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Economía

Las hipotecas que los chinos están dejando de pagar

Por Pablo Poyo

Los propietarios chinos están dejando de pagar sus nuevas hipotecas debido a una crisis inmobiliaria sin precedentes en el gigante asiático

«Si la construcción se detiene, el pago de hipotecas se detiene». Bajo esta premisa se manifestaban hace unas semanas cientos de ciudadanos chinos en la ciudad de Zhengzhou, en el centro de China. La crisis inmobiliaria que asola el país ha impedido que muchas constructoras puedan ver terminados sus proyectos, con el consiguiente enfado de los propietarios que acaban de adquirir dichas promociones.

Una crisis que comenzó meses atrás con la noción de la increíble deuda que acumulaba el gigante chino Evergrande. La que fuera la empresa de construcción más importante del país entraba en default tras acumular la espectacular cifra de 300.000 millones de dólares de deuda.

Ante esta situación, muchos inversores y socios extranjeros decidieron escapar a tiempo, mientras el temor de una nueva crisis económica contagiaba a los mercados internacionales.

Sin embargo, y a pesar del pozo en el que se vio sumido la empresa Evergrande, el gobierno chino ha logrado poner en marcha ciertos mecanismos que evitaron lo que podría haberse convertido en una nueva vorágine como la de Lehman Brothers, que dio inicio a la crisis de 2008.

Lehman Brothers y Evergrande no son iguales

Lehman Brothers Holdings Inc., fue una compañía global de servicios financieros fundada en 1850 en Estados Unidos. Esta empresa estaba dedicada principalmente a la banca de inversión, a la gestión de los activos financieros o a las inversiones en renta fija, entre otros.

En el verano de 2007 saltó a la palestra la crisis de las hipotecas basura, un modus operandi bastante común entre las principales entidades financieras de Estados Unidos y Europa en esa época. Como prolegómeno a la gran recesión que se estaba gestando, muchos clientes de Lehman Brothers decidieron abandonar la entidad debido a la mala nota que le otorgaban algunas agencias de calificación estadounidenses, lo que redujo el presupuesto de la compañía para hacer frente a sus deudas a corto plazo.

El 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers se declaró oficialmente en quiebra, y aunque incluso el gobierno de Estados Unidos hizo esfuerzos por salvarla, la empresa terminó por disolverse. Antes de dicha disolución, la compañía se situaba como el cuarto mayor banco de inversión de todo el país, solo por detrás de Goldman Sachs, Morgan Stanley y Merril Lynch, con unos activos superiores a los 680.000 millones de dólares.

Evergrande sufrió una crisis igual de peligrosa en 2021. Con unas deudas que ascendían hasta los 300.000 millones, la paralización de miles de construcciones en todo el país y la denuncia por falta de pago de algunos acreedores, la empresa se vio envuelta en un histórico default que ponía en entredicho la fiabilidad del mercado chino y preocupaba a su propio gobierno.

Sin embargo, China no es Estados Unidos. La incapacidad de los americanos para controlar la imparable recesión que se extendió por casi todo el mundo en 2008 estaba intrínsecamente ligada a la naturaleza de su sistema capitalista. Los intentos de intervención de las entidades públicas se quedaron en meros intentos, y no pudieron subsanar la grave anomalía económica que azotaba a grandes empresas del calibre de Lehman Brothers.

Por el contrario, China aglutina lo «mejor» de ambos mundos a la hora de hacer negocios. Un desprecio absoluto por el individuo en pos del colectivo permite movilizar personas y cambiar dinámicas económicas con una simple orden del Partido Comunista. La apertura internacional a los mercados extranjeros y un liberalismo a la china permiten que la inversión extranjera llegue en grandes cantidades, lo que aumenta la disponibilidad de activos fuertes para llevar a cabo proyectos de gestión, compra e inversión por todo el mundo.

Así pues, cuando en 2021 la gigantesca promotora se vio al borde de la quiebra más absoluta, el gobierno central se inmiscuyó en los asuntos de la sociedad cantonesa para que la sangre no llegara al rio, o al menos, que lo hiciera de forma mínima. El objetivo del gobierno comunista es que Evergrande pueda seguir operando con normalidad y terminando los proyectos que ya tenía iniciados, aunque es cierto que la imagen de la empresa se ha visto muy dañada.

Evergrande no es la única compañía que ha visto como sus obras se han paralizado en todo el país. Ante la inoperancia del sector inmobiliario, la República Popular de China ha visto como miles de ciudadanos se han manifestado en diferentes ciudades por el problema con las hipotecas.

A vivienda sin construir, hipoteca sin pagar

China es un país donde la disidencia no suele tener ninguna oportunidad de progreso. El caso más sonado de oposición al gobierno se da en la ciudad de Hong Kong, donde sus díscolos ciudadanos han tenido la suerte de disfrutar de una libertad que sería imposible en otras regiones del país.

Es por ello que no dudan en enfrentarse a las autoridades cada vez que su causa así lo requiere, provocando un continuo dolor de cabeza en el aparato del partido, que suele reprimir dichos enfrentamientos con la violencia habitual de esta clase de regímenes.

Ahora, las autoridades comienzan a darse cuenta de lo que supone esta crisis de las hipotecas para la gestión del estado. Ante la paralización de grandes complejos urbanísticos por todo el país, los ciudadanos chinos están dejando de pagar sus hipotecas a las empresas con las que las habían adquirido.

Está situación se está extendiendo por todas las regiones del país, ante la incredulidad de las autoridades, poco acostumbradas a este tipo de protestas. Se calcula que los protagonistas de estas movilizaciones adquirieron unos 320 proyectos inmobiliarios por toda China; proyectos que se han quedado en el aire.

Los préstamos afectados por esta crisis podrían ascender a 145.000 millones de dólares, según estimaciones de la consultora S&P Global Ratings. Otros analistas dicen que el monto podría ser incluso mayor.

Aún no está claro cuántos ciudadanos están dejando de pagar sus hipotecas, pero debe de ser una suma de dinero preocupantemente alta si el gobierno chino está mirando con lupa dicho escenario inmobiliario.

La economía china viene mostrando signos de ralentización: en el último trimestre apenas creció un 0,4%, y los expertos auguran que cerrará el año en un 0%; es decir, que habrá dejado de crecer para 2023.

Treinta grandes empresas inmobiliarias ya han dejado de pagar sus deudas, al igual que le pasó a la mencionada Evergrande. El gobierno, siempre pendiente de los movimientos de cada ciudadano, empresa o sociedad extranjera, no ha sabido prever la crisis que se avecinaba, permitiendo una relajación ante los impagos, y actuando ya mucho más tarde, cuando la situación se ha vuelto imposible.

Huelga resaltar que el sector inmobiliario representa alrededor del 70% de la riqueza personal en China, y los compradores de viviendas suelen pagar por adelantado proyectos que apenas están en planos y que no han comenzado a edificarse.

Por si fuera poco, la demanda de viviendas está comenzando a caer, debido a la ralentización en el crecimiento de la población china y al exagerado parque de viviendas en oferta que ni siquiera terminado podría equipararse con la escasa demanda.

Con estos datos en la mano, es fácil entender cómo se llegado a esta situación. No parece que los ciudadanos chinos quieran dar marcha atrás con sus bien intencionadas exigencias. Ojo por ojo. Si no hay vivienda, no se paga la hipoteca.

El derribo masivo de viviendas

Mientras el mercado inmobiliario trata de estabilizarse mediante la intervención estatal, y los ciudadanos se niegan en redondo a pagar sus hipotecas, el gobierno chino solo puede hacer una cosa: ser pragmático. Ser práctico. Y para ello, es preciso eliminar cualquier barrera arquitectónica inservible.

Tratándose de China, estas barreras suelen ser insalvables escollos naturales que hay que derribar, destruir, drenar o cambiar de lugar. En este caso, se trata de obras de ingeniería muy humanas: las miles de viviendas semi abandonadas por la paralización de las obras.

Que en China se destruyen muchos edificios que se quedan a medio construir porque los constructores se quedan sin dinero es bastante evidente. El problema viene cuando según los cálculos, se han demolido ya unos 3.000 millones de metros cuadrados de vivienda, el equivalente para alojar a una población de unas 75 millones de personas.

Este masivo interés por la inversión en la construcción de viviendas viene de la época de la muerte de Mao, cuando el gigante asiático decidió abrirse al mundo. Desde entonces, la cantidad de proyectos inmobiliarios no ha hecho más que crecer, provocando la situación de inestabilidad que ahora se deja sentir con fuerza.

La pandemia del covid-19 ha agravado y mucho la situación. Si bien la cuerda ya estaba muy tensa, la crisis económica y social derivada de la pandemia ha provocado estragos en algunos sectores financieros. No solo por las causas puramente monetarias y los errores a la hora de calcular la demanda; también a la hora de no saber anticipar la capacidad de pago de los nuevos propietarios de hipotecas.

El construir sin ton ni son en espera de que un milagro aparezca para que el parque de viviendas acabe vendiéndose ya es arriesgado de por sí, pero hasta ahora, empresas como Evergrande tenían un colchón financiero basado en el pujante mercado chino.

Sin embargo, China ha sido uno de los países que más restricciones han impuesto a su población por la pandemia. De hecho, aún sigue haciéndolo. Mientras que en la gran mayoría de países occidentales el covid-19 es ya casi cosa del pasado, los chinos siguen cerrando barrios, ciudades y hasta regiones para forzar la cuarentena obligatoria.

Esto ha perjudicado gravemente a los ingresos del ciudadano medio; un ciudadano que tiene muchas posibilidades de haber invertido en una vivienda en propiedad, como hemos visto antes. El ciudadano se ve obligado a permanecer en su casa y a seguir unos estrictos controles gubernamentales, por lo que su actividad económica habitual queda en stand by.

Si esto se produce, el ahogamiento económico de las personas implicadas comienza a complicar la situación, pues ya no pueden hacer frente a las deudas que han adquirido con los bancos. Unos bancos que tampoco reciben dinero de las deudas que han contraído con ellos las grandes constructoras, ya que no consiguen vender ni construir nuevos proyectos.

Al final, es la pescadilla que se muerde la cola. Un círculo vicioso de impagos y retrasos en la construcción que perjudica a la clase media china. Los chinos no se amilanan, y están dejando de pagar sus hipotecas de edificios fantasma. Mientras tanto, cientos de vídeos sobre el derribo masivo de bloques de viviendas corren como la pólvora por la web.

 

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