Revista Capital

Del banco a la blockchain: por qué las stablecoins están redefiniendo el sistema financiero

Las versiones descentralizadas, en cambio, eliminan esa dependencia institucional directa y reducen riesgos de censura o intervención. Pero su reto histórico ha sido la eficiencia de capital. Para mantener la paridad necesitan ‘sobrecolateralización’, lo que limita su capacidad de expansión. Gelado lo resume con claridad: “Si buscas verdade

Por Marta Menéndez

Las stablecoins han dejado de ser, en pocos años, un experimento técnico dentro del mundo cripto para convertirse en un componente estratégico del sistema financiero global. Su importancia no reside únicamente en la tecnología que utilizan, sino en el papel estructural que desempeñan: funcionan como un nexo operativo, conceptual y regulatorio entre el sistema financiero tradicional y el emergente ecosistema Web3. Así lo señala Luis Gelado, cofundador de Standard 21 & Bitcoin Maximalist, quien recalca que esta capacidad de conectar ambos mundos explica por qué las stablecoins se consolidan como un elemento central en la arquitectura económica contemporánea.

Gelado sintetiza su naturaleza con una definición especialmente ilustrativa: “Técnicamente, las stablecoins son como un traductor universal del dinero. Hablan un idioma que todos entendemos —dólares, euros— pero corren sobre los raíles de internet, la blockchain”. Esta afirmación resume la lógica híbrida que explica su éxito. A diferencia de otras criptomonedas cuyo valor fluctúa constantemente, las stablecoins mantienen una paridad estable con activos de referencia. Esa estabilidad permite que usuarios e instituciones las perciban como dinero utilizable, no solo como activos especulativos. Al mismo tiempo, su infraestructura digital les otorga propiedades inéditas para el dinero tradicional: operatividad permanente, velocidad de liquidación y ausencia de fronteras. Gelado detalla sus ventajas: “Operan 24/7, no entienden de fronteras, la liquidación es en segundos y sus costes son ridículos comparados con una transferencia mediante medios tradicionales”.

Estas características no son meramente técnicas; tienen implicaciones económicas profundas. La capacidad de transferir valor globalmente en segundos y con comisiones mínimas altera la lógica histórica de los pagos internacionales, que durante décadas han dependido de intermediarios, horarios bancarios y procesos de compensación lentos. En términos prácticos, esto significa que una stablecoin puede cumplir simultáneamente funciones de efectivo digital, infraestructura de pagos y activo de reserva temporal dentro de mercados financieros. Esa multifuncionalidad explica que cada vez más actores tradicionales comiencen a adoptarlas o integrarlas.

Sin embargo, el elemento más decisivo para su aceptación institucional no es la tecnología, sino la compatibilidad regulatoria. Gelado señala que, desde la perspectiva de bancos y supervisores, las stablecoins son “el eslabón más fácil de digerir para el sistema tradicional”. Mientras que otros criptoactivos introducen variables difíciles de modelizar, como volatilidad extrema, minería o tokenomics complejas, una stablecoin respaldada uno a uno por reservas en divisa o deuda pública encaja dentro de marcos de riesgo ya conocidos. En palabras del propio entrevistado, “una stablecoin respaldada uno a uno por dólares en una cuenta bancaria o por letras del Tesoro es algo que cuadra perfectamente en sus modelos de riesgo históricos”. Esta familiaridad reduce la barrera psicológica y normativa para su adopción institucional y las convierte en la puerta de entrada natural hacia el universo Web3.

El debate sobre confianza es otro eje fundamental. Gelado plantea que la diferencia entre stablecoins centralizadas y descentralizadas es, en esencia, una cuestión filosófica sobre dónde depositar la confianza. “Es una cuestión de dónde decides poner tu confianza: en un auditor o en código y matemáticas”, afirma. Las primeras dependen de una empresa emisora y de entidades bancarias que custodian las reservas; las segundas se apoyan en contratos inteligentes y colateral criptográfico. Esta distinción no es trivial, porque determina tanto la escalabilidad como el perfil de riesgo. Las stablecoins centralizadas suelen ser más líquidas y ampliamente utilizadas, pero también heredan vulnerabilidades del sistema financiero tradicional. Gelado recuerda un ejemplo concreto: si el banco custodio tiene problemas, la moneda digital asociada también puede verse afectada, “como vimos con Silicon Valley Bank”. Las versiones descentralizadas eliminan esa dependencia institucional directa y reducen riesgos de censura o intervención, pero su reto histórico ha sido la eficiencia de capital: para mantener la paridad necesitan ‘sobrecolateralización’, lo que limita su capacidad de expansión. Gelado lo resume: “Si buscas verdadera soberanía financiera sin volatilidad, son la opción más pura”, aunque reconoce que su escalabilidad ha sido un desafío. Esta dualidad muestra que el ecosistema de stablecoins no es homogéneo, sino un laboratorio donde distintos modelos compiten por equilibrar estabilidad, seguridad y eficiencia.

La evolución del comportamiento institucional confirma que el sector financiero ha dejado de ignorar este fenómeno. Según Gelado, bancos, fintechs y gobiernos están pasando de una actitud de escepticismo a una de integración estratégica: “Están pasando de la fase de ‘te ignoro’ a la de ‘te integro porque, si no, me quedo fuera’”. Las fintech han sido las más rápidas en reaccionar. Empresas como PayPal o Stripe han entendido que los pagos transfronterizos tradicionales son demasiado lentos para la economía digital actual y exploran stablecoins como solución. Los bancos, por su parte, adoptan una estrategia dual: ofrecerse como custodios de reservas —generando ingresos y manteniéndose dentro del nuevo sistema— y experimentar con redes internas basadas en blockchain para liquidaciones más rápidas. Los gobiernos también observan este proceso con creciente atención. Algunos priorizan la regulación para evitar riesgos sistémicos, mientras otros desarrollan sus propias monedas digitales estatales. Gelado describe este escenario como una partida geopolítica en curso. Para él, el factor decisivo es la claridad normativa: “El mayor acelerador ahora mismo se llama Claridad”. Marcos regulatorios definidos permiten que el capital institucional participe con seguridad jurídica, mientras que la incertidumbre regulatoria puede frenar la innovación, especialmente si autoridades como la SEC o la Fed adoptan posturas restrictivas hacia emisores privados. Una regulación excesiva podría ralentizar el desarrollo en ciertos países y desplazar la innovación hacia jurisdicciones más abiertas.

Más allá de la teoría económica, el uso real de stablecoins en contextos de crisis ilustra su impacto social. Dentro del mercado cripto, funcionan como refugio de liquidez: cuando los precios caen, los inversores pueden moverse a stablecoins instantáneamente sin salir del ecosistema ni activar procesos fiscales inmediatos. Su utilidad más significativa se observa fuera de los mercados desarrollados. En países con hiperinflación o devaluaciones severas, afirma Gelado, “las stablecoins no son una herramienta de trading; son un refugio”. Permiten a los ciudadanos proteger sus ahorros en divisas fuertes desde el móvil y sortear restricciones gubernamentales. Esta función práctica demuestra que no son solo instrumentos financieros sofisticados, sino herramientas de supervivencia económica en determinados contextos.

Gelado insiste en que su papel principal no es reemplazar el dinero tradicional, sino facilitar transiciones de liquidez. “Son, sin duda, la herramienta de transición de liquidez definitiva”, sostiene. No se trata de elegir entre bancos y blockchain, sino de construir infraestructuras que permitan mover valor entre ambos entornos sin fricciones. Las stablecoins cumplen precisamente esa función de capa intermedia, permitiendo que capitales fluyan de forma instantánea entre mercados, plataformas y jurisdicciones.

Cuando se le pregunta por el futuro, Gelado adopta una postura contundente: “Lo tengo clarísimo: las stablecoins privadas, funcionando sobre redes públicas y abiertas, van a comerse el mercado de los pagos globales”. Su argumento es que combinan eficiencia tecnológica con flexibilidad y neutralidad operativa. Considera que las monedas digitales estatales parten con una desventaja conceptual porque podrían implicar vigilancia financiera directa. Según su visión, “nacen con un problema de diseño para el usuario final: son dinero programable controlado por el Estado”. Esta posibilidad de control, como limitar dónde o cuándo se puede gastar, podría generar resistencia social. En cambio, las soluciones basadas en redes abiertas permiten eficiencia sin sacrificar autonomía individual.

El pronóstico final es revelador porque no describe una ruptura visible, sino una transformación silenciosa. Afirma que los sistemas tradicionales, como las redes de transferencias o las tarjetas, acabarán utilizando blockchain en el backend “sin que el usuario ni siquiera se dé cuenta”. Y añade una imagen: “En cinco años, enviar dinero al otro lado del mundo será tan gratis e instantáneo como enviar un WhatsApp, y las stablecoins serán el motor bajo el capó”. Esta frase proyecta un cambio cultural: cuando una tecnología se vuelve invisible, es señal de que ha alcanzado madurez sistémica.

El auge de las stablecoins indica que la evolución del dinero digital no seguirá una línea simple de sustitución, sino de convergencia. El sistema financiero tradicional aporta confianza institucional, cumplimiento normativo y estabilidad macroeconómica, mientras que el ecosistema Web3 aporta eficiencia, programabilidad y acceso global. Las stablecoins integran ambas dimensiones y se están convirtiendo en la infraestructura preferida para conectar mundos que antes operaban en paralelo. No son únicamente un producto financiero; son una capa tecnológica que permite interoperabilidad entre sistemas.

En última instancia, el análisis de Gelado sugiere que el debate sobre stablecoins no es solo financiero ni tecnológico, sino civilizatorio. El dinero siempre ha sido una institución social basada en la confianza. La innovación actual no elimina esa necesidad; la redefine. Ahora puede depositarse en bancos, en algoritmos o en combinaciones de ambos. Las stablecoins representan el primer experimento a gran escala donde estas formas de confianza coexisten y compiten dentro de una misma arquitectura monetaria. Por eso, más que una moda pasajera, constituyen uno de los pilares sobre los que podría construirse el sistema financiero digital del siglo XXI.

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