Dolly Parton pasó buena parte de su vida haciendo un chiste de sí misma antes de que pudiera hacerlo nadie más. De sus pelucas, de sus tacones, de su pecho, de la cirugía estética, de ese gusto por el brillo y las lentejuelas que convirtió en uniforme mucho antes de que la palabra camp entrara en tantas conversaciones. Parecía no tomarse demasiado en serio. Pero pocas cosas en la vida de Dolly Parton fueron fruto de la casualidad.
La cantante falleció el 25 de agosto en Nashville, a los 80 años, después de una breve batalla contra el cáncer. Su muerte llega poco más de un año después de la de Carl Dean, su marido durante casi seis décadas, y pone fin a una de esas vidas que cuesta resumir porque terminaron ocupando muchos lugares a la vez: estrella del country, compositora excepcional, actriz, empresaria, filántropa y personaje de la cultura popular.
Pero antes de todo aquello estuvo Tennessee. Dolly Rebecca Parton nació en 1946 y creció en una familia de doce hermanos en las montañas de los Apalaches. Había poco dinero y muchas bocas que alimentar. La propia Dolly contó que nunca llegaron exactamente a pasar hambre, aunque algunas veces no había suficiente comida. Empezó a cantar en la iglesia de su abuelo y a escribir canciones siendo todavía una niña. Una de las primeras se llamaba *Little Tiny Tasseltop* y estaba dedicada a una muñeca hecha con una mazorca de maíz y pelo de barbas de maíz. Su madre guardó aquella canción en una caja de zapatos.
Es una pequeña historia que dice bastante de lo que vino después. Dolly convirtió durante toda su carrera aquello que tenía cerca —su familia, la pobreza, los hombres, los celos, las despedidas, las mujeres de su infancia— en canciones.
También convirtió en personaje aquello que de niña no pudo tener. La imagen exageradamente femenina que acabaría haciéndola reconocible en cualquier lugar del mundo no fue una imposición de la industria. Fue una creación suya. Había crecido con ropa heredada o hecha en casa y soñaba con pintarse los labios, llevar las uñas largas y ponerse ropa ajustada. En lugar de intentar encajar en la idea de respetabilidad que se esperaba de una cantante de country, hizo exactamente lo contrario. Cuanto más le sugerían que bajara el volumen, más Dolly parecía subirlo. Tuvo, además, la inteligencia de entender algo importante: que los demás podían confundir aquella apariencia con frivolidad, pero ella no tenía ninguna obligación de corregirlos.
Detrás del personaje estaban las canciones
Eso es quizá lo que mejor explica Dolly Parton: Here I Am, el documental de 2019 que merece la pena recuperar ahora. No intenta desmontar a Dolly para descubrir que debajo de las pelucas había una persona completamente distinta. Lo interesante es precisamente lo contrario: comprender que la peluca, el humor, la ambición, la niña de Tennessee y la gran compositora eran partes de la misma mujer.
A través de imágenes de archivo y testimonios de personas como Jane Fonda, Lily Tomlin, músicos, productores y amigos, el documental vuelve a sus orígenes y, sobre todo, devuelve el foco a algo que a veces quedó eclipsado por su enorme celebridad: Dolly Parton sabía escribir canciones extraordinarias.
Ahí están Jolene, Coat of Many Colors, 9 to 5, Here You Come Again o I Will Always Love You. Esta última tiene una historia especialmente bonita porque no nació como una canción de amor romántico. Dolly la escribió en 1974 para despedirse profesionalmente de Porter Wagoner, el hombre que había sido fundamental en sus primeros años de carrera y del que necesitaba independizarse. La separación no estaba siendo fácil. Incapaz de hacerle entender lo que quería decir, hizo lo que llevaba haciendo desde niña: escribió una canción. Se la cantó. Y Wagoner lloró.
Casi veinte años después, Whitney Houston convertiría aquella despedida íntima en uno de los mayores himnos románticos de la historia. Para millones de personas, I Will Always Love You será siempre la voz gigantesca de Whitney. Pero las palabras eran de aquella muchacha de Tennessee que había aprendido muy pronto a decir cantando cosas que quizá no sabía decir de otra manera.
Dolly tuvo además una oportunidad de vender parte de los derechos de la canción cuando Elvis Presley quiso grabarla. Se negó al descubrir que tendría que ceder la mitad de la propiedad editorial. Le rompió el corazón que Elvis no pudiera cantarla, contó después, pero conservó sus derechos. Décadas más tarde, la decisión demostraría ser extraordinariamente acertada.
Carl, el hombre que casi nunca estaba en la foto
En una vida vivida bajo los focos hubo una relación que Dolly protegió obstinadamente de ellos. Conoció a Carl Dean en 1964, poco después de llegar a Nashville. Se casaron en 1966 y permanecieron juntos hasta la muerte de él, en marzo de 2025. Casi sesenta años. No tuvieron hijos.
Dean hizo algo difícil cuando uno está casado con una de las mujeres más famosas de Estados Unidos: prácticamente desaparecer de la vida pública. No le gustaban los actos ni las cámaras y Dolly respetó esa decisión. Mientras medio mundo conocía su cara, muy pocos conocían realmente la vida cotidiana de su matrimonio.
Y esa vida, según contaba ella, podía ser sorprendentemente sencilla. Su primera cita fue en un McDonald's. Después de décadas de fama y dinero seguían disfrutando de escapadas en caravana, comida casera y picnics junto al río. Dolly recordaba incluso que, para algunas de aquellas comidas improvisadas, sacaban la vajilla buena.
Carl murió en 2025. Su pérdida la afectó profundamente. En el último año de su vida, Dolly reconoció que había descuidado algunos de sus propios problemas de salud mientras cuidaba de él. Quizá por eso resulta difícil separar ahora ambas despedidas. Durante casi sesenta años él fue la parte de su vida que Dolly decidió no convertir en espectáculo.
La niña cuyo padre no sabía leer
Hay otra historia que ayuda a entenderla mejor que cualquier vestido de lentejuelas. Su padre, Robert Lee Parton, había trabajado toda su vida pero no sabía leer ni escribir. Dolly hablaba de él con enorme admiración y aquella circunstancia terminó inspirando uno de los proyectos de los que más orgullosa estuvo.
En 1995 creó Imagination Library. La idea era enviar gratuitamente libros a niños pequeños para que crecieran rodeados de ellos, independientemente del dinero que hubiera en casa. Lo que comenzó en su condado natal de Tennessee terminó convirtiéndose en un gigantesco programa internacional de alfabetización que hoy hace llegar libros a millones de niños.
Existe otro documental, The Library That Dolly Built, dedicado precisamente a esta historia. Es un complemento perfecto a Here I Am porque muestra una dimensión menos vistosa de su legado: qué hizo Dolly Parton cuando ya tenía suficiente dinero y suficiente fama como para no necesitar demostrar nada a nadie. Eligió mandar libros. No puso en marcha el proyecto porque su padre hubiera sido un intelectual frustrado, sino precisamente porque no había tenido la oportunidad de serlo. De alguna manera, la hija que aprendió a contar historias quiso que otros niños tuvieran las herramientas que él nunca tuvo.
Mucho más lista de lo que algunos creyeron
Parte del encanto de Dolly estuvo siempre en esa contradicción aparente. Construyó una imagen que podía hacer que algunos la subestimaran y después convirtió esa subestimación casi en una ventaja.
Sabía reírse de sí misma sin permitir que los demás decidieran quién era. Podía hablar de sus pelucas y su cuerpo en una entrevista y negociar sus derechos musicales con enorme firmeza en la siguiente. Podía protagonizar una película como 9 to 5 junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, escribir su canción principal y convertirla en un número uno. Podía crear Dollywood en Tennessee y transformar su éxito en empleo y riqueza para la región de la que había salido. Nunca renegó de sus orígenes para demostrar que había llegado lejos. Más bien hizo lo contrario. Se llevó Tennessee con ella.
También fue madrina de Miley Cyrus y una referencia para generaciones de artistas que llegaron después. Y cuando la incluyeron en el Rock & Roll Hall of Fame, reaccionó de una manera muy Dolly: decidió que, si iban a llamarla estrella del rock, tendría que ganárselo. En 2023 publicó Rockstar, un disco lleno de versiones y colaboraciones. Tenía 77 años y la jubilación nunca pareció interesarle demasiado.
Una última despedida
En los últimos meses su salud había empeorado. Había tenido que cancelar y posponer compromisos, y pocos días antes de morir reconoció públicamente que atravesaba problemas de salud. Aun así, seguía hablando de proyectos pendientes y de cosas que todavía quería hacer. Es probablemente la forma menos sorprendente de despedirse de Dolly Parton.
Porque su historia nunca fue exactamente la de una niña pobre que se hizo famosa. Fue la de una mujer que entendió muy pronto quién quería ser y pasó décadas construyéndolo sin pedir demasiados permisos. Por eso recomiendo ver Dolly Parton: Here I Am. No hace falta ser aficionado al country. Ni siquiera hace falta conocer mucho más que Jolene o I Will Always Love You. El documental funciona precisamente porque permite mirar más allá de la celebridad y escuchar a la compositora, a la trabajadora y a la mujer que hubo detrás —y también dentro— de aquel personaje gigantesco.
Dolly Parton ha muerto a los 80 años después de haber pasado casi toda una vida siendo perfectamente reconocible. El pelo rubio, los tacones imposibles, las lentejuelas, la risa. Pero quizá su legado esté en lugares bastante menos visibles.
En una canción que alguien sigue escuchando después de una despedida. En los músicos que aprendieron de ella. En Tennessee. En una historia de amor que consiguió permanecer casi privada durante seis décadas. Y en millones de niños que alguna noche abrieron un libro que llegó gratis a su casa porque la hija de un hombre que no sabía leer decidió que aquello podía cambiarse. Al final, detrás de todo aquel brillo había algo bastante sencillo. Una mujer que nunca olvidó de dónde venía.



