En 2025, y en este inicio de 2026, me han hecho una pregunta más que ninguna otra: “¿El oro va a seguir subiendo?” La escucho en reuniones, en conferencias y en conversaciones privadas, siempre con el mismo tono: expectativa, cálculo, oportunidad. Pero cada vez que la oigo, sé que está mal formulada.
No nace del oro, nace de los titulares. De las noticias que hablan de nuevos máximos históricos. De los gráficos que circulan en redes sociales. De los analistas que proyectan escenarios de precio como si se tratara de una acción tecnológica. Sin embargo, las preguntas que realmente deberíamos hacernos son otras.
¿Vamos a seguir teniendo inflación? ¿Va a continuar perdiendo poder adquisitivo el dinero con el que pagamos el oro y todo lo demás? ¿Seguirá aumentando la deuda de los países? ¿Estamos entrando en un periodo de desglobalización y cambios profundos en el control financiero y monetario mundial?
Si la respuesta es afirmativa a una o varias de estas cuestiones, la conclusión es sencilla: necesitaremos más unidades de moneda fiduciaria para pagar los mismos gramos u onzas de oro.
Y eso no significa que el oro “suba”. Significa que la moneda se devalúa. El oro no se convierte en protagonista en tiempos de calma estructural. No ocupa portadas cuando el crecimiento es sólido, la inflación es irrelevante y la política monetaria es predecible. Gana atención cuando las certezas se vuelven frágiles.
Desde 2008 hemos normalizado lo que antes llamábamos “evento extraordinario”: crisis financieras globales, inflación no vista en décadas, subidas de tipos al ritmo más agresivo en años, deuda soberana disparada hasta niveles récord, tensiones geopolíticas y fragmentación comercial. Cada uno de estos episodios, por separado, puede gestionarse.
Lo que cambia es su acumulación. Y, sobre todo, la sensación creciente de que los bancos centrales han perdido margen de maniobra para corregirlos. Cuando la incertidumbre deja de ser puntual y se convierte en estructural, el capital cambia su comportamiento. Se vuelve más selectivo, más prudente, más consciente de la fragilidad del sistema.
En 2025 el oro ha superado más de cincuenta máximos históricos y, aun así, las compras han alcanzado cifras récord, superando por primera vez las 5.000 toneladas. ¿Es pura especulación? Como en cualquier activo que sube, puede existir un componente táctico. Pero, sobre todo, es una respuesta racional de protección.
El pasado 30 de enero, una corrección de precio captó la atención mediática. No tardaron en aparecer titulares alarmistas: “El oro pierde su brillo”, “Caída histórica”, “Deja de ser activo refugio”… Conviene matizar.
Esos movimientos se produjeron principalmente en el mercado especulativo del llamado “oro papel”, donde operan inversores de corto plazo y grandes tenedores de contratos de futuros que ajustan posiciones cuando lo consideran oportuno.
El mercado de oro físico apenas se movió. De hecho, en algunos casos aumentó la demanda. El oro en propiedad no cambia de manos con la misma ligereza. Es base de seguridad, ancla de balances y garantía de confianza.
No es casualidad que los principales compradores de oro físico sean bancos centrales y grandes instituciones financieras.
El oro ya no se acumula solo como operación especulativa o cobertura táctica; se consolida como garantía de asentamiento y credibilidad financiera. Ese es el verdadero motivo por el que las compras continúan en niveles récord incluso con precios en máximos.
Es la razón por la que, tras correcciones puntuales en mercados de futuros, el oro físico recupera rápidamente niveles anteriores.
Por eso, la próxima vez que te preguntes dónde estará el precio mañana, detente un momento. Recuerda que no es lo mismo valor que precio. El precio es simplemente lo que alguien está dispuesto a pagar en un instante determinado. El valor es lo que ese activo aporta cuando más lo necesitas.
Y en ese sentido, más allá de titulares y correcciones pasajeras, el oro sigue representando protección, garantía y estabilidad.
