La historia del petróleo muestra un patrón bastante claro y es que los precios tienden a dispararse cuando el mercado teme que el suministro pueda interrumpirse. No ocurre con cualquier conflicto, pero sí cuando la crisis afecta a grandes productores o a rutas estratégicas del comercio energético.
Informes de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) destacan que los mayores shocks del petróleo se producen cuando coinciden tres factores: una pérdida o amenaza de pérdida de oferta, poca capacidad de otros países para compensarla y una fuerte incertidumbre geopolítica. Por eso Oriente Medio tiene un peso especial en el mercado, ya que concentra una gran parte de las reservas mundiales y varias de las rutas más importantes del transporte marítimo de crudo.
El primer gran shock petrolero de la era moderna llegó en 1973, tras la guerra del Yom Kippur. Varios países árabes productores decidieron recortar las exportaciones a Estados Unidos y a otros aliados de Israel, provocando el embargo petrolero más famoso de la historia.
El impacto fue inmediato. El precio del crudo pasó de alrededor de 3 dólares por barril a más de 10 en pocos meses. A finales de la década llegó una segunda crisis aún más profunda. La revolución iraní de 1979 paralizó la producción de uno de los principales exportadores mundiales y, poco después, la guerra entre Irán e Irak agravó el problema. Entre 1979 y 1981 el precio del petróleo estadounidense pasó de menos de 10 dólares a más de 34 dólares por barril.
Las tensiones en el Golfo Pérsico volvieron a sacudir el mercado en 1990, cuando Irak invadió Kuwait. La posibilidad de que el conflicto se extendiera a otros productores clave generó un fuerte temor a una escasez mundial. El barril pasó de unos 20 dólares a cerca de 40 en apenas tres meses, aunque volvió a moderarse tras la intervención internacional y el final de la guerra del Golfo. Desde entonces el mercado petrolero se ha vuelto más complejo, porque además de la geopolítica pesan otros factores como el crecimiento de la demanda mundial o las expectativas de los inversores.
El ejemplo más claro fue el gran rally de mediados de los años 2000. El rápido crecimiento económico de China y otras economías emergentes elevó con fuerza la demanda mundial de energía, mientras la oferta crecía con más lentitud. En julio de 2008 el precio del Brent alcanzó un récord cercano a los 147 dólares por barril. Sin embargo, ese máximo histórico se desplomó pocos meses después con la crisis financiera global, demostrando que el petróleo no solo responde a conflictos, sino también a los ciclos económicos.
Más recientemente, la invasión rusa de Ucrania en 2022 volvió a recordar la relación entre geopolítica y energía. Rusia es uno de los mayores exportadores de petróleo y productos refinados del mundo, y las sanciones occidentales generaron miedo a una disrupción global del suministro. El precio del Brent superó los 120 dólares en los primeros meses del conflicto y registró su nivel medio más alto desde 2008.
Además de las guerras, el transporte del petróleo también puede convertirse en un factor decisivo. Gran parte del crudo mundial circula por rutas marítimas estrechas o “cuellos de botella”, como el estrecho de Ormuz, Bab el-Mandeb o la ruta del canal de Suez. Cuando alguno de estos pasos se ve amenazado, los mercados reaccionan rápidamente porque cualquier interrupción puede obligar a desviar barcos, alargar rutas y encarecer el transporte. El canal de Suez, por ejemplo, sigue siendo una de las arterias más importantes del comercio energético entre Oriente Medio y Europa.
A lo largo de más de un siglo, la lección se repite una y otra vez. El petróleo no se dispara por cualquier conflicto, pero sí cuando una crisis pone en riesgo el flujo de millones de barriles diarios. Ahora que el mundo que todavía depende de esta materia prima, cada guerra en regiones productoras, cada revolución en un gran exportador o cada amenaza sobre una ruta estratégica tiene el potencial de agitar los mercados energéticos y hacer saltar el precio del crudo.
