Hoy he venido aquí a confesar. O, mejor dicho, a reafirmar algo que quizá a algunos les parezca una locura. Pero necesito hacerlo, como quien renueva un juramento imaginario que hice el día en que decidí dedicarme a los Recursos Humanos. O, mejor dicho, a las personas.
Confieso que creo en el talento humano. Creo firmemente que ningún robot, chatbot o sistema de inteligencia artificial (IA) será jamás comparable al inmenso valor que puede aportar un profesional del género humano. También confieso que comparto la idea de Aristóteles cuando defendía que el objetivo último de la sociedad debía ser favorecer la vida buena y el pleno desarrollo de las personas.
Y creo que en todas las escuelas de IA y automatización debería enseñarse, el primer día de clase, una frase que nunca debería olvidarse: «El ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca únicamente como un medio para conseguir otros fines». Esta idea la formuló Immanuel Kant en el siglo XVIII y hoy resulta más vigente que nunca.
Tampoco está de más recordar el Humanismo, aquel movimiento intelectual nacido en la Italia del Renacimiento que situó nuevamente a la persona en el centro de la vida política, económica y cultural, reivindicando su dignidad, su libertad y su capacidad para transformar el mundo.
Y aquí, por fin, aparecemos nosotros, los profesionales de Recursos Humanos. Nuestros primeros antecesores, los welfare officers —oficiales de bienestar— surgieron en las grandes fábricas británicas del siglo XIX con una misión aparentemente sencilla: mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Muy pronto descubrieron algo extraordinario.
Comprobaron que la productividad aumentaba simplemente porque los trabajadores sentían que alguien se preocupaba por ellos. Años más tarde, los conocidos estudios de Hawthorne confirmarían científicamente aquella intuición: cuando las personas se sienten escuchadas, valoradas y tenidas en cuenta, trabajan mejor.
Pero hay un hecho histórico que siempre me ha parecido especialmente revelador. Los Recursos Humanos nacieron, en gran medida, por culpa de las máquinas. La Revolución Industrial multiplicó el tamaño de las fábricas hasta hacer imposible que un empresario pudiera conocer personalmente a todos sus trabajadores. Fue entonces cuando aparecieron las primeras personas dedicadas exclusivamente a gestionar personas. Qué paradoja: la tecnología dio origen a una profesión cuya misión era proteger el valor humano.
Es fascinante comprobar que, dos siglos y medio después, la historia parece repetirse. Si la máquina de vapor impulsó el nacimiento de la gestión de personas, hoy la IA transforma los Recursos Humanos. Pero esta vez, el reto ya no consiste en administrar miles de trabajadores, sino en conseguir que personas y tecnología colaboren para construir organizaciones más inteligentes, más productivas y, sobre todo, más humanas.
Porque la IA podrá ayudarnos a trabajar mejor, pero nunca debería hacernos olvidar para quién trabajamos. Y ese alguien sigue siendo la persona, igual que hace doscientos años. Hablamos también del conjunto de quienes forman nuestras organizaciones y, en última instancia, de la propia humanidad. Sin olvidar, por supuesto, que las empresas más humanas son también más productivas, más sostenibles y más rentables.
Quizá ese sea hoy nuestro mayor reto. Ni aprender a utilizar la IA, ni capitalizar cada avance tecnológico, ni automatizar todo. Nuestro verdadero desafío consiste en volver a apostar por las personas, en demostrar a los comités de dirección que las políticas de bienestar, desarrollo y compromiso no son un gasto, sino una inversión que genera resultados, impulsa la productividad y fortalece la competitividad de las organizaciones.
Y, sobre todo, en defender que las personas y la IA no solo pueden convivir, sino potenciarse mutuamente, siempre que no olvidemos una idea fundamental: la inteligencia artificial es un medio. Las personas son el fin. Ese debería seguir siendo el principio que inspire todas nuestras decisiones, todas nuestras políticas y toda nuestra forma de entender los Recursos Humanos.
Por eso creo en las personas. Creo en el talento, en la creatividad, en la empatía, en la capacidad de aprender, de liderar, de emocionar y de transformar organizaciones. Nuestras empresas están llenas de profesionales extraordinarios a quienes debemos impulsar, desarrollar y proteger. Cuidar de las personas no es incompatible con hacer crecer el negocio. Es, precisamente, la mejor manera de conseguirlo. Ojalá tú también creas en ellas. Si lo hacemos entre todos, no solo construiremos mejores empresas. Construiremos también una sociedad mejor.
