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Lifestyle

Un nuevo "mindset" para crear una idónea imagen de vinos marca España

Tim Atkin: “España es el país más apasionante, sin duda, de Europa en el sector del vino. Y, posiblemente, del mundo”

Por Maite Corsín

El 40% de los pueblos españoles tiene viñedos y el país es una potencia mundial en producción de vinos ecológicos

“Nos lo tenemos que creer”. Esta expresión, un poco victimista, se repite desde hace años en el sector del vino, pero no terminamos de definir lo que nos tenemos qué creer: si la relación calidad/precio, si el valor de nuestros graneles, si la diversidad climática de nuestros viñedos, si la importancia del vino ecológico o la media ponderada excelente de esa calidad tan fácil de medir por paisajes, guías de vinos o la aplicación de la innovación en nuestras bodegas. 

Otra cosa es medir la ‘espiritualidad’ de los vinos más tradicionales o la de los nuevos vinos naturales como tendencia ancestral y contrariedad para nuestros vinos ecológicos, con aval del Ministerio de Agricultura. Estábamos en esta interpretación subjetiva, o más bien en piloto automático, cuando se presentó el último informe 2023 de “La relevancia económica y social del sector vitivinícola en España”, encargado por la Interprofesional a Analistas Financieros Internacionales (AFI) para darnos datos y luz.  

Este galimatías para profundizar en nuestra falta de orgullo o en la comprensión de la calidad la aportaba la directora de la Interprofesional del Vino de España (OIVE), Susana Dolla, cuando decía que no había otro objetivo prioritario que creernos de verdad que somos líderes, pero para ello hay que reivindicar el valor el vino español, y para eso hace falta medir los intangibles del vino, esos valores. 

¿Y cómo se miden esos valores que podemos poner en una lista interminable? Que se lo pregunten al turista que visita España, que le gusta principalmente comer, beber, la calidad de vida, la fiesta… Y, entre las bebidas, que no le quiten el vino. Es un relato muy naif que a nosotros no nos gusta tanto, porque pensamos que nos banaliza, como el hecho de que a los organismos les cueste denominarnos como un país de excelentes vinos de relación calidad/precio. 

La visión internacional

Es un titular recurrente que, curiosamente, defienden los importadores como el fundador de los bares Camino de Londres, Richard Bigg, retratado en la revista Spanish Wine Lover, que hasta se ha atrevido a poner Rioja como nombre a un pub en Londres como homenaje a su diversidad. Un gran amante del vino que no adquiere caldos que no sean de excelente factura en su carta, y dice que en España sobran, algo que no ocurre en otros países.  

Dos versiones de una misma moneda y dos creencias. Decía en junio de 2016 el experto Tim Atkin, con clara obsolescencia, que la imagen de España necesitaba un pulido: “Es cierto que las cosas han mejorado mucho desde que el escritor David Herbert Lawrence describiera el vino español como ‘la orina sulfurosa de algún caballo viejo’, eran pocos los vinos finos comercializados y apenas interesaban a coleccionistas, si descontamos a Vega Sicilia, Pingus o Ermita, y, en algunos casos, a los vinos de Artadi y Contador, pero no hay estrellas rutilantes a nivel mundial”. 

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La escena ha cambiado radicalmente en 2023, cuando el mismo Atkin (Master of Wine) confesó estar entregado como adalid de nuestro país y proclamaba: “España sólo necesita convencer a más gente de que sus mejores vinos son de categoría mundial. Es el país en estos momentos más apasionante, sin duda, de Europa, y, posiblemente del mundo. Si usted (decía) está dispuesto a pagar un poco más, obtendrá una extraordinaria relación calidad-precio…” 

“Están pasando muchas cosas, no sólo en los lugares tradicionales como Rioja, Navarra, Ribera del Duero, Rueda y Jerez, sino también en otros sitios. Mire un poco bajo la superficie de España y encontrará un montón de joyas maravillosas y deslumbrantes", añadía Atkin. 

Atkin es muy creíble como prescriptor, porque no sólo es personaje televisivo, es un prescriptor que pisa viñedo, y viñedo español. Y cada vez es más frecuente verle encumbrar uvas locales, como la desconocida rufete de Sierra de Salamanca, o contando historias románticas de pequeños productores.  

Hablaba de la necesidad de convencer, de apasionar y de un cambio de mentalidad muy española, que está formada por un conjunto de creencias arraigadas, conocimientos, sentimientos y actitudes que nos llevan a ejecutar acciones que son buenas, o malas decisiones. Es lo que llamamos en psicología el ‘mindset’, que no es otra cosa que el piloto automático con el que hacemos todo de manera automática para apuntalar nuestras experiencias y credos prefijados. 

El discurso del “nos lo tenemos que creer”, viene precedido de una falta de espíritu y de conocimiento de nuestros auténticos valores que deben constituir una sola imagen exportable, algunos vienen contemplados en el Plan Estratégico del Vino hasta 2024 de la OIVE, pero todavía queda mucho camino por recorrer porque seguimos en modo mindset. Ya es hora de cambiarlo. 

La fortaleza vitivinícola de España

El vino genera empleo y es bebida nacional. Es un motor económico y no nos cansamos de decirlo. Crea muchos puestos de trabajo, es una actividad económica relevante para nuestra economía, y eso, a pesar de que lo ampare sólo en sus inversiones el Ministerio de Agricultura. Genera 363.980 millones de euros (2% del empleo nacional y 1,9 del PIB español). 

Contribuye a generar más de 20.330 millones de euros de valor añadido bruto de forma directa e indirecta y es foco de inversiones máximas en agricultura. El sector servicios y de comercialización del vino mueve el que más: 218.605 empleos, por lo que hay que reivindicar a la hostelería y solucionar la atomización de la distribución. El vino es ocio, pero es bebida nacional e imagen marca-país, una identidad que debe trasmitirse en los organismos públicos junto a la gastronomía y el turismo, y, por favor, con la boca grande. 

Somos una potencia en producción de vinos de pueblo, ecológicos y neotradicionales, gracias a nuestro clima y los beneficios que auxilia una sequía que evita las plagas y promueve la biodiversidad: son 142.100 hectáreas donde trabajan 1.300 bodegas (un 5,4% del suelo nacional) sin contar con las que se trabajan sin certificado europeo, en modo biodinámico o minoritariamente, con elaboraciones naturales que suman un 15,3%. 

No es sólo una etiqueta, es una forma de vida que evoluciona exponencialmente. Muchos de estos vinateros son emprendedores o hijos de agricultores con orgullo que han integrado elaboraciones como tinajas, cemento o se preocupan de los nuevos hábitos de consumo: vinos más frescos, baja acidez, menos alcohol y más frutosos. 

Una avanzadilla de la modernidad enológica que son conscientes de la necesidad de trabajar calidad y progresos en reutilización, el reciclaje o el ecodiseño para cumplir las normas de la economía circular. 

No es tontería que el 40% de los pueblos españoles tenga viñedo, una cifra que crece en los últimos años un 36% gracias a la vuelta al campo de jóvenes viticultores entusiasmados por recuperar viejos viñedos en extinción. ¿Cómo visibilizar mejor esta labor rural, que es un arma infalible contra la despoblación y la creación de empleo? 

El granel no nos representa y el estigma de que vendemos millones de litros de granel a bajo coste hay que cambiarlo. Si bien España exporta a 85 países, tiene escasa participación frente a los grandes exportadores vecinos, que venden un 78% del volumen sin indicador de precio bajo. 

Independientemente de la variación de las cosechas y de los mercados, nuestro país vende de forma diversificada y constante, incluso en un mal año exporta a un país como Costa de Marfil, que ha duplicado sus compras y que ya es el quinto mercado con otros nuevos compradores como Marruecos, Rumanía y Bélgica, Finlandia, Lituania, Corea del Sur, Georgia, Israel, Gabón y Venezuela. China también ha subido sus importaciones gracias a la venta de precios más altos.  

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Defender la excelente relación entre calidad y precio de nuestros vinos supone competir con los mejores al precio que cuesten, subiendo escalones en el rango de los más de 15 €/botella en los podios internacionales. En la partida de vinos diferentes y emocionales, tampoco tenemos parangón: vinos varietales locales, cepas viejas y un mapa atomizado de terroirs y crús por descubrir, además de una respetuosa custodia de la historia en las regiones de vinos tradicionales, generosos, históricos, e isleños. 

No hay que perder de vista que el 69% de las bodegas no supera la media hectárea, explotaciones de bajísima producción que no pueden permitirse, por supuesto, precios de supermercado, pero sí pueden ser propulsoras de excelencia e imagen. Las segundas marcas (o primeras) deben asimilar las normas de las cooperativas, que al fin y al cabo son grandes motores de comercialización y consumo de nuestro país, y a mucha honra. Que se lo digan a Galicia y sus minifundios que ocupan todo el territorio. 

La dieta mediterránea, patrimonio gastronómico

El espíritu de calidad de vida asociado a la dieta mediterránea viene asociado al consumo de vino tinto con moderación. Estas experiencias se disfrutan en España de forma única a través de un menú, un viaje para conocer a productores o una visita a un patrimonio histórico. El enoturismo como actividad cobra una magia exclusiva que puede vertebrarse a través de los ríos del vino, restos arqueológicos, tabernas, fiestas locales, o una cultura ingente que atraviesa los viñedos de norte a sur. Al fin y al cabo, España es el destino europeo entre el Viejo Mundo que no explotamos suficientemente al turista americano y asiático. Aquí tenemos al museo más rico de objetos y piezas de arte de coleccionismo del vino del mundo: Dinastía Vivanco. ¿No es el turismo de vinos una herramienta mejor de conexión emocional, historias y personas? 

Esta nueva etapa tiene más mujeres y familias. No se menciona, pero hay que decirlo frente a la cultura del vino conservadora y masculina: el 30% de las empleadas de las bodegas y cooperativas son mujeres, pero también son gerentes de explotaciones, una cuota que se ha duplicado e incrementado 2,5 puntos porcentuales en 10 años. Una cuestión de orgullo de la que podemos hacer virtud según los últimos datos que aporta el último informe de la Relevancia Económica del Sector del vino en España 2022. 

En estos colectivos, hay que reivindicar, junto a la mujer, a las familias bodegueras, que ocupan un puesto destacado en el tejido productivo de las empresas del sector, una expresión inconfundible de respeto a la tradición, a la artesanía y al legado de padres a hijos.  

Las anteriores son suficientes razones para el cambio de mentalidad. Es verdad que tenemos creencias muy arraigadas y una gran falta de reconocimiento de nuestros logros y valores. El Master of Wines Pedro Ballesteros tiene su propia teoría 50/50/50: España debe competir en el mundo y visibilizarse con al menos 50 grandes marcas, producir 50.000 botellas como mínimo como imagen y venderlas a más de 50€ sin complejos, a lo Dom Perignon. 

¿Alguna marca con estos visos? Vega Sicilia, La Rioja Alta, Marqués de Murrieta…. Pero mientras, en el sector se reniega de vinos que no sean de mínima producción. Muy romántico, henchidos de ser un país lleno de viñedos singulares y cuna de cazatalentos, pero todavía no nos conocen en las subastas de medio mundo si no llega a ser por Vega Sicilia o por Parker al Castillo Ygay de Murrieta, de 100 puntos, por el que el mercado chino ha hecho tambalear las pujas.  

Queda mucho recorrido de exportación y cambio de paradigma, aunque es verdad que nos sobra actitud, esa pasión, la alegría y la fiesta que tanto nos representa por el mundo y nos quita horas de terapia gracias a nuestra cultura gastronómica y social, como confirman los médicos en todos sus estudios.  

¿Qué tal si empezamos a ver algunos complejos como las nuevas oportunidades? Como apunta el crítico francés Frédéric Beigbeder: “No hay alternativa al mundo actual”.  

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