Budapest. Hungría ha vivido un vuelco político de enorme calado. El partido opositor Tisza, encabezado por Péter Magyar, se impuso este domingo en las elecciones parlamentarias y puso fin a los 16 años de gobierno ininterrumpido de Viktor Orbán, el dirigente ultraconservador que durante más de una década se convirtió en uno de los líderes más controvertidos de la Unión Europea. Con el 98,7% del escrutinio completado, Tisza lograba 138 de los 199 escaños del Parlamento, frente a los 55 de Fidesz, la formación de Orbán, que acabó reconociendo la derrota.
La magnitud del resultado supone un cambio de era en la política húngara. La mayoría obtenida por Magyar supera el umbral de los dos tercios de la Cámara, una cifra decisiva en el sistema político del país porque abre la puerta a revertir buena parte de la arquitectura institucional levantada por Orbán desde 2010. Durante estos años, el todavía primer ministro había consolidado un modelo de “democracia iliberal”, concentrando poder, reformando la Constitución y chocando de forma recurrente con Bruselas por el deterioro del Estado de derecho, la independencia judicial y la libertad de prensa.
La jornada electoral estuvo marcada, además, por una movilización excepcional. La participación rondó el 80%, un récord en la Hungría poscomunista, reflejo de la enorme polarización del país y del deseo de cambio de una parte muy amplia del electorado. La elevada afluencia a las urnas benefició a Tisza, que logró transformar el malestar acumulado por la inflación, el deterioro de los servicios públicos y las acusaciones de corrupción en una ola de voto útil contra Orbán.
Orbán compareció ante sus seguidores después de conocerse los resultados y admitió una derrota que él mismo calificó de dolorosa. Su salida del poder cierra una etapa en la que Hungría pasó de ser vista como una democracia centroeuropea integrada en el proyecto comunitario a convertirse en uno de los socios más incómodos de la UE, por sus vetos, su deriva nacionalista y su cercanía a Moscú. Durante años, el líder húngaro fue una referencia internacional para la derecha soberanista y populista, y mantuvo afinidades políticas con Donald Trump, además de una relación ambigua con Rusia en plena guerra de Ucrania.
El vencedor, Péter Magyar, celebró la noche electoral como el inicio de una “nueva Hungría”. Exmiembro del entorno de Fidesz y convertido después en el principal rostro de la oposición, Magyar ha capitalizado el cansancio social con un discurso centrado en la lucha contra la corrupción, la recuperación de los servicios públicos y la reparación de la relación con las instituciones europeas. Su ascenso ha sido especialmente significativo porque ha conseguido erosionar a Orbán desde un espacio conservador y nacional, evitando así algunos de los límites que habían frenado a otras oposiciones anteriores.
La repercusión del resultado va mucho más allá de Budapest. En Bruselas, la victoria de Tisza fue recibida como una oportunidad para recomponer la relación con Hungría tras años de conflicto político y bloqueo institucional. Varios líderes europeos felicitaron con rapidez a Magyar, entre ellos Emmanuel Macron, Ursula von der Leyen y Donald Tusk, que interpretaron el desenlace como una posible reorientación del país hacia una posición más cooperativa dentro de la UE y de la OTAN.
El nuevo Ejecutivo heredará una estructura estatal, mediática y económica profundamente marcada por el largo dominio de Fidesz, por lo que desmontar la red de poder construida por Orbán no será una tarea inmediata. Aunque la mayoría parlamentaria de Tisza le da margen para impulsar reformas de gran alcance, los analistas advierten de que la reconstrucción institucional del país exigirá tiempo, estabilidad política y una gestión cuidadosa de unas expectativas sociales muy elevadas.
