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Opinión

Por Luis Ederra Bobes

La ambición y la proactividad del sector español de infraestructuras 

“La automatización y la integración productivas se han acelerado desde el fin de la pandemia y son una ventaja crucial para las empresas” 

Como fabricantes de maquinaria industrial con más de 25 años de experiencia en la construcción de infraestructuras, sabemos que este sector constituye un termómetro perfecto para medir el desempeño de la actividad económica, y quizá también para anticipar su rumbo. Mirar hacia este ámbito nos puede decir mucho no sólo de cómo se están haciendo las cosas en un país concreto, sino, en general, por dónde soplan los vientos en el entorno “macro”. 

En el campo de la fabricación industrial, lo cierto es que las sensaciones son buenas, y lo siguen siendo a pesar de los malos augurios y de las dificultades emergentes. Tanto en el plano internacional como en el mercado doméstico, el sector de las infraestructuras ha vuelto a demostrar la buena salud de la que goza, sin duda beneficiado por su estrecha e indisoluble conexión con la economía real y con algunas de las necesidades más inmediatas de la población. 

Ya recuperados del parón por la pandemia, y más o menos superado el grave problema logístico que le sobrevino, estamos listos para seguir mirando hacia adelante. Este optimismo, que nace de la robustez de nuestro sector, pero que también la justifica, no nos impide constatar que nos encontramos inmersos en una coyuntura turbulenta. En el horizonte se atisban retos exigentes que, como tantas otras veces, nos obligarán a dar lo mejor de nosotros mismos, y quizá también a afrontar riesgos serios para los que seguramente no estemos del todo preparados. 

El alto nivel de deuda, la inflación y las subidas de tipos se unen a la debilidad de un mercado laboral en el que cada vez se hace más complicado encontrar talento para dar lugar a un escenario inédito de tormenta perfecta. En una situación así, debemos aprender de nuestros errores y reafirmarnos en nuestras fortalezas. 

Por un lado, es evidente que aún tenemos lecciones por interiorizar de la última crisis de desabastecimiento, ya que no hemos logrado revertir la deslocalización de nuestras empresas y, como consecuencia, seguimos muy expuestos a posibles fallos en la cadena de suministro. Además, caben dudas de si los fondos europeos se están de verdad utilizando para renovar nuestro parque tecnológico e inducir incrementos en la productividad como sí se está haciendo en otros rincones del continente. 

Porque, si algo han revelado las circunstancias de los últimos años, es que nociones como ‘productividad’, ‘innovación’ y ‘eficiencia’ son mucho más que reclamos de marketing. Y es en este aspecto en el que tenemos que seguir insistiendo. A pesar de todos estos obstáculos, el afán de mejora constante que siempre ha caracterizado al sector industrial está en este momento más vivo que nunca. 

Se ha demostrado que, en un marco ultra-competitivo en el que no hay un minuto (ni un euro) que perder, vale la pena invertir en tecnología que mejore nuestro rendimiento y que nos permita aprovechar las oportunidades que todas las coyunturas excepcionales ofrecen.  

En este sentido, y aunque hemos cometido errores, se puede aprender mucho de la evolución del campo de la fabricación de maquinaria y de las de infraestructuras. La automatización y la integración productivas en las que el sector lleva tiempo creyendo, aparte de ser dos de las dinámicas que más se han acelerado desde el fin de la pandemia, se han convertido en una ventaja crucial para las empresas. La búsqueda perpetua de la eficiencia, otra de las máximas del mundo industrial, está sin duda en el núcleo de su resiliencia. 

Pero, más allá de apuestas específicas, la ambición y la mentalidad proactiva de las que el sector ha hecho gala en estos tiempos han resultado ser sus enseñanzas más valiosas. Y, también, dos buenas razones para no temer al futuro. 

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