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Economía

El despegue económico de la India

Por Pablo Poyo

Es la sexta potencia económica del mundo en términos de PIB nominal, pero se espera que duplique sus números para el año 2026

El 50% de los trabajadores de Silicon Valley procede del país hindú 

A pesar de la mejora de sus indicadores económicos, el país aún tiene que paliar las desigualdades, la pobreza y el problema demográfico

A finales de abril, India se convertía en el país más poblado del planeta, superando a China. Con más de 1.400 millones de habitantes (1.425.775.850 exactamente), continuará creciendo hasta llegar a su pico máximo, calculado en más de 1.700 millones. 

Su número de habitantes no es lo único que va a despegar. ¿Conseguirá el país hindú escalar puestos en el tablero económico mundial? 

Un sueño de 10 billones de dólares 

Durante las primeras décadas como país independiente, la economía de la India estuvo regida por teorías de corte socialista. Solo a finales de los años 80 se comienza a entrever un aperturismo económico que culmina en 1991, con el cambio de sistema y el paso del socialismo a una economía de libre mercado.  

Este cambio de paradigma no fue casualidad, sino que se produjo por una crisis en la balanza de pagos, lo que obligó al país hindú a dar prioridad al comercio exterior y a la inversión extranjera, sectores que se han revelado como claves para el desarrollo del país. 

En 1980, el PIB de India era ligeramente inferior al de España. Con 186.000 millones de dólares anuales (frente a los 233.000 millones de nuestro país, datos del Banco Mundial), la economía hindú todavía se encontraba por debajo de la mayoría de países desarrollados, y muy por debajo de las potencias mundiales con una población similar a la suya. Aunque, siendo concretos, los casi 700 millones de indios de 1980 solo se veían superados por la población de China, que ha sido el territorio más poblado del planeta hasta este mismo año. 

Cuando en 1991 se produjo el cambio al sistema capitalista, comenzó un doble boom, que se materializó tanto en el aspecto económico como en el poblacional.  

Para el año 2010, India ya superaba a una España cuyo PIB se estaba contrayendo por la crisis del 2008. Pero es que, en menos de diez años, para 2019, el subcontinente indio ya había duplicado su PIB, pasando de 1,2 a 2,5 billones de dólares. En la actualidad, casi la mitad de la población de India tiene menos de 25 años, y la media de edad se sitúa en 28,4, por lo que el número de personas activas es mucho mayor que el número de personas inactivas. Esto le ofrece a India una ventaja crucial en la carrera por el crecimiento económico. Además, cuenta con la fuerza de trabajo más grande del planeta, estimada en unos 516 millones de personas. 

La base de la economía india es el sector industrial, que representa actualmente el 54% del total del PIB. Las principales industrias son las textiles, las químicas, las procesadoras de alimentos, el acero, el cemento, la minería, el petróleo y, aunque pueda parecer sorprendente, el comercio de software. La agricultura es el segundo sector por tamaño e importancia, representando un 28% del total del PIB. Aquí destacan sobre todo el arroz, el trigo, el algodón y el té. En cuanto al sector servicios, es el menos desarrollado de los tres, ya que apenas representa el 18% del total.  

El turismo, fuente de ingresos habitual para otros países plenamente desarrollados, también es una asignatura pendiente para India, pues a pesar del continuado incremento año tras año, para 2019 ‘solo’ 18 millones de extranjeros visitaron el país. Esto supone un aumento de casi medio millón de personas respecto a 2018, un 2,18% más.  

Los datos indican que India ya se está preparando para ser el siguiente monstruo económico a nivel mundial. Si todo sale según lo esperado, para 2026 el tamaño de la economía del subcontinente se habrá duplicado, alcanzando los cinco billones de dólares anuales. De esta forma, muy lejos de los dos titanes que seguirán siendo Estados Unidos y China, continuará estando Japón, aunque cada vez más débil. En el cuarto puesto seguirá Alemania, que tendrá que hacer frente, de igual manera que el país del sol naciente al problema demográfico. Finalmente, India le arrebatará la quinta plaza al Reino Unido.  

Con un crecimiento calculado en una media del 6,5% anual, el Center for Economics and Business Research prevé que, dentro de una década, la economía hindú alcanzará por fin el preciado sueño de los 10 billones de PIB, desbancando a todos los demás, salvo a los, por ahora, intocables China y Estados Unidos. 

El peligro demográfico 

India sigue en pleno desarrollo demográfico. Con una superficie de 3,3 millones de kilómetros cuadrados, es uno de los estados más extensos del planeta, pero comienza a dar síntomas de una superpoblación cada vez más peligrosa. La población india se ha incrementado en más de 1.000 millones de habitantes desde 1950, momento en el que la ONU comenzó a llevar los registros de todos los países de la Tierra.  

Es por ello que, en este 2023 y, por primera vez, India ha superado a China en población desde aquellas primeras cifras registradas en 1950. La demografía hindú es bastante desigual, distribuyéndose en varios focos por todo el país, pero con una línea que concentra la mayor densidad demográfica del subcontinente: las tierras regadas por el río Ganges. 

La cuenca del río Ganges, con todos sus afluentes, ofrece agua y limo para fertilizar las tierras de cultivo. Esta zona, que se sitúa en una línea de este a oeste en el norte del país, es la más rica y la más poblada, además de tener los territorios con mayor densidad de población del planeta. El aire procedente del mar choca con las cordilleras del Himalaya, provocando abundantes lluvias. Además, la mitad del territorio de la India es cultivable. 

Solo en el área metropolitana de Delhi (donde también se sitúa Nueva Delhi, la capital) viven 29 millones de personas, dos tercios de la población total de España. Su superficie es similar al de la provincia de Badajoz. El kilómetro cuadrado con más densidad de población de la metrópoli se encuentra en el distrito de Shahdara: allí residen hasta 91.668 habitantes. 

Esta cifra es muy superior al de otros lugares con una densidad poblacional extrema, como es el caso de Manhattan, donde pueden llegar a cohabitar hasta 50.000 vecinos por kilómetro cuadrado. La densidad promedio de Delhi es de más de 10.000 personas por km², pero como hemos visto, hay lugares en los que estos picos se superan con creces. 

Tras Delhi viene Bombay, con más de 20 millones de habitantes. De hecho, esta es la ciudad más densamente poblada del país, con más de 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Después tenemos Calcuta, con 14 millones de personas viviendo en la urbe. Bangalore y Chennai completan este ranking de las consideradas megaciudades, llamadas así porque su población está por encima de los 10 millones de almas. Debido al crecimiento demográfico, es muy probable que a esta lista se sumen dos lugares más: Ahmehdabad e Hyderabad. 

La realidad india es abrumadora, en especial, si la comparamos con China. En el país hindú nacen cada día 86.000 niños, mientras que, en China, la cifra ya se ha reducido hasta los 49.500. Se esperaba que la población del subcontinente superara a la china para 2027, pero las proyecciones se han visto avasalladas. 

Y eso que el censo oficial del gobierno aún no se ha oficializado, porque estaba previsto para 2021 y la pandemia ha impedido su realización. Lo que sí sabemos es que, desde 2011, fecha del último censo, el número de habitantes del país ha crecido en más de 200 millones. Una auténtica explosión demográfica que, de momento, no se va a detener. 

La pobreza y las castas 

Con casi 520 millones de personas en activo, India cuenta con la mayor fuerza de trabajo del planeta. Las enormes capacidades del país asiático si contara con la tecnología necesaria serían casi insuperables. A pesar de todo, no es el desarrollo tecnológico lo único que oprime el despegue económico de esta zona del mundo. 

Los expertos consideran que el mayor asunto no resuelto que impide el progreso indio es el problema de las castas. Y, aunque desde los años cincuenta, la constitución del país deja muy claro que no se deberá segregar a la población por motivos de linaje, ni discriminar su ascenso social ni su desarrollo personal por motivos familiares, aún en pleno 2023, el tema es más que delicado. 

Terminar con la influencia de las castas es verdaderamente complicado. El origen de éstas se remonta a más de 2.500 años atrás. Este sistema, denominado en sánscrito varna (color), es un sistema hereditario de estratificación social que lleva presente en tierras hindúes al menos desde el siglo sexto antes de Cristo.  

El asunto racial en India es una herencia de la invasión indoaria, en la que los invasores autodenominados arya impusieron una segregación racial mediante rígidas leyes religiosas para evitar el mestizaje con la población aborigen. Así, las castas bajas tienden a ser de un tono bastante oscuro, mientras que las castas altas, con más ascendencia indoaria, son de piel más clara. 

Por supuesto, estas capas sociales son totalmente impermeables, por lo que una vez se nace en una familia del estrato social más bajo, es imposible poder ascender en la pirámide ni tener ningún tipo de ventaja con respecto a las clases más favorecidas.  

Según el origen mítico religioso, en la cima de la pirámide se encontrarían los brahmanes, es decir, los sacerdotes y los maestros, que son los más privilegiados de la varna. Inmediatamente después vienen los chatrías, que son los guerreros y los políticos, igualmente privilegiados en el sistema hindú. 

Por debajo de estos nos encontramos con los vaishias, estrato formado por los comerciantes y los artesanos. En la base de la pirámide se encuentran los shudrás, donde se engloban siervos, esclavos, obreros y campesinos.  

Sin embargo, los shudrás no son el nivel más bajo del sistema. Existe otra clase social tan denostada que no tiene ni consideración dentro de este orden de cuatro que hemos visto. Son los famosos intocables, cuyo nombre original es dalit

Los intocables pertenecen a un estrato social tan bajo que ni siquiera son considerados parte de los varnas. Aunque esta discriminación se ha ido eliminando en las grandes ciudades, en las zonas rurales aún es habitual encontrar incidentes relacionados con esta segregación. 

Solo en el estado de Rajastán, entre 1999 y 2003 hubo 143 dalits o parias violadas, además de 93 asesinados. Los intocables y los shudrás, hartos de esta situación por ser las castas más bajas, han comenzado a organizarse políticamente. En 1984 se crea el Partido de la Sociedad Mayoritaria, con el fin de representar a las castas más bajas y a los budistas. De hecho, un dato a clave a tener en cuenta es que casi un 70% de los intocables tienen creencias diferentes del hinduismo, siendo las más destacadas el budismo y el sijísmo. 

Según un informe de Acnur de 2016, en India más de 200 millones de personas están consideradas como intocables, aunque dentro de esta cifra no entran algunas de las familias criadas en entornos con religiones como el cristianismo o el islam. Por lo tanto, la cifra real podría ser mucho mayor. 

Se considera que el 41% de la población pertenece a la casta de los intocables y a la de los shudrás, las dos clases sociales más bajas del país. El otro 27% pertenece a otras castas no privilegiadas, pero mejor situadas en la pirámide, y solo el 30% de los habitantes están en la cima de este sistema, pudiendo ser considerados como privilegiados. 

A pesar de todo, el mundo puede cambiar. En 1997, la India eligió al que sería su décimo presidente, Kocheril Raman Narayanan, de origen dalit. Desde entonces, muchas organizaciones como el propio Partido de la Sociedad Mayoritaria han promovido mejores condiciones para los intocables en materia de educación, sanidad y empleo. 

India, ¿una potencia informática? 

En 1978, India apenas contaba con 1.000 ordenadores en el país. Las políticas del gobierno de Nehru, primera persona en ostentar el cargo de primer ministro en la India durante los años 50, se volcaron hacia un sistema que permitiera importar tecnología extranjera para mejorar las por entonces escasas fábricas especializadas de la época.  

Tras la llegada al poder de Indira Gandhi en 1977, esta política es sustituida por un intento de autogestión que pone trabas a las importaciones extranjeras. La idea era favorecer el talento local e invertir en empresas que pudieran desarrollar su potencial sin depender exclusivamente de los capitales occidentales, pero pronto queda claro que el país hindú está lejos de poder depender de sí mismo. 

En 1982 se produce un evento clave para el desarrollo tecnológico del país. Los Juegos Asiáticos de ese año, que India sería responsable de acoger y gestionar. Por aquel entonces, el hijo de Indira Gandhi, Rajiv Gandhi, aspiraba a que su país pudiera mostrar al mundo sus supuestas capacidades informáticas adquiridas gracias al proteccionismo, pero se encontró con que la India apenas contaba con ordenadores que pudieran llevar la cuenta de las operaciones y eventos acaecidos durante los juegos. 

Como gran amante de la tecnología, una de las primeras medidas de Rajiv Gandhi tras llegar al poder en 1984 fue la eliminación de la política autárquica que impedía la importación de tecnología informática. Bajo esta premisa vuelven a llegar al país empresas del calibre de IBM o HP, que son líderes en el sector. 

Rajiv Gandhi se dio cuenta de que la ventana de oportunidad abierta durante el primer gobierno de Nehru, donde países como Estados Unidos se habían convertido en líderes de fabricación de hardware, había muerto. Pero a pesar de ello, el primer ministro sí que fue capaz de vislumbrar la importancia del otro elemento clave en el funcionamiento de la informática: el software. 

De la noche a la mañana, India se convierte en un país referente para tecnologías pioneras como el voto electrónico, la banca electrónica y la venta online de billetes de tren, algo que hoy en día es común en todos los países desarrollados del mundo. Es en esta época cuando empresas como Tata Consultancy Services (Tata Group) e Hindustan Computers (hoy HCLTech) alcanzan un grado de refinamiento mayor. 

La crisis económica de los años noventa provoca una importante devaluación de la rupia, pero el carácter más global del sector del software hace que sus empresas resistan y se expandan aún más. Para 1990, India ya contaba con 80.000 ordenadores distribuidos por todo el país y, para el año 2000, el sector del software alcanzaba un valor de mercado de 5.000 millones de dólares. 

La creciente necesidad de programadores, informáticos e ingenieros en el país provoca un aumento desmesurado de la oferta, para una demanda que se ve desbordada por la cantidad de licenciados en este ámbito. Esta situación lleva a un éxodo masivo de licenciados del mundo de la informática a lugares donde este sector se encuentra en expansión, como Silicon Valley. 

Durante esta época, comienzan a hacerse virales las preocupaciones sobre los efectos devastadores que tendría el llamado efecto 2000. El efecto 2000 podría suponer un grave problema para la informática mundial, causado por la costumbre de utilizar los dos últimos dígitos para indicar la fecha correspondiente en el ámbito informático, omitiendo la centuria para economizar el espacio de memoria en los ordenadores de la época. El problema radicaba en que al llegar el año 2000, muchas transacciones, operaciones bancarias, programas informáticos, suministros de energía y transportes dejarían de operar al fallar el sistema, que pasaría a indicar 1 de enero de 1900. 

Se esperaban una serie de bugs o errores por todo el mundo; un temido efecto cascada que paralizaría teléfonos, servicios emergencia y transportes. Para evitarlo, las grandes tecnológicas investigaron a fondo el problema durante los años anteriores, invirtiendo más de 200.000 millones de dólares por todo el mundo.  

La India tuvo un papel clave en este evento, pues al tener equipos informáticos de reciente adquisición y con más espacio, no necesitaban economizar memoria, por lo que no temieron las posibles consecuencias del efecto 2000. Por ende, sus programadores fueron clave para ayudar a paliar los posibles desastres derivados de este evento catastrófico. Finalmente, gracias a las inversiones y a la investigación, el temido efecto 2000 solo supuso unos pequeños contratiempos por todo el mundo, la mayoría de menor importancia.  

Sin embargo, los informáticos indios aprovecharon bien su experiencia ayudando al mundo con este dilema: en el año 2000, el 40% de los ingresos del sector del software de la India vinieron derivados de los servicios prestados para paliar el efecto 2000. Para ese año, la India producía 100.000 programadores informáticos cada doce meses, que, además, cobraban una sexta parte de lo que podía cobrar un programador estadounidense.  

Durante la última década, este sector hindú ha sumado más de 10.000 empresas nuevas y otros dos millones de trabajadores. Pero no es oro todo lo que reluce. En la India, solo el 10% de la población tiene acceso a Internet, y sus programadores cobran unos 10.000 dólares al año en el país. 

Esto ha provocado la emigración de la que ya hemos hablado antes, siendo Silicon Valley uno de los receptores principales de trabajadores indios, dada su condición de hub tecnológico global. Se calcula que, a día de hoy, el 50% de todos los trabajadores extranjeros de este valle californiano proceden de la India.  

Ser ingeniero informático en el país del Taj Mahal es como encontrar un oasis en el desierto del Sáhara. Las familias que se lo pueden permitir gastan todos sus recursos para que sus hijos logren hacerse un hueco en el olimpo de las tecnológicas. 

La reducción de las desigualdades, el ‘caballo de batalla’ del país 

Durante este reportaje hemos comparado varias veces a la India con China, pero lo cierto es que las dos potencias han tomado caminos divergentes. Mientras que China es el país que más personas ha logrado sacar de la pobreza en menos tiempo en la historia de la humanidad (800 millones en treinta años), la India sigue siendo uno de los lugares más desiguales del planeta.  

Según un informe de 2022 del World Inequality Report, el 1% de la población más rica del país gana más del 20% de toda la renta del estado en 2021. El 50% de los ciudadanos más pobres apenas se hacen con el 13% de la renta nacional total. Es normal que este mismo informe califique a la India de «país pobre y desigual, pero con una élite muy rica». 

El analfabetismo, la pobreza extrema, la suciedad, el medio ambiente y la debilidad del ejército son todavía, problemas graves que deben ser eliminados de raíz si se quiere competir con los demás gigantes. 

 La renta per cápita media mundial se sitúa actualmente en los 12.262 dólares al año, según los datos del Banco Mundial en 2021. China ya ha logrado situarse por encima de esa cifra, gracias a una clase media pujante y al auge de los sectores tecnológico e industrial.  

Al mirar los datos que arroja el Banco Mundial para la India, vemos la gravedad de su situación. A pesar de esa ‘élite muy rica’ que hemos mencionado antes y, de la cantidad de graduados en sectores como la informática que sueñan con hacerse un hueco en el mundo del dinero, la realidad del país es otra: la renta per cápita de la India apenas alcanza los 2.277 dólares por persona al año, situándose en el puesto 141 del mundo, apenas por encima de países como la República del Congo o Angola. 

De hecho, entre el 40% y el 50% de su población sobrevive con menos de 3,20 dólares al día, algo que jamás vamos a ver en su principal competidor, China. Con una población que sigue creciendo sin control, este problema tiene de momento difícil solución.  

Hay otros problemas que necesitan soluciones urgentes en Delhi. La India es víctima de graves deficiencias sanitarias como la desnutrición o las enfermedades como la diarrea, el cólera o la fiebre tifoidea. Solo en año 2014, unos 600 millones de personas defecaban al aire libre en la India, con los subsiguientes problemas de salud que eso supone. La llegada al poder del nuevo primer ministro, Narendra Modi, ha tratado de paliar esta delicada situación. 

Mediante la instauración de un programa conocido como «Misión Limpiar India», el gobierno de Modi ha logrado erradicar esta lacra, más o menos. La construcción de más de 100 millones de váteres ha logrado reducir drásticamente el número de personas que se servían de esta práctica en apenas cinco años. A pesar de ello, un informe conjunto de la OMS y Unicef del 2019, destacaba que un 15% de la población seguía defecando al aire libre por todo el país. No solo es complicado reducir el problema a las cifras, sino eliminar una costumbre arraigada en la psique hindú desde hace cientos de años. 

El analfabetismo sigue siendo una de las principales asignaturas pendientes del país. Un informe de la CIA de 2009 data en un 65% la tasa de alfabetización del país, siendo Kerala el estado con mejores datos (91%) y Bihar el que peor está (47%). El gobierno de Modi ha hecho un esfuerzo titánico para cambiar esta situación, además de invertir cientos de millones en la industria local, con el objetivo de atraer inversiones extranjeras. El proyecto ‘Make in India’ busca diversificar la economía, reducir su dependencia de los cambios llegados desde China y atraer empresas extranjeras. 

La desigualdad no solo se limita al ámbito económico, sino que está presente también el género. Todavía hoy, 46 millones de mujeres indias tienen prohibido salir a trabajar. Un informe de las Naciones Unidas indica que se necesitarán 300 años para eliminar las desigualdades de género el país, ya que la India tiene una brecha de género del 62,9%, siendo uno de los países con peores resultados en este aspecto.  

El índice de la brecha de género analiza la división de los recursos y las oportunidades entre hombres y mujeres en 155 países. Mide el tamaño de la brecha de dicha desigualdad de género en la participación en la economía y el mundo laboral cualificado, en política, acceso a la educación y esperanza de vida. 

 Nadie duda de que la capacidad potencial de la India para convertirse en un gigante económico es casi infinita. Pero en el siglo XXI, llegar a ser la tercera economía del mundo no es suficiente. India debe emular a China y convertirse en una sociedad más justa y más desarrollada, aunque el reto sigue siendo muy, muy grande.  

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