¡Siempre nos quedará la UCD!

José Ramón Pin

José Ramón Pin es economista y profesor del IESE-Universidad de Navarra.

Lo mismo que Rick Blaine (Humphrey Bogard) le decía a Lisa Lund (Ingrid Bergman) en Casablanca (la película dirigida por Michael Curtiz en 1942), “siempre nos quedará París”, los españoles podríamos decir: “siempre nos quedará UCD”.

Fue el partido de la transición, que lideró Adolfo Suarez. Una conjunción de profesionales dispuestos a concitar la democracia en España. Su objetivo: resolver los problemas de España que, además de un estancamiento político, estaba sumida en una convulsión económica derivada de la primera crisis del petróleo de los entonces setenta.

“La UCD contribuyó a resolver los problemas de España, ue, además de un estancamiento político, estaba sumida en una convulsión económica”

Una inflación desbocada (dos dígitos), un déficit público incontrolable y un azote terrorista que asomaba cada día desde ETA y la extrema izquierda como el GRAPO. El método de UCD para resolver esos problemas: la pericia técnica, la capacidad de diálogo y consenso, la generosidad y la imaginación.

La conclusión: 40 años de democracia en España, homologación internacional, entrada en la OTAN, la UE y un crecimiento económico para olvidar la España tenebrosa del siglo XX.

También hay que reconocer la aportación de los líderes de los otros partidos que comprendieron que esa era su responsabilidad. Todos arrimaron el hombro, tanto el PSOE, AP, el PCE y unos partidos nacionalistas que adoptaron la moderación como sistema de convivencia.

Ahora se quiere poner en cuestión la arquitectura política lograda. El objetivo es destapar viejos recuerdos, agravios históricos, que en esta tierra siempre han llevado a la confrontación estéril. Los tiempos son distintos, el nivel económico de los españoles también. Es como si una generación de “niños mimados” a los que se les ha dado una vida fácil pasaran a convertirse en “rebeldes sin causa” a lo James Dean. Pero de lo que deben ser conscientes es que el equilibrio logrado es frágil y que las conquistas políticas y económicas lo mismo que se alcanzan, se pierden.

La actual coyuntura internacional vislumbra incertidumbres en el comercio, subida de los tipos de interés, aumento del precio de la energía y disminución del turismo. Todo ello es un mal horizonte en una economía que había conseguido crecer gracias al sector exterior y tiene un grado de endeudamiento público superior al 100% del PIB.

A ello hay que añadir un Gobierno es minoría parlamentaria exigua que necesita los votos populistas de Podemos y separatistas catalanes para sacar sus propuestas, un problema migratorio y demográfico sin acuerdos básicos para resolver como la financiación de las pensiones y la ausencia de pactos de Estado en: organización territorial, educación y Reforma Electoral.

Todo lo cual crea un coctel explosivo del que sólo con inteligencia, apoyo de todos y serenidad se puede salir. Serenidad que no aparece en el horizonte político actual. El Gobierno actúa a golpe de Decretos-Leyes, argucias parlamentarias e intentando sorprender a la oposición en cada esquina. La oposición está centrada en temas periféricos. La composición actual del parlamento está obsoleta. Después de las convulsiones que ha tenido este país en los dos últimos años deben adelantarse las elecciones para saber cómo ha variado la percepción de los españoles. Todo lo demás es ganas de permanecer en el sillón de unos y otros en una situación tan incierta en política, como peligrosa en economía.

Si alguien quisiera de verdad abordar una nueva etapa en España, la primera reforma es la ley electoral.

Es la norma que rige las elecciones la que regula el sistema político. Los dos principios que la deben regir son: acercar los representantes a los electores, mediante distritos uninominales ganados por mayoría absoluta a segunda vuelta, a la vez que se distribuyen las colas de votos entre los partidos con listas nacionales que vinculen parte de la cámara a los problemas generales del país. Una ley similar a la alemana. ¿Pero quién va a cambiar una ley por la que sale elegido? Esta es la primera promesa olvidada por “la nueva política” que ya es vieja, por haberse acomodado al sistema.

Sólo la UCD fue capaz de autodisolverse cuando vio que había cumplido con su papel de instaurador de la democracia. Pero lo mismo que el París de Casablanca era una mención nostálgica, la UCD también lo es. Ahora los protagonistas son otros y tiene su propia responsabilidad. Esperemos que sepan responder a ella.

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