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Renovables…pero sucios, cada vez más sucios

Hace unos días, la Comisión Europea presentó un informe desconcertante, como poco. Quizá indignante sería la expresión más adecuada para definirlo. En él se dice que España es la rémora de la Unión Europea a la hora de cumplir el Protocolo de Kioto. Y lo peor de todo es que es cierto Ver Informe.

De acuerdo con el protocolo firmado, España debía limitar su incremento de emisiones un 15% en relación a los niveles de 1990. Sin embargo, y pese a que somos los reyes del viento, una de las fuentes de generación limpias, el aumento real estimado por Bruselas será del 35%. ¿Resultado? Un 20% de más que supondrá para España un castigo de 638 millones de euros. Para contrarrestarlo habrá que invertir en proyectos renovables en países en vías de desarrollo o en obtener derechos adicionales de emisión de CO2, tal y como decía el Protocolo de Kioto. Esta cantidad nos coloca a la cabeza de Europa en cuanto a los países más sucios. A la estela de España se sitúa Austria (531 millones), Países Bajos (507 millones), Luxemburgo (360 millones) y Portugal (305 millones). Por contra, Francia aparece como el país más verde de la UE. ¿Será por sus centrales nucleares que aquí en España se van cerrando?

Esta situación es dantesca para el país que, se supone, es ejemplo para el propio Obama en cuanto a energías renovables y plantea incongruencias como que el mayor surtidor de España en derechos de emisión es Polonia, uno de los países más carboneros de Europa, pero al que todavía sobran muchas emisiones para alcanzar su límite en Kioto.  Las responsabilidades habría que buscarlas primero en los políticos que firmaron ese protocolo, que no fue otro que el Partido Popular en 1998. El entonces presidente, José María Aznar, no estuvo muy espabilado que digamos y le colaron que el protocolo se basaría en las emisiones brutas, y no per cápita, producidas por cada país en 1990. Así se han dado casos tan curiosos como que Alemania cumple los preceptos de Kioto, ya que en 1990 contaba con la lacra de la industria pesada y carbonera de la República Democrática. A los alemanes les ha bastado acabar con eso para contaminar sin recargo. Lo mismo que Rusia, que en 1990 todavía era la Unión de República Socialista Soviética. Lógicamente, la desmembración ha hecho bajar los niveles contaminantes.

Por si fuera poco, al firmar por las emisiones brutas se dan circunstancias tan curiosas como que estamos entre los diez primeros mejores países en cuanto a emisiones de CO2 por cabeza y a la vez somos el peor en el global. En cristiano: no contaminamos tanto como otros pero sí para Kyoto, ya que hemos aumentado en exceso nuestro límite. “Se negoció mal. En los últimos 20 años España ha crecido mucho, pero mal. Nuestra eficiencia energética sigue siendo mala”, afirma un experto renovable.

No le falta razón. Si los políticos pusieron la tapa del ataúd a la hora de la firma del protocolo, el desarrollo inadecuado, caótico y centrado en exceso en el ladrillo, sin invertir en I+D nos ha colocado en una situación preocupante, que la crisis se está encargando de mejorar. Algo bueno tenía que tener.