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Richard Vaughan: “Si volviera a empezar, hoy no vendría a España”

Su cara es, nunca mejor dicho, la de un hombre anuncio. Quienes no le han visto en la tele o en su programa en Internet, le conocen de los carteles publicitarios que se ven en prensa o en las marquesinas de las grandes ciudades. Aunque sin duda, su mejor tarjeta de presentación es su voz, ésa que, bien temprano, escuchan decenas de miles de oyentes cada mañana. Por eso no sorprende encontrarle grabando en su estudio radiofónico minutos antes de empezar la entrevista, como tampoco sorprende que nos reciba con la misma seductora sonrisa que luce en los anuncios.
Richard Vaughan, el hombre que ha hecho de la enseñanza del inglés un pequeño imperio –cuenta con casi 20.000 alumnos, tiene en nómina a 400 profesores y factura 20 millones de euros–, es al natural un señor alto, de complexión fuerte, que habla con la seducción de un prestidigitador. Detrás de este hombre-marca, se esconde un trabajador incansable, con un “excesivo” sentido de la responsabilidad y las ideas muy claras. “Duermo muy bien, salvo cuando creo que voy a decepcionar a alguien. Soy capaz, por ejemplo, de estar el tiempo que haga falta para rehacer una traducción mal hecha. El ya vale no me sirve como filosofía”, confiesa este norteamericano nacido en Houston (Texas), que va camino de cumplir 61 años. Y poco a poco, ese aire de showman –al inicio del encuentro arranca unos acordes a la guitarra española que tiene en su estudio– se va desvaneciendo conforme se consumen las casi dos horas de entrevista.

–¿Cómo ha cambiado el Richard Vaughan que llegó a España a finales del franquismo del que ahora vive esta crisis? ¿Se parecen?
–No he cambiado… creo. Sigo igual que de niño, jugando en el suelo de mi habitación con la plastilina, los camiones y los soldaditos. Para mí la vida es jugar, pero no en el sentido negativo. No es que siempre esté con la mente activa pensando en nuevos proyectos. Simplemente, las oportunidades pasan por delante y tengo la mente abierta y la tendencia a decir a todo que sí. Lo cual merece la pena en el saldo final de una vida, aunque hay momentos en los que sabes que vas a perder hasta la camisa, que te van a engañar, a embaucar…
–¿Quiere decir que a usted le han engañado y embaucado?
–¡Claro! Pero a la vez, la mayoría de mis proyectos han tenido éxito. Si durante 40 años tratas con 2.000 personas, algunos te van a engañar y a decepcionar.
–¿Y realmente ha estado a punto de perder la camisa?
–No [contesta rotundo], porque siempre he calculado el peor escenario: cuánto perdería en caso de descalabro total y hasta qué punto me podría forrar. Los escenarios del medio me dan igual. Y si veía que el peor escenario era aguantable, lo hacía. ?
– Entonces, ¿usted ha sido más bien conservador?
–Sí. Sin embargo, no tengo aversión al riesgo. El español en general es aquí muy conservador, salvo grandes excepciones.
–¿También el emprendedor español es distinto?
–Fuera es fantástico. Y, bueno, dentro también. Pero el éxito ajeno no está bien visto. Y a la gente no se le ocurre emprender. No hay ambiente. Aquí las inquietudes se atrofian en parte porque la familia es muy protectora. Tiene su lado bueno y lo estamos viendo en esta crisis, porque es un colchón, pero a la larga, la familia latina tiende a proteger a los hijos de los envites de la vida. No se incentiva a los chicos a ser independientes. Es una concepción con la que no estoy de acuerdo.
–¿Y cómo ve usted ahora el país?
–Es muy fácil disparar una opinión, y no me gusta hacerlo. Pero creo que España puede perder el tren del siglo XXI, que va a ser deslumbrante en cuanto nos quitemos de encima esta crisis financiera. Tecnológicamente, este siglo va a ser increíble. Y España no está preparada para aprovecharlo. La gente con ganas, talento e inquietudes se va. Lo siento, pero España sigue siendo un país de charanga y pandereta, con excepciones, pero no las suficientes. Y luego, el mercado laboral no da salida a esta gente. Éste es un país de sol, de tapas… Es el mejor país para vivir si eres extranjero. ¡A mí me encanta!
–Pero si fuera español, ¿no viviría aquí?
–No, me iría enseguida. A no ser que fuera rico [se le escapa una leve risa]. Es que la mayoría de la gente no puede desplegar su talento.
–Entonces, si ahora tuviera otra vez 20 años ¿no habría empezado aquí?
–Me hubiera ido de Estados Unidos, porque me gusta sentirme extranjero, pero no hubiera venido a España.

Confiesa que no tiene la nacionalidad española “por pereza” y que pese a llevar toda una vida en Madrid se siente extranjero, porque “los primeros veinte años de crianza tiran mucho. Seguro que Rojas Marcos, que lleva desde los 24 años en Nueva York, se sigue sintiendo sevillano”. Aunque cuando visita su país –siempre va un mes al año– y escuchan su acento “no se creen que soy de Texas”, dice riendo.
Richard Vaughan llegó a Madrid en 1972 cuando era un estudiante de Literatura y Lengua Españolas. Regresó un año más tarde y se quedó. Su biografía reza que empezó a dar clases de inglés para financiar sus estudios y fue así como nació Vaughan Systems. Una empresa que no deja indiferente a nadie.

–Es fácil encontrar tremendos fans suyos pero también duros detractores. ¿Cómo le afecta?
–En los foros de profesores, hay gente a que la hemos suspendido que nos ataca. Ahora bien, otros también lo hacen porque me ven como a un extranjero montado en el dólar y que se aprovecha de los españoles. Cuando alguien tiene éxito en España, hay una envidia insana e irracional.
–¿Y está montado en el dólar como dicen?
–Si lo estuviera, no estaría aquí trabajando [ríe]. Bueno haría radio y TV todo el rato. Pero no me levantaría a las 5.40h. Siempre madrugo por una razón: ir al trabajo antes que los demás. No aguanto los atascos ni la sensación de no controlar mi entorno. Soy orteguiano, yo y mis circunstancias. Ahora bien, voy a intentar que mi yo se imponga a las circunstancias en todo lo que pueda. Salgo de casa a las ocho, y tardo cuarenta minutos. Salgo una hora antes, y tardo solo quince.

Su cruzada, como él la define, es que sus alumnos se enamoren del inglés. “Probablemente no lo consiga en la mayoría de los casos, pero hay que intentarlo. Pero si puedo conseguir que pasen del kilómetro 10 al 80 en el gusto por el idioma, he conseguido mucho”. Por eso se escandaliza cuando las estadísticas dicen que el 27% de los españoles habla bien un segundo idioma “¿Tantos? Sólo un 1% lo hace. El problema es que el inglés se ha enseñado como el latín y el griego, como una lengua muerta”, asevera implacable. Su tesis es que, para hablar bien un idioma, se necesita mucho esfuerzo: entre 1.000 y 3.000 horas de estudio. Es el tiempo que tardó él en dominar el castellano, aunque siga arrastrando un marcado acento yankee. “Aprender un segundo idioma después de los siete años es contra naturam para el ser humano”, concede benévolo. Y para lograrlo, no hay formato que este empresario no haya probado. Con él, uno puede aprender inglés a través de la tele, la radio, de manera presencial y online, por fascículos, en un pueblo cien por cien inglés sin salir de España e incluso por email.

–¿Cómo sabe que su método es mejor que el de los demás?
–Mi método no es nada. Es el profesor. El método Vaughan es bueno, pero cualquiera cae por su propio peso si el profesor no da la talla. Si desempolvas un método editado de 1920 y se lo das a un fenómeno de la enseñanza, surte un gran efecto. Mi método es el mismo desde 1977, lo que he ido cambiando es la ciencia para encontrar a la gente adecuada y para formarles mejor. Queremos que nuestros alumnos digan, ¡uauh, de qué planeta será este profesor!
–¿Y de qué planeta son? Cuando recluta, ¿busca a un Vaughan bis?
–No, buscamos gente con una actitud positiva ante la vida, un destello en el ojo, brillo en el carácter y un sentido de la responsabilidad. De hecho, cuando reclutamos, elegimos deliberadamente a gente que no haya enseñado en su vida [entre sus profesores hay un astrofísico, un psicólogo, un pianista…]. No queremos desfacer vicios. El 95% de los profesores del mundo son … [medita antes de optar, algo raro en él, por una respuesta políticamente correcta] no son excelentes. Y no solo en inglés, sino en general. Los buenos consiguen que los alumnos se enamoren del área del saber y devoren el conocimiento.
–Si el ministro de Educación le diera la posibilidad de llevar la política de idiomas, ¿qué haría?
–[Resopla] No lo haría. Tendría un dilema moral, porque tendría que despedir a la mayoría del profesorado. Y no lo podría hacer, tienen familia. [Vaughan se lamenta de que no pueda legalizar a profesores de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, cuya ética del trabajo, dice, es mejor que la de un irlandés o un británico].
–Algunos dicen que el bilingüismo en los colegios no está funcionando. ¿Qué opina?
–Bueno, es mejor que lo que había antes, que no había nada. Lo haría de otra forma, porque los profesores no pueden enseñar una materia en un idioma que no dominan, pero lo apoyo. Cuando los chavales tengan 18 años tendrán un inglés malucho pero no tendrán miedo al idioma.

En sus oficinas de la calle Orense, en Madrid, Vaughan tiene hasta un pequeño plató de televisión. Fotros: Pedro Sánchez.

Por el pasillo de las oficinas centrales, 4.000 metros cuadros muy cerca del madrileño Paseo de la Castellana, Vaughan se cruza con su hija Andrea, antaño directiva y hoy colaboradora [está grabando un vídeo]. “Ella es más emprendedora que yo a su edad, pero no es una gestora directiva”, explica. Este encuentro familiar le sirve a Vaughan para explicar su particular filosofía empresarial: “Uno de los motivos por los que quise desprenderme de parte importante del capital [en 2010 vendió el 55% a Ahorro Corporación] es porque nunca creé esta empresa como un proyecto familiar. No me gusta el concepto de que la generación siguiente deba asumir el mando, y luego los nietos… Nunca he querido condicionar la vida de mis hijos por lo que ha hecho papá. Vendí la mayoría a propósito, para implicar a mis socios.”
Y los socios no tienen motivos para quejarse. Pese a la crisis, la compañía crece como la espuma –factura un 20% – y vive un momento de expansión. “Queremos cambiar la acción comercial y ser más proactivos. Podemos crecer un 50% en España”. En mente ya tiene dar el salto al exterior, a Santiago de Chile, Bogotá o Sao Paulo, pero sin prisas. “No vamos a expandirnos sin que vaya la radio por delante. Usar las acciones clásicas de márketing nos condena a décadas de creación de marca, mientras que con la radio y la tele podemos hacerlo en dos o tres años. Bueno, eso y  siempre que contemos con un buen jefe de plaza. Exportar no es fácil”.

–¿Se ha planteado aplicar su método al castellano para enseñarlo fuera?
–No, porque con el mismo esfuerzo de vender una hora de castellano vendo 10 horas de inglés. La demanda de inglés a nivel mundial es brutal y la de castellano, ni el 10%.
–¿No cree que el castellano está emergiendo?
–El castellano no; lo hispano, sí. Socialmente, la cultura hispana está arraigando mucho en Estados Unidos, pero si la primera generación de inmigrantes solo hablaba castellano, la segunda habla un inglés y un español chapuceros y la tercera es como yo. Pongo la mano en el fuego de que en el año 2050 en mí país no se hablará más español que ahora.
–¿Y la demanda del chino?
– Se puede estudiar por un afán cultural, pero es un error aprenderlo por una motivación profesional. Los chinos están corriendo a toda velocidad para aprender inglés y es muy difícil hablar bien chino. Hay gente aprovechándose de este auge para vender chino.
–¿Quiere decir que hay mucho aprovechado en su negocio?
–¡Qué me vas a contar a mí! Éste es un sector desprestigiado, donde puedes vender gato por liebre y sobrevivir. Siempre pasa cuando la demanda supera a la oferta. Una de las ventajas de Vaughan es que tenemos siete MBA en plantilla [uno de ellos es el CEO, Philippe A. Kerno, un ex banquero que se incorporó en 2010]. Os reto a encontrar en este sector algo igual. La gente con talento para la gestión no quiere venir a este negocio.
–Sin embargo, usted y su empresa parecen un tándem indisoluble. ¿Se imagina Vaughan sin Richard?
–Bueno, hasta hace diez años la gente no sabía quién era y facturábamos cuatro millones.  Muchos pensaban que esto era una filial. Aquí hay profesionales muy listos. Se asustarían un poco, pero arrimando el hombro lo harían muy bien.

Que nadie interprete que este hombre está pensando en tirar la toalla. Nada más lejos de la realidad. “Aunque no tuviera nada del capital, seguiría viniendo. Eso sí, que me paguen un sueldo”, ríe. Richard Vaughan sigue derrochando energía y muchas ideas. ¿La última? “Lo que me gustaría de verdad es montar una universidad a mi estilo. Una de Humanidades y Ciencias Sociales. Impera la idea de que los chavales estudien para ser útiles en el mercado laboral. Lo entiendo y lo apoyo, pero no quiero que pierdan el aspecto humanístico”, confiesa. Y allí aplicaría, cómo no, su particular método Vaughan. “No quiero ni catedráticos ni eminencias. Nunca sería una universidad homologada”, añade fiel a su estilo. Puede que solo sea un sueño, pero con Vaughan nunca hay que bajar la guardia.