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Opinión

Pablo Batlle Mercadé

Las formas como norma… que vamos abandonando 

“El uso del móvil es, quizá, la herramienta que más vulnera las formas, ese pequeño aparato es el arma que carga el diablo de la mala educación y de la descortesía” 

Hace 17 años escribía en ABC un artículo titulado con la primera parte del titular de este que ahora, querido lector, está leyendo: ‘Las formas como norma’. Entonces comentaba la paradoja de que, frente a un fenómeno editorial como lo era en 1996 la venta de libros dedicados al protocolo, las buenas maneras o la cortesía, podíamos constatar que todos estos principios imprescindibles en una sociedad se estaban perdiendo. Denunciaba la asombrosa laxitud de la aplicación de las normas, de esos códigos -escritos o no- de comportamiento tan necesarios para la convivencia. 

Lamentablemente, en estos algo más de tres lustros, los ‘pecados’ que señalaba entonces se han agravado y han aparecido nuevas faltas más lesivas y, en muchos casos, impulsadas y favorecidas por las tecnologías. Especialmente, por las redes sociales. Hoy, cuando a diario tenemos que soportar tantas y tan graves muestras de desprecio hacia esas normas de convivencia y un muy preocupante aumento de la intolerancia que padecemos en tantos ámbitos -no solo el político-, parece casi ingenuo criticar -como lo hacía en aquella ocasión- la mala costumbre de no contestar a las invitaciones, de confirmar y luego no asistir, o de llegar tarde y no en las debidas condiciones a cualquier tipo de eventos.  

Esto, sin embargo, es solo una anécdota menor respecto a la vulneración sistemática de las normas -insisto, escritas o no- sobre las formas en que debemos relacionarnos que debemos presenciar, sufrir y lamentar cada día. La educación es, en general, algo que tendemos a apreciar por su ausencia, algo que se valora cuando no se da, y hoy esa ausencia es un clamor. Es, sin ningún género de duda, una vulnerabilidad manifiesta de nuestra sociedad.  

Desde el lenguaje de los invitados en cualquier programa de los medios audiovisuales a la conversación telefónica en voz alta de alguien que nos obliga a compartir su vida a todos en el autobús; en el metro; en el tren; en el avión o incluso en restaurantes, porque ha renunciado a su privacidad a costa de nuestro castigo. 

El uso del móvil es, quizás, la herramienta que más vulnera las formas en las que se nos educó. Ese pequeño aparato del que hoy es casi imposible prescindir, con tantas funciones que sirve incluso para hablar con otras personas, es también el arma que carga el diablo de la mala educación, de la descortesía hacia los que nos acompañan físicamente para priorizar lo que viene de fuera. Siempre me ha disgustado ese gesto, en el que uno desgraciadamente también cae en ocasiones, de poner sobre la mesa del restaurante su dispositivo como un vaquero del oeste lo haría con su Colt 45.  

Puede que algún lector vea en estas líneas cierta nostalgia conservadora, pero solo pretenden ser una llamada para que en el presente y en el futuro sigamos contando con esas normas de protocolo y cortesía que no deben ser un corsé para nuestro comportamiento, sino un cauce para entendernos todos mejor. Es imprescindible que no renunciemos a determinados códigos que canalizan esta convivencia y, ya que las redes sociales tienen ese poder, hagamos un esfuerzo y encontremos y promocionemos ‘influencers’ de las buenas formas antes de que estas nos abandonen del todo. 

Por todo ello, me permito hacer un llamamiento, una súplica: señores y señoras del mundo de la política, de los medios de comunicación, actores, actrices, deportistas y ¿por qué no? empresarios: todos ustedes deben de ser conscientes de su responsabilidad, de que sus palabras, sus movimientos o su modo de desenvolverse influyen y se toman como ejemplo, sobre todo, entre los más jóvenes.

La inteligencia; la tolerancia; la cordura; la cortesía; el respeto a las formas y la buena educación deben imperar en nuestra sociedad, empezando en la actividad parlamentaria. No demos por perdida de antemano esta batalla, aunque hoy lo veamos como una tarea imposible. Nos va mucho en ello, porque solo en una sociedad que respete las formas como norma avanzaremos en el resto de los retos que tenemos planteados. 

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