Europa está brutalmente endeudada, ¿quién será el ‘valiente’ que la desendeudará? Mientras el mundo estalla en guerras —la última, al cierre de esta edición de Capital, tras el bombardeo de EEUU e Israel sobre Irán—, el flujo aparentemente inagotable de crédito de los estados europeos es el auténtico ‘maná’ que permite que el mercado secundario de bonos no colapse como sucedió en 2010. La deuda privada se ha trasladado a las cuentas de los propios países, que compiten con las empresas en esta carrera interminable del pasivo.
En esencia, la economía europea, por sí sola, no podría sobrevivir jamás a esta espiral de gasto público y endeudamiento perpetuo: las estimaciones indican que los países europeos tendrán que emitir aproximadamente 1,5 billones de euros de deuda pública en términos brutos en 2026, de los cuales, según el Tesoro Público, unos 285.000 millones de euros corresponderán a España. Tras endeudarse, según el Banco de España, en cerca de 78.000 millones ‘extra’ en 2025, para 2026 el pasivo crecerá en otros 55.000 millones en nuestro país y superará los 1,75 billones.
El mensaje que se envía con esta estrategia es perverso, porque realmente destruye el valor del dinero: ‘Papá Estado’ no tiene por qué ser productivo, eficiente o prudente en materia financiera, ya que siempre tiene un ‘salvavidas’ supranacional que le rescata de la quiebra. Siempre hay un comprador para ese bono o para esa Letra del Tesoro. Es más, ese mismo rescatador silencioso es el que financia la agenda pública de los políticos y las grandes decisiones de los parlamentos.
La deuda pública es la que está cargando con el creciente coste de la denominada como ‘transición verde’ hacia las energías renovables, fuertemente subvencionadas y que han dejado herida de muerte la industria automovilística europea. Además, también es la que permite que los programas ideológicos y sociales de los diferentes gobiernos se hagan realidad y, en el caso de España, este fenómeno es especialmente significativo. Una parte creciente de las pensiones se está pagando con emisiones de pasivo del Estado desde hace muchos meses.
Y no tenga duda de que, en el futuro, las obligaciones, los bonos y las Letras del Tesoro son las que financiarán los diferentes incrementos del gasto en Defensa, que Donald Trump quiere que alcance el 5% del PIB y que, en la situación actual -2,1%-, ya tiene a la industria totalmente sobrepasada, tal y como explicamos en el presente número de Capital.
Dicho de otra forma, el mercado de deuda, controlado por el Banco Central Europeo (BCE), camufla convenientemente el coste real de cualquier iniciativa en materia medioambiental, social y militar. Y, en un contexto geopolítico dominado por EEUU y China, Europa necesita aumentar las capacidades tecnológicas si quiere competir con estos dos gigantes.
En el fondo de esta historia, yace Alemania, enfrentada con EEUU en la otra ‘guerra’ de Trump: la arancelaria. La que antaño fue la locomotora germana está perdiendo peso industrial a pasos agigantados y la fortaleza de su economía ha menguado. Como sucede en prácticamente toda Europa, el único sector ‘técnico’ que crece es el de la Defensa, pero su impacto no llega a la economía real, al ciudadano de a pie.
¿Y en España? En nuestro país apenas hay industria, ni se la espera, pero el Estado maneja con evidente destreza la ‘caja pública’ de la Agencia Tributaria, que bate récord tras récord de recaudación. El Gobierno no ‘necesita’ presentar los Presupuestos Generales del Estado para sobrevivir; la innovación en materia de gasto público se reserva para los Reales Decretos. Aquí, el objetivo no es que España lidere ninguna estadística de innovación, de avance tecnológico o de desarrollo del país. No. Aquí, de lo que se trata es simplemente de sobrevivir.


