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Opinión

Por Javier Dorado

La movilidad urbana, una palanca transformadora al servicio del ciudadano 

“Desterremos la falsa creencia de que los servicios de movilidad compartida rivalizan entre sí, su éxito es una victoria colectiva contra el tráfico” 

Las ciudades españolas han experimentado una mejora significativa en su oferta de transporte público en los últimos años, lo que ha permitido que la movilidad urbana progrese, ofreciendo a los ciudadanos alternativas para desplazarse que permitan reducir el tráfico y, con ello, las emisiones, sin necesidad de utilizar un coche particular. 

En este ámbito, la última década ha estado marcada por la irrupción de nuevas alternativas que buscan complementar el transporte público colectivo, las cuales han ayudado a construir la identidad de las ciudades. Garantizan un mayor número de opciones de movilidad de calidad para el ciudadano, ya sean de micromovilidad o compartidas. Esto ha sucedido a la par de un incremento casi constante del volumen de usuarios del transporte colectivo desde 2010. 

Se dan, a su vez, otros fenómenos como el apogeo de las conurbaciones. En la Comunidad de Madrid, la población ha crecido hasta los 6,6 millones de habitantes. Por zonas, el crecimiento ha sido mayor en los municipios del extrarradio, lo cual implica una mayor necesidad de movilidad tanto entre municipios como desde ellos hacia la cabecera municipal. Esto ha ocurrido también en otras regiones de España, donde las áreas metropolitanas y los barrios más alejados del centro de las ciudades están teniendo un crecimiento muy pronunciado. ¿Cómo combinar estos incrementos poblacionales en zonas periféricas con el transporte público? 

Esta transformación ha traído consigo un consecuente cambio en la movilidad, donde el taxi y las VTC han sido alternativas muy útiles para desplazamientos discrecionales que requieren de una ruta o un horario diferente a las líneas regulares de transporte público. Estas alternativas se posicionan como un complemento idóneo, y esto se refleja en la demanda de las mismas. Esto se aprecia claramente en el caso de Madrid, donde hay un volumen mayor de taxis y VTC, pero también en ciudades donde la regulación ha sido más restrictiva con estas alternativas (especialmente, con las VTC). 

Por ejemplo, en Barcelona, donde la regulación de las VTC es especialmente restrictiva, el 73% de los ciudadanos aboga por la convivencia de taxis y VTC1, un porcentaje similar al que se registra en Valencia2, donde se han impuesto restricciones a los ciudadanos en el acceso a las VTC que la justicia considera ilegales. Los ciudadanos quieren poder elegir en función de sus necesidades. No hay más que observar las colas de espera que se producen en estaciones y aeropuertos de estas ciudades para entender que existe un desajuste entre la demanda y la limitada oferta que permite la Administración. 

Una mayor oferta implica una mayor competencia, un incremento de la innovación y una mejora de la calidad para el usuario. Esta innovación trae un transporte más eficiente y sostenible y una serie de beneficios adheridos nada desdeñables: creación de empleo y de riqueza, desocupación de la vía pública, cambios en los hábitos de movilidad colectivos, mejora de la calidad del aire…  

El desarrollo de la movilidad repercute en el presente y futuro de las ciudades, por lo que su planificación debe ser prioritaria para los responsables políticos. Desterremos del imaginario social la falsa creencia de que los servicios de movilidad compartida rivalizan entre sí. En realidad, su éxito es una victoria colectiva que redunda en beneficio de todos frente a un único enemigo: el tráfico. Cuando un taxi, una VTC o una moto compartida incrementan su uso, por contra, se están desmovilizando un elevado número de coches particulares, generalmente más contaminantes e ineficientes.  

Esto no hubiera podido ser real en 2010, pero sí lo es en 2023. Si no ha alcanzado todavía su máximo impacto, se debe a que las regulaciones de las distintas Administraciones Públicas no están enfocadas a aprovechar esta revolución tecnológica y permitir que la vía pública se dedique al peatón, el mismo ciudadano que debería poder planificar su movilidad sin necesidad de disponer de un vehículo privado. 

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