Mercados e inversión

Heladerías llenas, terrazas vacías: qué negocios ganan y cuáles pierden cuando suben las temperaturas

El calor extremo se ha convertido en una variable económica. Cambia los horarios de consumo, desplaza el gasto hacia espacios climatizados, dispara algunas categorías y castiga a los negocios que dependen de la calle

Por Marta Díaz de Santos

El calor extremo empieza a comportarse como una variable macroeconómica de proximidad: altera la demanda, modifica los horarios de compra, reordena el tráfico urbano y cambia la rentabilidad de sectores enteros durante los meses de verano. En las ciudades españolas, la escena se repite con precisión casi contable... heladerías con colas a última hora de la tarde, supermercados vendiendo más agua, hielo y platos fríos, y terrazas que pierden rotación en las horas centrales del día. El consumidor no desaparece, pero se desplaza. Compra más tarde, busca espacios climatizados, reduce la permanencia en la calle y concentra el gasto en aquello que le ofrece alivio, conveniencia o refugio frente al termómetro.

Durante décadas, el calor se había visto por muchísimos negocios como una buena noticia. Más turistas, más bebidas frías, más vida en la calle, más consumo impulsivo. Pero la economía del verano está cambiando. Cuando las temperaturas dejan de ser simplemente altas y pasan a ser extremas, el patrón se rompe; el sol deja de atraer y empieza a expulsar.

España ofrece ya un laboratorio muy claro de ese cambio. El verano de 2025 fue “extremadamente cálido”, con una temperatura media de 24,2 grados en la España peninsular, 2,1 grados por encima de la media del periodo de referencia. AEMET registró tres olas de calor durante la estación, con valores que superaron los 45 grados en puntos del sur peninsular.

El informe climático de 2025 confirma que la temperatura media anual en España ha aumentado 1,75 grados desde 1961 y los años más cálidos de la serie se concentran en el siglo XXI

La consecuencia económica es evidente, y es que el calor ya no solo aumenta la demanda estacional; también redistribuye el consumo. Favorece a unos sectores y penaliza a otros. Premia a quien vende frío, sombra, conveniencia o interior climatizado. Castiga a quien depende de que el cliente permanezca en la calle durante las horas más duras del día.

El caso más intuitivo, el del helado

Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los españoles consumieron 140 millones de litros de helado entre junio de 2023 y mayo de 2024, con una media de tres litros por persona. El sector facturó 650 millones de euros, un 12,2% más que el año anterior, y el 80,7% del volumen se concentró entre abril y septiembre.

La heladería funciona porque reúne tres ventajas en una: vende un producto de impulso, opera en proximidad y se asocia emocionalmente al alivio. En una tarde de calor, el consumidor no compra solo un cucurucho; compra una pausa térmica. Por eso las heladerías bien ubicadas (zonas turísticas, ejes peatonales, barrios residenciales con paseo nocturno) capturan parte del gasto que otros formatos pierden durante el día.

Pero incluso este negocio tiene un límite. El calor moderado empuja a salir; el calor extremo puede vaciar la calle. En otras palabras, la curva del helado no es lineal. Una temperatura alta ayuda. Una ciudad a 42 grados a las cinco de la tarde puede retrasar la venta hasta la noche o trasladarla al supermercado.

Ahí aparece otro ganador, el gran consumo. Aguas, helados, gazpachos, ensaladas preparadas, fruta cortada, hielo, comidas listas y productos refrigerados ganan atractivo cuando cocinar o salir a comer resulta incómodo. Los supermercados, las tiendas de conveniencia y las plataformas de entrega se benefician de esa búsqueda de control: el consumidor no deja necesariamente de gastar, pero busca hacerlo con menos exposición al calor.

También gana todo lo relacionado con la climatización. El aire acondicionado ha pasado de ser un producto de confort a una inversión defensiva. En hogares, comercios, oficinas, hoteles y restaurantes, la capacidad de mantener una temperatura agradable empieza a condicionar la afluencia de clientes y la productividad de los trabajadores.

La gran paradoja es la hostelería. España sigue siendo un país de bares, terrazas y vida social en la calle, pero el calor cambia el cuándo, el dónde y el cuánto. El negocio no desaparece, se desplaza. Las terrazas pueden seguir llenas por la noche, pero las horas centrales pierden rotación. La comida se adelanta o se acorta. El café de sobremesa se cambia por la vuelta a casa.

El turista se refugia en el hotel, en un museo, en una tienda climatizada o en un centro comercial. Los datos empiezan a reflejar esa tensión. Un análisis de CaixaBank Research sobre pagos con tarjeta en TPV durante las olas de calor del verano de 2023 concluyó que, por cada grado de desviación sobre la temperatura media histórica en julio y agosto, el gasto turístico caía entre las 12 y las 17 horas y subía entre las 22 y las 7 horas. El mismo estudio detectó descensos en restaurantes y ocio por cada grado por encima de la media histórica.

Madrid ofrece un ejemplo especialmente claro. Hostelería Madrid estimó que la facturación del sector cayó entre un 5% y un 8% durante el verano de 2025 por la menor afluencia vinculada a las olas de calor, aunque el ticket medio aumentó y el turismo internacional ayudó a sostener parte de la actividad.

El comercio de calle también queda expuesto. Tiendas pequeñas sin climatización suficiente, mercados tradicionales, puestos al aire libre, quioscos, floristerías, churrerías, panaderías de barrio o establecimientos situados en calles sin sombra sufren una caída del tránsito espontáneo. La compra impulsiva se enfría cuando caminar se convierte en una penalización.

El ocio al aire libre vive un fenómeno parecido. Visitas guiadas, parques temáticos urbanos, rutas culturales, actividades deportivas, festivales diurnos o experiencias turísticas de interior peninsular deben rediseñar horarios, sombras, puntos de hidratación y políticas de cancelación. El producto puede seguir siendo atractivo, pero el horario tradicional deja de ser viable.

La clave no es solo qué se consume, sino cuándo. El calor extremo está creando una economía más nocturna. Restaurantes, terrazas, heladerías, comercios turísticos y ocio urbano concentran más actividad al caer el sol. Esto puede elevar el ticket de la noche, pero no siempre compensa la pérdida de las horas centrales.

Para la hostelería, el reto está en la productividad de la mesa. Una terraza vacía a mediodía y llena a las diez no duplica la facturación: la comprime. Aumentan los picos, se complican los turnos, se tensiona la plantilla y se reduce la eficiencia operativa. Para el comercio, el problema es similar: menos tráfico durante el día y más dependencia de momentos concretos.

El consumidor no renuncia al gasto, pero se vuelve más selectivo. Busca locales climatizados, terrazas con sombra real, vaporizadores, agua disponible, menús ligeros, rapidez de servicio y reservas en horas menos agresivas. La temperatura se convierte en un atributo del producto, como el precio o la ubicación.

El calor también encarece operar. Más aire acondicionado implica más factura eléctrica. La climatización salva ventas, pero estrecha márgenes. Un restaurante que llena el salón interior puede compensar la terraza vacía, pero lo hace pagando más energía. Una tienda que mantiene el flujo de clientes necesita invertir en climatización, aislamiento, puertas automáticas, toldos o vinilos solares. La adaptación ya no es estética: es inversión climática.

A esto se suma la dimensión laboral. La normativa española obliga a tomar medidas adecuadas para proteger a las personas trabajadoras frente a fenómenos meteorológicos adversos, incluidas temperaturas extremas, en trabajos al aire libre o espacios que no puedan cerrarse. Si hay avisos naranjas o rojos y las medidas preventivas no garantizan la protección, resulta obligatoria la adaptación de las condiciones de trabajo, incluida la reducción o modificación de jornada.

Conviene precisar, sin embargo, que no existe una obligación general de cerrar terrazas durante las olas de calor. Lo que sí existe es la obligación de proteger a la plantilla y adaptar las condiciones cuando el riesgo no esté controlado. Para los negocios, esto implica más planificación: turnos más cortos, pausas, hidratación, uniformes adecuados, sombra, ventilación y protocolos. Entre los ganadores aparecen las heladerías, las horchaterías, las tiendas de bebidas, los supermercados, los formatos de comida preparada, las plataformas de entrega, los centros comerciales, los cines, los museos, los hoteles con buenas zonas comunes, las piscinas, los fabricantes de climatización, instaladores, empresas de mantenimiento y negocios capaces de vender “refugio” además de producto. Entre los perdedores figuran las terrazas mal orientadas, los restaurantes dependientes del mediodía, el comercio de calle sin climatización, los mercados con instalaciones antiguas, el ocio diurno al aire libre, las actividades turísticas de interior en horas centrales, la construcción, la agricultura, la logística de última milla y cualquier empresa intensiva en trabajo físico expuesto.

Pero la frontera es adaptativa. Una terraza con sombra, ventilación, agua, carta ligera y servicio ágil puede funcionar mejor que un local interior mal climatizado. Una heladería en una calle sin sombra puede perder venta diurna frente al supermercado. Un restaurante que reorganiza turnos hacia cenas, brunch tardío y delivery puede capturar demanda que otro pierde.

La economía del calor obliga a rediseñar el verano español. No basta con abrir más tarde o encender el aire. Los negocios tendrán que repensar horarios, formatos, cartas, espacios, inversiones y comunicación. Habrá más menús fríos, más reservas nocturnas, más promociones en horas valle, más terrazas con sombra técnica, más interiores convertidos en refugios, más venta para llevar y más colaboración entre comercio, hostelería y turismo. También habrá más cierres temporales en agosto, más plantillas tensionadas y más costes fijos asociados a operar en un clima más extremo.

El calor sigue llenando heladerías, sí. Pero cuando aprieta demasiado, vacía terrazas, cambia rutas, encarece la luz, altera los turnos y obliga a los negocios a competir por algo más básico que el precio: la sensación de estar a salvo del termómetro. En la nueva economía estival, el cliente no solo busca consumir... Busca refrescarse, descansar y protegerse. Quien entienda eso venderá más. Quien siga esperando que el calor, por sí solo, saque a la gente a la calle, puede encontrarse con la terraza vacía.

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