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Economía, Revista Capital

Cómo Gorbachov destrozó la economía soviética

Por Pablo Poyo

Gorbachov impulsó planes que dejaron a más del 60% de los rusos en la pobreza absoluta, destruyeron el 40% de la agricultura y la industria y terminaron por hundir al coloso soviético

El pasado martes por la noche una noticia sacudió Moscú: Mijaíl Gorbachov acababa de morir. A sus 91 años, el ex presidente de la antigua Unión Soviética dejaba este mundo en un contexto casi tan complejo como cuando llegó a la política.

Elegido secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1985, su carrera política siempre estuvo rodeada de polémicas. La primera y más inmediata fue el accidente de la central nuclear Vladimir I. Lenin; el famoso accidente de Chernóbil. Su vida política se vio también empañada por sus decisiones en lo personal, que terminaron en problemáticas cada vez más difíciles de resolver.

Sin embargo, lo peor de su gobierno no se puso de manifiesto en el tema político o social, sino en el tema económico. Mijaíl siempre quiso que su país lograra una apertura que le permitiera un acercamiento a Occidente, pero sus planes no salieron cómo él esperaba. El ex mandatario optó por abandonar el caduco sistema socialista para poder acercar la libertad económica al pueblo soviético, pero la complejidad para cambiar una economía socialista por otra de corte más liberal terminó por derrumbar al coloso ruso.

En sus últimos años de carrera, Gorbachov tuvo que afrontar el desmembramiento de su propio país sin poder hacer absolutamente nada. Sus ideas aperturistas impidieron que el Ejército Rojo utilizara la violencia como lo hacía en el pasado para repeler el secesionismo regional. Y al final, todo el país terminó en envuelto en una tormenta autodestructiva que resquebrajó la unidad de la Unión.

La libertad de la glasnost

Mijaíl Gorbachov llegó al poder en 1985 bajo el auspicio de la cúpula del gobierno comunista. Con sus 57 años, era mucho más jóvenes que los recientemente fallecidos Yuri Andrópov y Konstantin Chernenko, los predecesores de «Gorby». La idea del Partido Comunista era evitar que otro líder efímero llegara al poder, por lo que optaron por el candidato más joven y preparado.

Gorbachov era una persona profundamente idealista, y nada más alcanzar la cima quiso poner aprueba la capacidad del Estado para adaptarse a sus sueños más pintorescos.

Comenzó con la aplicación de la glasnost, que en ruso significa «apertura». La glasnost significó un soplo de aire fresco para la libertad del pueblo soviético, que llevaba décadas aguantando la censura, las violaciones de derechos por parte del estado o las deportaciones masivas y aleatorias en época del dictador Iósif Stalin.

Con esta nueva política, el nuevo Secretario General pretendía emular la libertad y la capacidad de crítica contra el Estado que ya existía en la Europa más moderna y en Estados Unidos. Por ello, sus primeras medidas se preocuparon por eliminar la censura en los medios de comunicación, permitir la impresión de libros hasta entonces prohibidos y disminuir las trabas de la nomenklatura, la burocracia soviética.

Los soviéticos pudieron por fin quitarse el peso de unas cadenas que estaban estrangulando algunos de sus derechos más básicos. Pero el bueno de Gorbachov no se paró ahí.

Sus siguientes medidas requerían de una toma de decisiones algo más compleja: cambiar el sistema unipartidista de la Unión Soviética por una socialdemocracia al estilo nórdico. Por supuesto, solo pudo realizar estas operaciones cuando se vio con el poder suficiente como para acometerlas. Mientras tanto, el pueblo tenía problemas más importantes.

En 1986, el accidente de Chernóbil en la ciudad de Prípiat puso de manifiesto hasta que punto las reformas de Gorbachov estaban empezando a cambiar el sistema. La fuga de material radioactivo, los muertos y los miles de afectados fueron noticia en todo el mundo y debilitaron gravemente la imagen del líder ruso por primera vez.

El acontecimiento fue inicialmente censurado por la prensa soviética a petición de la cúpula de gobierno, pero Gorbachov se enteró y ordenó que la noticia fuera emitida (aunque de forma escueta) en televisión mediante un breve comunicado. Para entonces, los habitantes de Prípiat ya llevaban varios días expuestos a la radiación y huyendo de la zona.

El accidente dio que hablar entre el pueblo ruso, y fue especialmente sentido en las repúblicas de Ucrania y Bielorrusia, que fueron los territorios más afectados. El populacho estaba descontento con la actuación de las altas esferas, y por primera vez, Gorbachov fue criticado por su propio pueblo.

En los años siguientes, el líder soviético tomó dos decisiones que en principio parecían muy positivas: la primera fue la retirada de la URSS de la Guerra de Afganistán, una guerra que se había cobrado la vida de miles de soviéticos sin conseguir nada.

La segunda fue la firma de varios acuerdos con Estados Unidos para ponerle fin a la Guerra Fría. Previamente, sus predecesores habían firmado los acuerdos Salt I y Salt II, para la desnuclearización de ambas potencias. Con estas medidas, Gorbachov fomentó aún más las buenas relaciones con Occidente, algo que desde dentro se interpretó como una traición a las ideas comunistas.

La glasnost dio sus últimos coletazos cuando Gorbachov permitió la democracia al acabar con el monopolio comunista, y poco después, no fue capaz de calmar las ansias secesionistas de las repúblicas Bálticas, que proclamaron su independencia entre 1990 y 1991. La URSS comenzaba a desgajarse.

La perestroika, el fin de la URSS y el «fin de la historia»

La desaparición de la Unión Soviética fue llamada por muchos expertos en geopolítica «el fin de la historia», no sin cierto grado de razón. Por primera vez en todo el siglo XX, Estados Unidos se quedaba sin ningún enemigo que estuviera a su nivel; la Guerra Fría terminó y el mundo entró en una dinámica unipolar.

La desaparición de la URSS se debió a dos factores decisivos. El primero, las ideas aperturistas traídas por Gorbachov que permitieron las protestas y la disidencia hasta entonces prohibidas, además de fomentar la posibilidad de que cualquier república pudiese abandonar la Unión. En realidad, era así como estaba establecido en el artículo 72 de la Constitución de la Unión Soviética.

Sin embargo, el broche final lo puso su segunda y controvertida reforma: la perestroika. Esta palabra, cuyo significado en ruso es «reestructuración», marcó un antes y un después en la economía del país.

La idea era relativamente sencilla, pero su ejecución no lo fue tanto. La perestroika quería emular lo que otros países en desarrollo habían hecho con anterioridad: pasar de una economía socialista a una economía de mercado. Pero la URSS ya era un país desarrollado y la segunda potencia mundial, por lo que cambiar el arraigado sistema comunista no iba a ser nada fácil.

Aún así, Mijaíl Gorbachov dio luz verde a la aplicación de su plan. El objetivo era cambiar el sistema económico y pasar al capitalismo en menos de 500 días. Algunos economistas occidentales pensaron que sería imposible, mientras que muchos gobiernos aliados de Estados Unidos empezaron a tenderle la mano al país eslavo. Por desgracia, el resultado fue un absoluto desastre.

La economía soviética se vio envuelta en la mayor crisis económica de su historia. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial hizo tanto daño al tejido económico del país como lo hizo la bien intencionada perestroika. Lo peor de todo es que incluso después de la desaparición del país, la crisis continuó en la recién creada Federación Rusa, y llegó a su pico máximo entre los años 1991 y 1999.

De la noche a la mañana, el Estado dejó de proveer a sus ciudadanos las necesidades más básicas. Hasta entonces, los soviéticos tenían dos opciones para adquirir productos. Por un lado estaban los alimentos, la Seguridad Social, los hospitales y la educación gratuita que ofertaba el Estado, y por otro, las tiendas especializadas donde solo una parte de la clase media-alta podía comprar ciertos productos de índole más consumista.

De repente, todo cambió. El Estado liberalizó los precios y permitió la propiedad privada; abrió los comercios a la ley de oferta y la demanda y se desentendió de los subsidios a los ciudadanos. Los comerciantes, los agricultores y las fábricas hasta ahora estatales ya no tenían límites para producir lo que quisieran, pero no sabían ni cómo hacerlo ni tampoco quién les compraría aquellos productos.

Los minúsculos sueldos soviéticos eran suficientes cuando el Estado proveía prácticamente todo, pero con una guerra de precios abierta, muchos ciudadanos no tenían el dinero suficiente para comprar nada de nada.

Por su parte, los excedentes de producción que antaño absorbía el Estado, ahora se quedaban sin vender. Los comerciantes apenas tenían nada que ofrecer (pues preferían tirarlo) a sus clientes, y estos tampoco podían comprarlo. Los escaparates y los supermercados estaban vacíos, y las colas se formaban en multitud de tiendas mientras a los soviéticos les recordaba a los peores años de la época comunista.

Tras la desaparición de la economía planificada, el 40% de la agricultura se encontraba en la ruina. La industria no producía nada, y la inflación escaló hasta niveles nunca vistos. El 60% de los rusos (uno de los territorios más ricos de la URSS) cayó en la más absoluta pobreza, y el PIB per cápita del país se desplomó de forma insalvable.

Gorbachov ya no podía dar marcha atrás, y aunque pidió préstamos a muchos países occidentales que ahora eran sus aliados, estos no se los concedieron por ser un líder demasiado débil. En Rusia, y por primera vez en la historia, un líder soviético era abucheado mientras hablaba desde lo más alto de la terraza que da a la conocida Plaza Roja. Aquel líder, era Gorbachov.

Según un estudio de la Universidad de Oxford, la renta per cápita de los soviéticos cayó de los casi 12.000 dólares al año en 1989 a los 8.000 en 1992. Gorbachov abandonó su cargo el 25 de diciembre de 1991, momento en el que el país dejó de existir. Durante los años de gobierno de Boris Yeltsin, y hasta la llegada de Putin, la economía no se recuperó, y la renta de los rusos llegó hasta el punto de caer por debajo de los 6.000 dólares anuales en 1997.

Gorbachov abandonó la política tras su estrepitosa caída, pero poco después volvió a presentarse a las elecciones con un partido diferente. Los rusos, jamás le dieron su apoyo. Nunca fue un líder fuerte como es el caso de Vladimir Putin, y además, sus sueños de libertad y democracia mal ejecutados terminaron por desgajar el país en quince pedazos que ahora se odian a muerte.

Mijaíl Gorbachov se ha ido, pero su legado y su figura varían mucho según a quién se le pregunte. Para los europeos occidentales, Gorbachov fue un excelente adalid de la democracia que trajo la modernidad a la URSS; para los rusos y otros pueblos ex soviéticos, es solo un traidor que despedazó su antiguo país.

Lo que nadie puede negar es que sus ideas eran realmente nuevas e innovadoras, y que «Gorby» intentó con todas sus fuerzas llevar el progreso y la democracia a su país. Está demostrado que las utopías no siempre salen del todo bien, pero su legado siempre será recordado de forma ambigua en todo el mundo.

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