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Opinión

Por Borja Carrascosa

La moneda digital y la paradoja de la privacidad 

“Los consumidores dicen preocuparse por la privacidad, pero luego entregan sus datos de forma gratuita o a cambio de pequeños incentivos”

El auge de las criptomonedas como herramienta de inversión y como método de pago ha provocado un seísmo en las principales instituciones monetarias del planeta. El cambio de paradigma es un hecho, tanto por la vía de la oferta, como por la de la demanda, y los recientes casos de posible fraude y quiebras indican que este mercado necesita ser regulado. Entre continuas subidas y bajadas del valor de los criptoactivos, los bancos centrales creen que la única forma de controlar este sector es a través de la entrada en el mismo. 

El dinero en efectivo parece una herramienta cada vez menos útil y la moneda digital -institucionalizada- es la “única solución” para sostener el sistema monetario actual. Eso dice uno de los últimos “papeles de trabajo” del Banco Central Europeo (BCE), centrado en los retos de este futuro lanzamiento. Las monedas y los billetes físicos, señala el organismo, tienen “beneficios claros, pero costes económicos elevados”, e incide en que “no están diseñados para la era digital”. 

Asistimos, por tanto, a una nueva etapa de la interminable carrera por el fin del dinero en efectivo, capitaneada por los responsables del control de la inflación. Pero tanta crítica hacia el “cash” esconde una clave que lo convierte, bien utilizado, en una ventaja competitiva clara en este relevo: la privacidad. Las monedas y los billetes no dejan “rastro”, ni nombres, ni apellidos, en comparación con el uso cotidiano de cualquier navegador o del propio teléfono móvil en la gestión de las transacciones. 

Las monedas digitales forman parte de un mercado obsesionado por el control de todo lo privado, pero hay una paradoja relevante que marca todos los lanzamientos. La sociedad muestra mucha preocupación por la gestión de sus datos personales y de su vida privada -especialmente, en los sondeos-, pero los consumidores no tienen tanto reparo en compartir su información de forma gratuita o a cambio de pequeñas “recompensas” de cualquier índole en el entorno digital. ¿Nos preocupa la privacidad o ésta pasa a un segundo plano ante la posible “monetización” de la misma? 

La Reserva Federal de EEUU, el BCE y el Banco de China ya tienen listas sus monedas digitales y falta armar el “escudo” que convenza a los principales actores del sistema financiero de que serán rentables, primero, y seguras, después. Los dólares, los euros y los yuanes digitales darán la batalla a Bitcoin, Ethereum y demás criptoactivos en los próximos meses. 

Y todo esto sucede en un contexto en el que la inflación ronda el 10% -seguirá cercana a estas cifras en los próximos meses- y en el que la amenaza de recesión provoca la rebaja de las previsiones macroeconómicas prácticamente todas las semanas. Además de las criptomonedas, el BCE tiene realmente dos grandes tareas en el corto y medio plazo: el control de precios, a través de los tipos de interés, y la correcta gestión del mercado de deuda pública. 

Entre junio y julio, la institución que preside Christine Lagarde se ocupó de ambos, especialmente. La subida de 50 puntos básicos de los tipos de interés, aunque salió adelante, no recibió el respaldo unánime del Consejo de Gobierno. Añadiría “incertidumbre” al mercado, señalaron algunos de los miembros. 

Lo que sí parece contar con el apoyo mayoritario de los responsables del organismo es la política de compra y venta de bonos soberanos. El BCE es el mayor tenedor de deuda pública europea y puede controlar los intereses que paga cada uno de los países. En junio y julio, mientras se despejaban las dudas sobre el futuro precio del dinero, la institución vendió títulos alemanes y compró italianos para relajar la prima de riesgo de ambos países. El cupón transalpino se relajó y el germano prácticamente ni se inmutó. Todos contentos. 

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