lunes 27 • junio 2022

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Comercio internacional: El retorno de los centros productivos desde Asia a Occidente

Por Beatriz Pérez, experta en Comercio Internacional y profesora en CETYS/Universidad Francisco de Vitoria

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Tras décadas debatiendo sobre la globalización –un proceso aparentemente imparable y que llevó a muchas empresas a trasladar sus centros productivos a mercados asiáticos–, ahora parece que asistimos al fenómeno contrario: la regionalización y la relocalización de las multinacionales, que vuelven a sus mercados de origen. Un análisis superficial de este proceso puede llevar a pensar que se trata de decisiones empresariales basadas únicamente en los costes. Sin embargo, la realidad nos está demostrando que va mucho más allá.

A partir de los años 80, el “boom” de Asia como centro productivo hizo que países como China, India, Vietnam o Bangladesh se convirtieran en las sedes productivas de muchas empresas extranjeras. Todo parecían ventajas: entre otras, costes significativamente más bajos, abundante mano de obra o normativa más laxa.

A estas ventajas se sumaban unos costes de trasporte de la mercancía razonables y una paulatina reducción de las barreras comerciales, y los costes que conllevan, debido a las políticas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la firma de numerosos acuerdos comerciales. Era, o al menos parecía, el escenario perfecto. Las multinacionales se encontraron en una posición privilegiada para reestructurar sus sistemas productivos, al tiempo que minimizaban sus costes.

En cuanto a los resultados, las cifras hablan por sí mismas: según datos de la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), las multinacionales, en su rol como líderes en las cadenas de producción global, coordinan el 80% del total del comercio mundial de forma directa e indirecta; y un tercio de las exportaciones tiene origen en países de Asia Oriental.

Sin embargo, desde hace unos años, ese escenario ya no parece “tan perfecto”. Numerosas empresas han iniciado un viaje de retorno, desplazando los centros productivos a sus mercados de origen o a países cercanos. Multinacionales estadounidenses se han trasladado a Méjico, Canadá o el mismo EEUU, y empresas europeas, hacia Polonia, Rumanía, Portugal o sus mercados nacionales.

Entre los motivos: el aumento de los costes en mercados asiáticos; cuestiones de calidad; el efecto “Made in” (preferencia por productos nacionales); el elevado riesgo en la cadena de suministro por producir en países lejanos y la significativa reducción de los tiempos al acercarse a sus mercados domésticos.

Hasta ahora, el proceso de relocalización había tenido un alcance limitado, pero con la crisis generada por la pandemia ha adquirido una nueva dimensión. Esta crisis ha provocado serios desajustes en la cadena de suministro, costes desorbitados del transporte de mercancías y escasez de productos. En definitiva, las consecuencias de la pandemia han sacado a la luz la fragilidad de los sistemas de producción global.

Comercio internacional y autonomía europea

Pero no solo se trata de cuestiones logísticas, las tensiones entre China y Occidente también son un factor importante para las empresas a la hora de trasladar sus operaciones. Las multinacionales americanas, por ejemplo, comenzaron a incluir la relocalización dentro de sus estrategias durante el mandato de Trump, presidente con el que aumentaron significativamente las tensiones comerciales con China. En una lucha por mantener su poder económico y la soberanía tecnológica, las medidas proteccionistas aumentaban progresivamente, poniendo cada vez más trabas a los sistemas de producción global.

Desde el punto de vista europeo, todos estos factores han puesto de relieve la vulnerabilidad de nuestro sistema productivo, y la excesiva dependencia de China y otros mercados asiáticos. La relocalización va, por tanto, mucho más allá de las decisiones particulares de las empresas y se ha convertido en una cuestión estratégica para Europa.

Un reciente informe encargado por el Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo refleja la necesidad de diseñar estrategias que garanticen la autonomía de la UE y aseguren la cadena de suministro de productos y sectores críticos como el sanitario y farmacéutico; o los semiconductores y las energías renovables, claves para la soberanía tecnológica.

Si la UE quiere ocupar un lugar relevante en el nuevo orden mundial, necesitará desarrollar tanto políticas que salvaguarden la producción en Europa como políticas orientadas a promover el I+D+i en el sector tecnológico y otros sectores estratégicos. Solo así Europa podrá fortalecer su autonomía y reducir su dependencia. De lo contrario, estará a merced de las decisiones que tomen China y EEUU, los dos rivales en este juego.

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