sábado 26 • noviembre 2022

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Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional: “Espero que el poder de la inteligencia supere al de la estupidez”

Capital atraviesa las puertas de la Biblioteca Nacional junto a su directora para redescubrir este auténtico templo del conocimiento

Sin pasado y sin futuro. Cuesta mucho imaginar cómo sería el mundo sin bibliotecas, sin su conocimiento siempre abierto a una salida mejor. Quizás, por eso, Ana Santos Aramburo sueñe con que “el poder de la inteligencia supere al de la estupidez”. Capital conversa con ella, con la mujer que tiene la llave que custodia el lugar donde nuestra historia cobra vida. Nos invita a atravesar sus puertas y su entusiasmo confirma que no es directora de la Biblioteca Nacional de España (BNE) por casualidad: “Cada día que entro en el edificio de la Biblioteca Nacional pienso: ¡qué privilegio venir a trabajar!”.

Si la infancia es el sueño de la razón, el suyo, desde muy niña, fue el de la lectura. Cuando apenas levantaba dos palmos del suelo pisó por primera vez una biblioteca pública y descubrió que entraba en el universo de los libros. A partir de ese momento se convirtieron en su bien más deseado: “Cuando era niña realmente no sabía que quería ser de mayor, pero siempre me han gustado mucho los libros y esperaba ilusionada que llegasen los regalos de los Reyes Magos porque eran libros cuya lectura me apasionaba.

Entonces las bibliotecas no tenían el desarrollo que tienen ahora. Pero quizás me hicieron ser consciente de que, hace miles de años, el ser humano fue ya capaz de entender que debía de existir un sitio donde guardar su capacidad de creación y de pensamiento y que esto ha sido y es la clave de la evolución de la humanidad. Poder trabajar en un sitio así me hace sentir muy privilegiada”.

“La clave de la evolución de la humanidad está en conservar el pensamiento en bibliotecas”

No es para menos. Entre sus muros se albergan más de tres siglos de conocimiento: alrededor de treinta y cinco millones de manuscritos, incunables, grabados, registros sonoros y visuales, revistas, monográficos, mapas, carteles de la República y de la Guerra Civil española. También una colección de dibujos de Goya inéditos, siete ediciones del Quijote que aparecieron el primer año de su publicación y hasta el Poema del Mío Cid.

Desde hace nueve años, Santos es la encargada de preservar más de 17 millones de libros y de otros tantos fondos que contienen la mayor producción cultural de nuestro país: “Sin duda, la responsabilidad es muy grande y soy muy consciente de lo que supone dirigir una institución así”, afirma la directora.

“Pienso a menudo en el significado que tiene la Biblioteca Nacional para un país como el nuestro, que tiene una producción editorial tan rica y una cultura que históricamente ha dejado tanto. Pero, afortunadamente, no estoy sola. Son muchas las personas que cada día acuden a trabajar con la misma ilusión y compromiso que puedo tener yo. Sin ellas, sin la tarea que cada día realizan, nada sería posible”.

120 años de espera hasta que las mujeres pudieron entrar a la Biblioteca Nacional

Fundada por Felipe V, a finales de 1711, no abrió sus puertas hasta marzo de 1712 como Real Biblioteca Pública. Por un privilegio real, precedente del actual depósito legal, los impresores debían depositar un ejemplar de los libros impresos en España. En 1836, la institución dejó de ser propiedad de la Corona y pasó a depender del Ministerio de la Gobernación. Fue entonces cuando recibió, por primera vez, el nombre de Biblioteca Nacional.

Sin embargo, tuvieron que pasar 120 años más para que sus puertas estuvieran abiertas no solo a los hombres: “Hasta el año 1837, una mujer, Antonia Gutiérrez Bueno, no pudo entrar en la Biblioteca Nacional”, recuerda, homenajeándola, la directora. El acceso femenino estaba prohibido. Sin embargo, supo esperar y andar durante la espera.

En el traslado de la petición de Antonia al Ministerio de la Gobernación que hizo el entonces director de la institución, Joaquín María Patiño, medió la Reina Regente, María Cristina de Borbón, con un mensaje claro: “Permita la entrada en la sala baja de la Biblioteca no solo a María Antonia Gutiérrez, sino a todas las demás mujeres que gusten concurrir a la Biblioteca”.

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Ana Santos, 2018 © Enrique Cidoncha

Así fue como la tenacidad de aquella mujer derribó cerrojos: consiguió no solo entrar como usuaria a la Biblioteca Nacional, sino que todas las demás tuvieran acceso un año después, en 1838. Aún faltaba mucho para ver trabajando a las primeras bibliotecarias españolas, como Ángela García Rives, en 1913 y, nueve años después, a la mujer que escribió sola y a lápiz un diccionario dos veces más largo que el de la RAE, María Moliner.

Con una plantilla de 243 personas, la actual directora de la Biblioteca Nacional apunta que hoy se trabaja para visibilizar la obra de todas aquellas y de muchas más mujeres: “Es cierto que algo importante ha cambiado, pero aún hay que seguir trabajando. La profesión bibliotecaria es eminentemente femenina, aunque cada vez hay más hombres, quizás a medida que se va volviendo más tecnológica.

Pero lo importante no es tanto el número de bibliotecarias o bibliotecarios, sino la posibilidad de que tengan puestos de dirección y, por lo tanto, de capacidad para tomar decisiones. El personal funcionario en la Biblioteca Nacional es de 80 hombres y 163 mujeres. De ellas, catorce ocupan puestos hasta nivel de jefatura de departamento, frente a siete hombres”.

No obstante, recuerda la directora que la institución, además de con su plantilla de empleados públicos, también cuenta con personal laboral “imprescindible para la consecución de los fines de la Biblioteca Nacional de España”.

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, afirmaba Cervantes. La actual cabeza visible de la principal biblioteca del país nació en Zaragoza y, desde allí, comenzó a andar. Por sus manos se han deslizado desde las páginas de las primeras ediciones del Quijote hasta el libro manuscrito más antiguo que conserva la Biblioteca Nacional: el Papiro de Ezequiel, datado entre los siglos II y III.

También algunas de las obras del filósofo Emilio Lledó que, confiesa, la acompañan sobre su mesita de noche. Después de los kilómetros recorridos, las bibliotecas vividas y los años testimoniando sus pasos, la maña continúa leyendo mucho y no ha dejado de andar.

Una larga carrera ligada a las bibliotecas

Licenciada en Geografía e Historia y Diplomada en Biblioteconomía y Documentación, Santos Aramburo reconoce que las propias bibliotecas se convirtieron en arquitectos de su destino: “Las primeras oposiciones a las que me presenté eran de auxiliar de biblioteca de la universidad de Zaragoza. Y precisamente encontré la convocatoria en una pública, a la que acudía a diario, durante un verano en el que no me fui de vacaciones por hacer un trabajo para subir nota. Fue el azar. El resultado fue que las aprobé y así empezó mi profesión”.

Después de ser directora y vicedirectora de importantes bibliotecas como la de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UCM, la de la Universidad Complutense, la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla y la del Archivo del Ayuntamiento de Madrid, su entrada en la Biblioteca Nacional fue, primero, como directora de Acción Cultural y, posteriormente, como directora general. Así se convirtió, en 2013, en la sexta mujer que dirigía la institución.

En 1990, después de cincuenta directores hombres, Alicia Girón rompió el techo de cristal del emblemático edificio neoclásico convirtiéndose en la primera mujer en estar al frente de la Biblioteca, cargo que después ocuparon otras cinco mujeres en estas casi tres décadas: “Las otras cinco directoras hemos sido Carmen Lacambra, Rosa Regás, Milagros del Corral, Gloria Pérez-Salmerón y yo. Posiblemente lo que hemos aportado es un nuevo estilo de dirección y de gestión que ha coincidido con un cambio de tiempo respecto al servicio que deben prestar las bibliotecas.

Hoy no se puede concebir una institución pública que no intente adaptarse a lo que la sociedad le pide, ni se puede pensar en un estilo de liderazgo que no valore la comunicación, la gestión participativa y el bienestar laboral de los trabajadores. No significa que un hombre no tenga en cuenta esto a la hora de ejercer la labor directiva, pero quizás nosotras favorezcamos más este estilo. Esto, sin duda, influye en la implicación y el compromiso de las personas y, por lo tanto, facilita la renovación”.

“No se puede concebir una institución pública que no intente adaptarse a lo que la sociedad le pide”

Dieciocho años de dirección femenina ininterrumpida

Enamorada del tacto y del olor del papel frente al e-book, “porque me permite disfrutar con más sentidos”, fiel al teatro del Siglo de Oro y al jazz clásico, Ana Santos ha abierto también las puertas de la Biblioteca Nacional a un laboratorio de ideas: “Es una evidencia que la sociedad de hoy no es la misma que la de hace unos años y que, además, evoluciona de manera muy rápida, por lo que puede resultar complicado seguir el ritmo. Por eso, abrimos este espacio, para que sirviese de inspiración respecto a los usos que se pueden dar a los recursos y contenidos digitales”.

Además de custodiar los treinta y cinco millones de contenidos producidos en España desde comienzos del siglo XVIII, la dirección de la Biblioteca Nacional se enfrenta a gestionar la entrada, por depósito legal, compra y donativos, de miles de ejemplares cada año. Nada menos que medio millón antes de la pandemia: “Necesitamos más manos para poder estar realmente al día porque en algunas colecciones se están incrementando mucho los ingresos. En los últimos años, hemos recibido por donativo 126.614 ejemplares a pesar de la pandemia. Pero no solo ingresan colecciones físicas, también conservamos lo que llamamos el patrimonio nacido digital, es decir, libros y revistas electrónicas y los contenidos de la web española. El crecimiento es exponencial cada año”.

Ingente es también la búsqueda de la recompensa de la directora en el esfuerzo para que la Biblioteca Nacional se convierta en referencia para el hispanismo internacional. Esto supone una dedicación que, a menudo, se paga con la moneda de la vida personal, casi siempre más cara, apunta Santos Aramburo, si se es mujer: “En mi generación, sin duda, se ha pagado un precio más alto a costa de sacrificio y renuncias que muchas mujeres no han estado dispuestas a hacer. Siendo mujer cuesta mucho más que te escuchen cuando se intentan modificar inercias dependiendo, obviamente, de la persona que tengas por encima de ti”.

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