Opinión

La libertad como motor del crecimiento moderno
Juan Ramón Rallo
Doctor en Economía. Profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en el centro de estudios OMMA, en IE University y en IE Business School

¿Pinchará la IA?

El Banco de Pagos Internacionales de Basilea (BIS) publicó recientemente su informe anual correspondiente a 2026 y, entre las cuestiones que analiza, destaca una que podríamos denominar el riesgo de pinchazo de la ‘burbuja’ de la inteligencia artificial (IA). A decir verdad, el BIS se cuida mucho de hablar expresamente de ‘burbuja’: prefiere referirse a un intensísimo ciclo inversor que viene acumulando fragilidades financieras y que, en consecuencia, corre el riesgo de experimentar un final abrupto.

La magnitud histórica de ese ciclo no admite discusión. Los cinco mayores hiperescaladores estadounidenses -Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle- van a gastar más de un billón de dólares en inversión ligada a la IA entre 2025 y finales de 2026. Esa inversión, junto a la del resto de esta industria, aportó un punto porcentual de crecimiento a la economía estadounidense en 2025; y, dado que ese año el PIB creció un 2%, hemos de concluir que la apuesta por la IA explicó la mitad de todo el crecimiento de la primera potencia del planeta.

Ahora bien, los compromisos de inversión son ya tan abultados que no pueden sufragarse únicamente con la caja que generan estas compañías, de modo que han de recurrir crecientemente al endeudamiento. Dos ingredientes -altísima inversión y creciente dependencia de la deuda- que van minando los fundamentales de todo el ciclo.

Sobre esa fragilidad reflexiona el BIS a partir de tres banderas rojas. La primera la coloca en las elevadísimas cotizaciones bursátiles del sector, que descuentan implícitamente crecimientos de los beneficios futuros a ritmos vertiginosos, en muchos casos superiores a los que estas tecnológicas experimentaron durante su etapa inicial de vida (justo cuando las compañías más suelen crecer).

Cuidado: el BIS no afirma que tales expectativas vayan a resultar irreales, ni descarta que el boom alumbre una economía de la hiperprosperidad donde la productividad y los beneficios se disparen. Lo único sobre lo que advierte es que, históricamente, valoraciones tan infladas y tan dependientes de un crecimiento futuro tan acelerado suelen terminar mal… Aunque quizá esta vez sea distinto.

La segunda bandera roja es el creciente apalancamiento. Buena parte del ciclo se financia ya con deuda, mediante la colocación de bonos y a través del crédito privado. Parte de quienes nutren esos fondos de crédito privado, cuya exposición al sector se ha cuadruplicado en pocos años, son inversores minoristas: el pequeño ahorrador financia el boom, en ocasiones, sin ser plenamente consciente.

Que cada cual asuma los riesgos que desee no me parece objetable -el potencial de revalorización es altísimo si las promesas de la IA terminan cumpliéndose-; el problema surge cuando uno está expuesto a un sector del que apenas tiene idea y, peor aún, sin saber siquiera que lo está.

"El BIS nos recuerda que toda revolución tecnológica previa vino acompañada de un boom apalancado que terminó en corrección bursátil"

La tercera deriva de la anterior: la financiación circular. Los fabricantes de chips, como Nvidia, o los hiperescaladores como Alphabet, toman participaciones en el capital de los laboratorios que desarrollan los modelos -OpenAI, Anthropic-, y estos, a cambio, se comprometen a comprarles durante años chips o capacidad de cómputo. Una interdependencia operativa que se torna también financiera y que multiplica la fragilidad: si OpenAI o Anthropic frenaran de golpe sus inversiones, Nvidia no solo vendería muchas menos GPUs, sino que vería depreciarse la participación accionarial que mantiene en esas mismas firmas.

Así las cosas, ¿dónde localiza el BIS el principal foco de tensión por venir? En una eventual subida de los tipos de interés. Si la Reserva Federal (Fed) se viera forzada a elevarlos -por la inflación o por la propia presión que el ciclo inversor ejerce sobre la demanda de financiación-, la capacidad de apalancamiento se restringiría, muchas operaciones planificadas dejarían de poder financiarse y las cifras de negocio interrelacionadas se vendrían abajo, arrastrando consigo a las cotizaciones. La clave, en suma, reside en que la rentabilidad esperada del ciclo aumente más deprisa de lo que lo hagan los tipos.

No nos engañemos: el BIS no niega que la IA vaya a ser enormemente transformadora. Lo que dice es que toda revolución tecnológica previa -la fiebre de los canales estadounidenses, la manía ferroviaria británica, la euforia eléctrica de los años veinte o las puntocom de los noventa- vino acompañada de un boom apalancado que terminó en corrección bursátil, y que el ciclo inversor actual desborda a todos aquéllos en términos relativos. Puede que esta vez sea distinto, pero más nos vale tener bien presentes los riesgos y los antecedentes antes de tomar cualquier decisión de inversión

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