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Nuria Oliver: “Los jóvenes de hoy saben menos de tecnología que sus progenitores”

Nuria Oliver es ingeniera de Telecomunicaciones y doctora por el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Ha ocupado y ocupa puestos de responsabilidad en empresas como Microsoft, Telefónica y Vodafone. Su brillante trayectoria ha sido su anzuelo para dar muchas charlas a adolescentes. Cuando llega al aula, lo primero que les pide es que levanten la mano los que tienen móvil. “Me miran como si estuviera loca. ¿Quién no va a tener móvil?”, dice. Lo segundo es una pregunta: ¿quién sabe programar? “Casi siempre bajan todos la mano, pero algunas veces no, y responden lo mismo: ¡me dicen que saben programar la alarma de su móvil! Suena a chiste, pero no lo es”. Este tipo de anécdotas forma parte de los motivos que incentivan a Oliver a divulgar sobre la tecnología, y a investigar en la cantidad de terrenos que quedan por explorar.

Entonces, ¿es un mito que los jóvenes dan sopas con hondas a los mayores en el uso de la tecnología?
Hay mucha confusión. Se piensa que las nuevas generaciones han de saber porque han nacido con Internet o con el iPhone, pero saben menos que sus progenitores. Hay que enseñarles. Es como si se dijera que no hay que enseñar a leer porque hay muchos textos, o que no hay que adiestrar en Matemáticas porque los números ya están ahí. No es difícil darle a un icono en un teléfono o en una tablet. Hay videos de monos en los que se ve que lo hacen. Sabemos que no podemos vivir sin la tecnología; tenemos que saber cómo funciona para resolver nuestros problemas o dar cauce a nuestras ideas.

¿Qué consecuencias tiene esta problemática?
No hay suficientes vocaciones tecnológicas. Hay una gran brecha entre el conocimiento tecnológico de los ciudadanos y el lugar donde está ahora la tecnología. Las nuevas generaciones tendrían que estudiar carreras científico-técnicas en una mayor medida. No hablamos suficiente de tecnología. Se ha convertido cada vez más en una caja mágica en la que todo funciona mágicamente, sin saber por qué. Me parece que es algo peligroso, que tiene que cambiar. Si nadie entiende la tecnología, ¿quién va a diseñarla? Será cada vez más patrimonio de una élite.

Le preocupa también la falta de mujeres en su sector.
Hay muy pocas. Algunas facultades de informática tienen solo un 10% de chicas. La media está en un 10-20%, mucho menos que en los años 80. Hay numerosos estudios que demuestran que la falta de diversidad empobrece. La tecnología la elaboran grupos homogéneos que dirigen los productos a públicos heterogéneos, más amplios. Habría que preguntarse qué perdemos por este motivo. Quizá la tecnología no es tan significativa, tan fácil de usar, como lo sería si estuviera diseñada por un grupo más diverso.

¿Cómo se logra? Tampoco se puede forzar.
Los seres humanos funcionamos muy bien con incentivos. Si se premia, lo conseguiremos. Casi todas las facultades de informática, incluyendo la Real Academia de Ingeniería, lo están haciendo, pero creo que todavía es algo poco conocido.

¿Qué le ha parecido el escándalo de Facebook con su venta de datos a Cambridge Analytica?
Se sabía más o menos, aunque ha salido en la prensa recientemente. Demuestra una falta de principios éticos. Desde un punto de vista legal, no está claro que haya habido una violación de la ley. Puede que hayas dicho estar de acuerdo con esos términos y condiciones que nadie lee, pero seguramente no es ético vender a terceros unos datos que se han capturado con fines de investigación. El nuevo reglamento de protección de datos va a ser un paso positivo. Aportará más transparencia: saber qué datos se recopilan, y para qué. Dar más control a las personas sin necesidad de que tengan que apretar treinta botones hasta que llegan a las condiciones de privacidad. El 99% de las personas no sabe hacerlo, y no es ilegal. La diferencia entre que algo sea legal o ético está en poner a la persona en el centro.

La ética va a ser fundamental en esta nueva era.
Sin duda. Coexistimos con la tecnología. Por ella pasan decisiones que nos afectan a todos: los algoritmos deciden si nos aceptan o no para un tratamiento médico, si nos dan o no un trabajo, si nos conceden o no un crédito. Debe haber un marco ético, no solo tecnológico, acorde a lo que aceptamos como sociedad. No todo lo que se puede hacer desde un punto de vista legal tiene porqué ser ético. Hay que aterrizar esos principios éticos y ver cómo se implementan antes de definir los proyectos. Esos proyectos han de estar elaborados por equipos multidisciplinares en los que no solo tiene que haber especialistas en ciencia de datos; también en ética (psicólogos, antropólogos) y en las diferentes ramas de la inteligencia artificial que se requieran en el proyecto (salud, medio ambiente). Además, se podría plantear la creación de un Chief Ethics Officer: una persona o grupo de personas que considere si las decisiones que se toman son éticas, si el proyecto es acorde a la sociedad.

El sector de las telecomunicaciones, en el que se encuentra actualmente, da la impresión de estar algo frenado en el terreno de la innovación. ¿Cuál es su opinión al respecto?
Hay varias tecnologías con potencial transformador, pero están en una etapa temprana. La realidad aumentada y virtual tienen limitaciones en el hardware: las gafas no son tan ligeras como deberían, muchas necesitan un cable, su batería no tiene autonomía… Conforme se miniaturicen, con los progresos tecnológicos, tienen un potencial disruptivo. El 5G facilita aplicaciones que no eran posibles; su baja latencia facilita tareas del Internet de las cosas impensables hasta ahora. Hay proyectos de investigación muy interesantes; la videoconferencia inmersiva, por ejemplo. Seguimos hablando por teléfono del mismo modo que cuando se inventó, y el 80% de la comunicación humana es no verbal: cómo se dice, los gestos… Eso se pierde, y se está investigando cómo mejorarlo. En cuanto a los wearables, están teniendo un crecimiento exponencial. Su área de impacto más grande es el bienestar y la salud. El seguimiento de las enfermedades crónicas con tecnología cada vez es más común. Hace diez años no se hacía. Este tipo de seguimiento, más continuo, permitirá que la medicina sea cada vez más predictiva, preventiva y personalizada, que se centre más en evitar o prevenir enfermedades que en solo en intentar curarlas cuando quizá ya sea tarde.

Muchos temen que esta intervención cada vez mayor de las máquinas repercuta en la desaparición de puestos de trabajo. ¿Qué le parece?
El impacto más grande no va a darse en la robotización industrial. La industria está muy automatizada desde hace décadas. El mayor impacto va a darse en las profesiones relacionadas con el procesamiento de información: la atención al cliente, la elaboración de patrones de comportamiento a partir de cantidades ingentes de datos. Los ordenadores pueden hacerlo en magnitudes mucho mayores que cualquier humano. Se ha visto con la capacidad del ordenador Watson a la hora de procesar historiales médicos: la correlación de síntomas con tratamientos y resultados que se relacionan con el diagnóstico. Las profesiones que se van a ver afectadas tienen que ver con el procesamiento de grandes cantidades de información. Los algoritmos tienen capacidad de realizar trabajos que no podríamos realizar en toda nuestra vida. El planteamiento de aplicar en un mismo sitio, para siempre, lo que hemos aprendido, está cada vez más obsoleto. Vamos más hacia el aprendizaje constante, hacia la reinvención y redefinición del papel que tenemos: de qué hacemos, de cómo contribuimos. Me parece muy interesante poder seguir aprendiendo y actualizándote de cara al crecimiento personal. Antes estudiabas y luego trabajabas. Ahora hay que estudiar y aprender toda la vida. El progreso tecnológico es muy rápido, y hay que ver cómo lo aplicamos a nuestro trabajo diario.

Artículo publicado en el número de mayo de la revista capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2rv5Ga1