encarecimiento tiene un coste: mucha inversión potencialmente rentable con electricidad razonable deja de serlo con electricidad cara. Resultado: menos bienestar para el conjunto de la economía y, paradójicamente, menos despliegue de centros de datos.

De hecho, este proceso ya asoma. Entre 2016 y 2021, el precio del kilovatio hora en Estados Unidos rondaba los 13-14 centavos de dólar. Desde 2021, se ha aproximado a los 20 centavos: un salto cercano al 50%. Parte es inflación general, pero parte es algo más inquietante: un encarecimiento estructural vinculado a una demanda que no deja de crecer.

Ahora bien, que falte electricidad no significa que no pueda generarse. Significa, en gran medida, que no se está permitiendo generarla. China en la última década ha instalado más de 2 teravatios de nueva capacidad, elevando su potencia total hasta alrededor de 3,6 teravatios (es decir, que sí es técnicamente posible aumentar muy rápido la potencia instalada). Abundancia energética como ventaja competitiva. Mientras Occidente discute permisos, plazos, litigios y vetos ideológicos, Pekín construye. Y en una carrera donde el ‘combustible’ es electricidad, quien tenga el surtidor más grande parte con ventaja.

Pero incluso si mañana desapareciera toda la miopía regulatoria, quedaría otro obstáculo: el tiempo. Un centro de datos puede instalarse en uno o dos años, pero la mayoría de las centrales eléctricas, no. Una central de ciclo combinado puede tardar hasta diez años entre planificación, aprobaciones y construcción. El reloj corre, y Occidente va tarde.

El riesgo es el racionamiento eléctrico. Cuando la demanda supera la oferta y se prohíbe que el precio haga su trabajo, la electricidad no se asigna: se reparte, se politiza y se convierte en un botín regulatorio. España ya muestra señales preocupantes. Ante el ‘apetito’ de los centros de datos, el Gobierno parece inclinarse por otros consumos con criterios ambientales, asumiendo que la demanda de estas instalaciones “supondrá inevitablemente un incremento” de necesidades de producción y respaldo térmico. Traducido: si para dar electricidad a la economía digital hay que aceptar generación firme -incluida la térmica-, mejor limitar el acceso. No ampliar el sistema. Administrar la escasez.

Y administrar la escasez es siempre la misma receta: menos crecimiento, menos innovación y menos salarios reales. La IA promete elevar productividad, pero la productividad no sube con decretos ni con estrategias públicas. Sube con capital, energía y libertad para invertir. Si el ‘ataco’ eléctrico se mantiene y se autoimpone por dogma, no será solo un freno tecnológico: será una soga al cuello de nuestra prosperidad.

O dejamos que el sector privado invierta masivamente en generación, redes y almacenamiento, o aceptamos el declive relativo en la carrera global por la IA. Sin electricidad abundante, la IA será, para Occidente, un lujo intermitente. Y los lujos intermitentes no construyen civilización.

Únete a nuestra Newsletter

A través de nuestra Newsletter con Capital te hacemos llegar lo más importante que ocurre en el mundo de la #economía, los #negocios, las #empresas, etc… Desde las últimas noticias hasta un resumen con toda la información más relevante al final del día, con toda comodidad.