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Economía

La batalla por las tierras raras entre China y Estados Unidos

Por Pablo Poyo

Las tierras raras son un grupo de elementos químicos que se utilizan para la fabricación de prácticamente todos los dispositivos tecnológicos relacionados con las comunicaciones

Teléfonos móviles, ordenadores, discos duros, cables de fibra óptica, coches híbridos, armas y equipos médicos. Todos ellos tienen algo en común: su fabricación está ligada a la utilización de unos elementos denominados «tierras raras», y que empiezan a ser motivo de tensiones internacionales.

Las baterías de la mayoría de componentes electrónicos y los propios móviles, tabletas y portátiles necesitan de alguno de estos elementos para su fabricación. Este grupo está formado sobre todo por lantánidos, que incluyen el cerio, el samario, el holmio o el europio, entre otros.

Mención de honor merece el coltán, fundamental por la demanda mundial de smartphones. Aunque no entra en este grupo, este mineral es igual de necesario que los elementos mencionados anteriormente, y su escasez mundial sigue siendo un problema por resolver. La República Democrática del Congo posee el 80% de las reservas globales de coltán, lo que ha provocado que decenas de potencias extranjeras exploten dicho recurso y condenen a muchos a trabajadores a unas condiciones cercanas a la esclavitud.

Sin embargo, la importancia de las tierras raras radica en sus grandes capacidades magnéticas. Su localización en el planeta es fuente de nuevas tensiones entre las principales potencias mundiales: más del 80% de la producción procede de China.

El Gigante Raro

La República Popular de China, o simplemente China, como la conocemos en Europa, controla la mayor parte de la producción mundial de estos elementos. Envueltos en una guerra comercial con Estados Unidos desde hace algunos años, los de Xi Jinping saben perfectamente la importancia que tiene este recurso para la geopolítica mundial.

Las tierras raras se caracterizan por tener un peso mayor que el del hierro y por su alta conductividad eléctrica, destacando esencialmente por sus propiedades magnéticas.

Gracias a sus características, se emplean en la fabricación de imanes con una tamaño cada vez más pequeño, que permiten a su vez reducir las dimensiones de piezas clave utilizadas en los coches eléctricos, por ejemplo.

Otro ejemplo. Los elementos como el iterbio y el terbio permiten un gran almacenaje, y esto facilita su acoplamiento a unos teléfonos inteligentes que reducen su tamaño al tiempo que avanza el progreso tecnológico.

No son los únicos. Muchas construcciones relacionadas con la energía eólica también se ven necesitadas de estos materiales, como en el caso de los aerogeneradores, debido a que su infraestructura sería inviable si se fabricara con grandes motores construidos con otros elementos.

A pesar de lo que pudiera parecer por su nombre, las tierras raras no son tan escasas como se cree. Son más abundantes que el oro y la plata, pero se encuentran en muchos yacimientos dispersos con poca abundancia de material en cada uno, lo que incrementa el coste de extracción.

Por otro lado, estos minerales pueden estar contaminados por elementos radioactivos como el uranio, con el riesgo que esto supone para el medioambiente.

Es en este punto donde volvemos los ojos hacia China. El gigante asiático posee «solo» el 40% del total de tierras raras del planeta, pero produce, como hemos dicho, el 80%. Esto se explica por su laxa regulación ambiental y laboral, que le permite extraer y exportar una cantidad insultantemente superior a la de cualquier país occidental, y evitar, además, cualquier pleito relacionado con los problemas que puedan afectar a sus empleados.

Ovejas en Mongolia Interior, región China que agrupa la mayor concentración de yacimientos de tierras raras del país

China no tiene ninguna intención de perder su hegemonía global, y hace tiempo posó su vista en otro proyecto futuro: adquirir tierras en Groenlandia para construir una estación en colaboración con una empresa australiana. Parece que el Polo Norte también es rico en esta clase de recursos. Tanto es así que en 2019, una noticia sacudía al mundo: Donald Trump quería comprar Groenlandia al gobierno danés.

Aunque la propuesta fue, por supuesto, rechazada, la idea de Trump tiene cierto sentido. Estados Unidos está muy por detrás de China en la producción de este recurso, y solo posee una mina en la localidad californiana de Mountain Pass. Aunque dicho lugar fue el mayor productor del mundo hasta 1980, la capacidad de extracción de la zona se ha reducido notablemente.

De hecho, los americanos saben que es mucho más económico enviar el material de sus propias extracciones a China para que sean procesados allí, con el fin de abaratar costes.

En cuanto a la Unión Europea, apenas compramos a otras potencias el 2% del total de lo que consumimos. El 98% restante se adquiere de China, por lo que los máximos mandatarios del Viejo Continente elaboraron en 2020 un plan para tratar de reducir su dependencia de Asia.

El 20% restante de la producción mundial se lo reparten países tan dispares como Australia, Brasil, India, Rusia, Vietnam, Malasia o Tailandia. Occidente sabe perfectamente que es el momento de mover ficha.

La nueva guerra comercial y la tetrataenita

En 2019 vimos como la administración Trump se enfrentaba indirectamente a la de Xi Jinping al querer imponer un bloqueo comercial al gigante Huawei. En aquel momento, la corporación china era la segunda mayor a nivel mundial en cuanto a producción de teléfonos inteligentes. Trump acusó a Huawei de espionaje y de técnicas «ilegales», y prohibió a los chinos utilizar sistemas operativos de empresas americanas, llegando a incluir a la compañía en la lista negra de Estados Unidos.

Casi 3.000 millones de personas en todo el globo se vieron afectadas por esta decisión, pero Huawei avisó de las consecuencias que esto podía suponer para el país de las barras y las estrellas. Algunas tecnológicas americanas se dieron cuenta de que un contrataque chino haría saltar por los aires el abastecimiento de algunos materiales necesarios para su propia cadena de suministros.

La ciudad china de Shenzhen, sede de la compañía Huawei

Sin embargo, a pesar del encarecimiento de la línea de suministros que sufrieron las tecnológicas americanas, el gobierno de Trump no dio marcha atrás. Tampoco lo ha hecho la administración Biden. En términos globales, Huawei ha terminado cayendo mucho más de lo que han perdido las empresas estadounidenses. Para 2021, la compañía asiática fabricaría apenas 80 millones de smartphones, menos de la mitad de los 190 que produjeron un año antes.

Pero el veto a Huawei tiene otras consecuencias. China se ha puesto manos a la obra para volver a contraatacar. Y está en condiciones de hacerlo. Esta vez, de la mano del monopolio de las tierras raras.

Pekín lleva varios años endureciendo los controles de exportación a ciertos países, entre los cuáles, por supuesto, se encuentra Estados Unidos. Los asiáticos ya amenazaron con reducir las exportaciones en 2019, lo que habría afectado sensiblemente a la producción americana.

Para continuar con su hegemonía mundial, el Estado creó la corporación China Rare Earth Group, tras la fusión de varias empresas locales de gran importancia. El objetivo era simple: blindar la hegemonía que le permite mantener la fijación de precios y evitar una guerra interna entre las sociedades del país.

Otra medida importante ha sido la creación de un impuesto sobre los recursos: se aplica un impuesto sobre el valor añadido del 13% a todos los productos de tierras raras. De esta forma los productores chinos de tierras raras cuentan con un 13% de ventaja en el coste de las materias primas con respecto a sus competidores extranjeros.

Biden ha movido ficha y ha prometido desvincularse totalmente de las importaciones de estos materiales llegados desde China para el año 2026. Ahora mismo, este objetivo parece una quimera. De hecho, a día de hoy, el 80% de todas las compras de tierras raras realizadas por Washington se importan desde China.

A pesar de la indiscutible victoria momentánea de los chinos en este apartado, existe una posible solución que podría hacer temblar los mercados. Se trata de la tetrataenita, una aleación de hierro y níquel con una particular estructura atómica ordenada, que se forma a lo largo de millones de años cuando un meteorito se enfría lentamente.

Científicos de la Universidad de Cambridge han dado con la clave al desarrollar un método viable para producir este elemento de forma artificial. Aunque de momento todo está en fase de prueba, si se confirma la viabilidad de este método para la producción a gran escala, supondrá un cambio total en el mercado de tierras raras.

Aún no está claro si este método de fabricación permitirá crear imanes de alto rendimiento, pero parece que las pruebas avanzan rápidamente y no se necesita ningún tratamiento especial para poder formar desde cero este nuevo material. Si finalmente todo sale según lo esperado, Estados Unidos y sus aliados se apuntarían un tanto decisivo para poder competir de tú a tú contra China.

 

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