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Opinión, Revista Capital

Por Juan Ramón Rallo

Mentiras electorales en clave fiscal 

“Lo que no resulta posible, y roza el engaño a los votantes, es disparar el gasto público únicamente a través de un aumento del impuesto a los ricos” 

Las campañas electorales son momentos propicios para el electoralismo más simplón. Nuestros políticos han de llegar al poder y para eso necesitan lanzar al vuelo promesas que seduzcan a un número suficientemente amplio de votantes. Y, como resulta esperable, no suelen escatimar en términos de demagogia: como se trata de cazar el apoyo a corto plazo, poco importa que luego ese votante se sienta defraudado en el medio plazo. Llegado el momento, ya habrá tiempo para justificar a posteriori el incumplimiento o para aparentar un falso cumplimiento. 

En materia de promesas fiscales, es habitual que presenciemos dos tipos de tretas electoralistas. Por un lado, nos encontramos a aquellos políticos que prometen una auténtica “revolución tributaria” sin recortar ninguna partida de gasto público o, como mucho, apelando a ese cajón de sastre que es el gasto político. Por otro, nos topamos con aquellos políticos que prometen multiplicar los impuestos a los ricos o a las grandes fortunas para así disparar el gasto público redistributivo propio del Estado de Bienestar. Sin embargo, tanto un mensaje como el otro son compromisos vacíos y tramposos. 

Primero, si uno quiere rebajar profundamente los impuestos, no va a tener más remedio que recortar aspectos nucleares del Estado moderno. Recortando el ‘gasto político’ o congelando el resto del gasto público no hay mucho margen para minorar enérgicamente los tributos. En el mejor de los casos, puede hacerse algo similar a lo hecho por la Comunidad Autónoma de Madrid, es decir, eliminar algunos impuestos (como Patrimonio o de facto Sucesiones) y rebajar en el margen otros (como el tramo autonómico del IRPF): pero poco más. 

Desde luego, es de agradecer que los impuestos sean algo más bajos que en el resto del país, pero no habría que confundir estos bienvenidos ajustes cosméticos con una revolución tributaria. Para bajar realmente los impuestos, se hace necesario recortar gastos estructurales del Estado: es decir, se trata de bajar impuestos para que servicios que hoy están siendo proporcionados por el Estado (cobrando esos impuestos) sean proporcionados por el sector privado (permitiendo a los ciudadanos que escojan al proveedor que juzguen más oportuno). 

Segundo, si bien es posible multiplicar los impuestos a las rentas o a los patrimonios elevados dentro de nuestro país (cuestión distinta, claro, es cuáles sean las consecuencias de todo ello a la hora de desincentivar la inversión en capital físico, tecnológico y humano), lo que no resulta posible, y roza el engaño a los votantes, es disparar el gasto público únicamente a través de un aumento del impuesto a los ricos. 

A la postre, el incremento de los tipos marginales máximos sobre el IRPF apenas arrojaría unos pocos centenares de millones de euros, y el impuesto a las grandes fortunas, incluso en las optimistas estimaciones de Podemos, no llegaría ni al 1% del PIB. No se trata, por tanto, de que sea imposible aumentar el gasto público por esta vía, pero no en la magnitud que sus impulsores prometen. 

Para aumentar verdaderamente el tamaño del Estado a los niveles de otros países europeos (no digamos ya los célebres países nórdicos), necesitaríamos incrementar muy sustancialmente los tributos al conjunto de la ciudadanía, esto es, todos los tramos del IRPF y también el IVA. ¿Realmente están dispuestos los españoles a pagar muchos más impuestos por todo a cambio de que el gasto público crezca sustancialmente? No tengo la respuesta –ojalá ésta fuera negativa– pero, sin duda, éstos son los términos en los que se ha de plantear tal disyuntiva para que cada ciudadano pueda evaluarla. 

En definitiva, las campañas electorales son un período especialmente propicio para que se multiplique la mentira política, también en materia fiscal. No sólo por parte de los que prometen subirlos a cambio de la abundancia absoluta, sino también por parte de quienes prometen bajarlos de un modo significativo sin recortes sustanciales. 

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