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Opinión

Por Francisco J Lopez

Talento e innovación 

“La iniciativa, la inversión, la profesionalidad, el trabajo bien hecho y el esfuerzo constante mueven el mundo, pero son el talento y la innovación los que lo transforman”, escribe el investigador Francisco J. López

La Real Academia Española recoge cuatro acepciones para el vocablo talento. La primera lo define como inteligencia (capacidad de entender), y la segunda como aptitud (capacidad para el desempeño de algo). Dichas capacidades pueden ir de la mano, pero no necesariamente tienen que hacerlo. 

Cuando alguien dice de otra persona que tiene talento, puede referirse a que es inteligente en términos generales, o, referido a una actividad o tarea más concreta, a que posee una capacidad especial para acometerla de una forma destacada, que puede derivarse de una dosis superior de algún tipo de inteligencia más específica, de una destreza singular o de una combinación de ambas. 

El talento del segundo tipo implica creatividad, pues ese ingenio o habilidad especial requiere de un método más refinado o de una técnica, táctica o estrategia más elaborada y eficaz que la de los congéneres. Dicha habilidad especial puede venir marcada por la herencia genética natural, o puede desarrollarse con entrenamiento, pero probablemente resulta de un efecto sinérgico entre ambas cosas. 

Lo curioso es que, con frecuencia, cuando se analiza el talento de un entorno, cuando se habla de retenerlo o de importarlo, cuando se relatan planes para favorecerlo o desarrollarlo, y, especialmente, cuando todo esto se hace desde una perspectiva profesional, se tergiversa el significado del término al que poco menos que se iguala con el de formación superior

Cuando, por ejemplo, el responsable de una empresa u organización, o el de los recursos humanos (como se da ahora en llamar y, precisamente, deshumanizar al personal) declaran su compromiso con la incorporación de talento, a menudo se refieren con ello, porque así lo aclaran o insinúan, a la contratación de personal ‘altamente cualificado’, es decir, de profesionales con educación universitaria y experiencia contrastada. 

La confusión conceptual y la suplantación del talento con la formación no son en absoluto triviales, sino determinantes. La innovación precisa talento, creatividad y formación, pero ésta no basta para este menester. La formación no proporciona (ni implica) talento, sino competencia profesional. Disponer de muchos doctores en una entidad no asegura haber incorporado talento. 

Dado que éste, por definición, escasea en la sociedad, la mayoría del personal altamente cualificado no tiene por qué poseerlo. Basar una estrategia de innovación sobre personal elegido exclusivamente con criterios de formación es, a mi juicio, equivocado. Esto no quiere decir que no sea bueno, conveniente o necesario disponer de profesionales con la mejor formación posible. Lo es, para otros propósitos y cometidos igualmente imprescindibles. 

El error de refundir talento y formación está íntimamente relacionado, a su vez, con la confusión de otros conceptos, como innovar con copiar o con actualizar o modernizar la tecnología. Incorporar tecnología o conceptos existentes (en definitiva, copiar) puede ofrecernos una ventaja competitiva en nuestro nicho, a costa de restársela fundamentalmente a nuestros rezagados competidores directos. 

Pero, en general, el saldo macroeconómico de nuestro entorno no crece tanto como cuando introducimos una auténtica innovación, que permite acceder al mercado global en régimen de monopolio. Eso sí, para hacer como que se innova (e incluso creérselo) y colgarse el título de innovador (socialmente reconocido) da suficiente lustre aparente ante propios y extraños hacerlo con titulados artificialmente infundidos de “talento” por la confusión semántica establecida y aceptada. 

Lo que mueve el mundo es la iniciativa y la inversión, la profesionalidad, el trabajo bien hecho y el esfuerzo constante, pero son el talento y la innovación los que lo transforman. Para innovar de verdad hay que involucrar talento genuino, que es más costoso y complicado. Lo contrario es engañarse y conduce a la frustración derivada de la ineficacia de los proyectos y de las inversiones y, por ende, al rechazo del proceso. 

Esto nos diferencia claramente de las sociedades verdaderamente innovadoras, como la estadounidense. Allí, cuando identifican a alguien con talento, lo miman para conservarlo (y se lo disputan), mientras que nosotros despreciamos la distinción y lo tratamos con displicente igualitarismo. Incluso hemos creado férreas y rígidas estructuras sociales y laborales para asegurarnos de que esto sea así. Nosotros veremos. 

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