En la agricultura, las estaciones marcan la labor cotidiana y, en el caso del vino, casi la vida de todo el pueblo. Esto es lo que sucede en la comarca de Valtiendas, una pequeña población segoviana donde el vino marca el calendario de vecinos, bodegueros y amigos de un viñedo muy especial.
Estamos al norte de Segovia, en los páramos del río Duratón; con pueblos como Sacramenia, Fuentidueña o San Miguel de Bernuy como referentes. La altitud de los viñedos cultivados en los suelos pedregosos del páramo, unida a unas condiciones climáticas extremas, da lugar a vinos de sabor intenso, con una acidez natural equilibrada y unos parámetros muy particulares. Un producto con mucha personalidad.
Aquí la calidad no se regala, porque es un producto muy emergente, más conocido entre los expertos que entre los vendedores de etiquetas bonitas. Los vinos de Valtiendas representan la integración social y la sostenibilidad de una región que lucha por mantenerse viva y activa. No solo elaboran vinos excepcionales, también promueven desarrollo sostenible de pequeños pueblos y ayudan a dar a conocer de cerca una cultura vitivinícola auténtica y única, fomentando el cuidado del medio ambiente y apostando por prácticas agrícolas muy respetuosas con la naturaleza y las personas.
La parte burocrática parece ir en paralelo al trabajo de cotidiano. “La zona de producción de uva para la elaboración de los vinos protegidos por la mención ‘Vino de Calidad de Valtiendas’, con base en criterios exclusivamente técnicos, considere aptos para la producción de uvas con la calidad necesaria para ser destinados a la elaboración de tales vinos y ubicados en poco más de una decena de municipios, junto con sus pedanías y barrios, pertenecientes a la provincia de Segovia”. Nombres como Aldeasoña, Navalilla o Fuentepiñel comparten producción con Sacramenia, Fuentidueña, Fuentesoto, Cuevas de Provanco y Valtiendas, entre otros.
Uno de los máximos promotores de estos vinos es el restaurante Casa Silvano Maracaibo, en Segovia capital. La cocina de Óscar Hernando combina tradición y vanguardia, articulada en torno a su viñedo, huerta, productos locales y creatividad. Con un enfoque artesanal, busca sorprender a los paladares más exigentes mediante el uso de ingredientes autóctonos, incluidos los de su propia huerta. Su bodega, Pago El Almendro, produce vinos D.O Valtiendas, resultado del meticuloso trabajo en el viñedo para lograr máxima calidad.
Otra figura fundamental en la divulgación de estos vinos es José Galindo, que ha hecho de Bodega Vagal un referente. Su manera de entender el viñedo es una mezcla de sabiduría e intuición. Detrás de cada etiqueta de Vagar hay un vino natural, sin aditivos químicos durante la fermentación ni el envejecimiento, usando levaduras autóctonas y respetando el proceso pie de cuba para preservar las cualidades del viñedo.
Galindo apuesta por la biodinámica, cuidando los viñedos como un ecosistema integral, desde el suelo hasta la influencia astral, para lograr vinos que reflejen el ‘terroir’. Siempre es agradable verle entre sus barricas de roble francés para equilibrar fruta y madera, resaltando las características del suelo y el microclima. Desde 1998, comenzó con 7,5 hectáreas de viñedos Tempranillo, alcanzando 20 hectáreas, y en 2018 obtuvo certificación ecológica.
Otra opción es visitar la bodega Navaltallar, en Navalilla, cerca del río Duratón. También pertenece a este pequeño club de productores. Navaltallar fue fundada en 2003 por Romualdo Maldonado, recuperó la tradición vitivinícola local con viñedos de Tempranillo. Alejandro sabe que la calidad es su mejor canal de marketing. Comercializa unas 25.000 botellas anuales, incluyendo vinos jóvenes, Roble y Crianza, reconocidos por su equilibrio y calidad. Desde 2011, ha logrado que sus vinos sean muy valoradores en Estados Unidos, Alemania, o Suiza.
"Sacramenia, Fuentidueña o San Miguel de Bernuy son los pueblos de referencia de un cultivo sostenible y con mucha personalidad"
Y la parte más divulgativa recae sobre Bodega Cárdaba. Su bodega es un exitoso centro de enoturismo. Aquí la historia tiene sus tributos. Los primeros datos históricos en los que aparece la iglesia datan del año 937, cuando el conde de Castilla, Fernán González, y su esposa, Doña Sancha, donaron la iglesia de Santa María de Cárdaba al Monasterio de San Pedro de Arlanza.
Como todos los prioratos, se dedicó a la explotación de las tierras. Entre los cultivos se encontraba el de la vid, como lo demuestran las cuentas del monasterio en el ejercicio del año 1337-1338. La producción anual del viñedo alcanzaba las 100 cántaras de vino.
Pero un siglo después, la situación era lamentable en Santa María de Cárdaba. Sólo dos monjes y unos cuantos vasallos vivían en el Coto. El abad vivía a muchos kilómetros de distancia, en las tierras burgalesas del Arlanza.
Por esta razón se realizó un trueque en el año 1488, entre el priorato de Arlanza y el monasterio de Sacramenia, siendo abad comendatario de Sacramenia don Juan de Acebes: “Santa María de Cárdaba quedaba como un coto en régimen de granja del monasterio cisterciense, con jurisdicción civil y criminal, en señal de la cual tenía horca dentro de su término, y bajo la justicia del ‘alcalde’ de la granja”. A partir de la desamortización de Mendizábal, en el año 1835, el coto pasó a ser una propiedad particular. De la mano de la familia Sancha, Coto de Cárdaba se ha convertido en un referente en las tierras del Duratón.
Por supuesto que la historia también complementa a estos productores. Para tener una visión global de casi todos los productores, hay que probar también algunos de los vinos de Bodega Centaura, Gonzalez Fischer o Zarraquilla, que demuestra cómo la calidad es mejor que la cantidad.
Como complemento, siempre se deben visitar algunos de los pueblos cercanos. Fuentidueña se resiste a desaparecer, un pueblo en el que el turista encuentra magníficos ejemplos del arte románico. Es el caso de la Iglesia de San Miguel, con una magnífica galería porticada apoyada sobre capiteles vegetales y una maravillosa colección de canecillos historiados. La Iglesia de San Martín, también románica, se une a la Ermita del Santo Cristo del Humilladero y al antiguo hospital. Sus murallas son un ejercicio de arquitectura sobre un paisaje de una belleza única.
Y lo mismo sucede con Sacramenia. Tan conocida por sus asados como por el Coto de San Bernardo, el descomunal Monasterio de Santa María la Real, de porte catedralicio. Fundado en el siglo XII por Alfonso VII, se levanta en torno a tres naves y remata la cabecera de cinco ábsides. Siguiendo la austeridad de los cánones cistercienses, la fachada occidental contiene un bello rosetón y una puerta de arquivoltas de medio punto.
Por desgracia, en 1925 sus propietarios vendieron el claustro, la sala capitular y el refectorio al magnate de la prensa norteamericana y coleccionista de obras de arte, William Randolph Hearst. Piedra a piedra, fue llevado a Estados Unidos en 11.000 cajas de madera. En 1953 la revista Time lo llamó “el rompecabezas más grande de la historia”. Hoy se encuentra 'montado' en Miami (Florida). Por suerte, hoy el amor por esta tierra es un valor muy emergente, con pilares de profundas raíces.