Revista Capital

Isabel II, la última reina de la deferencia

Buckingham Palace convierte este verano el centenario de Isabel II en un recorrido íntimo y calculado por su vida, su estilo y la memoria visual de la monarquía británica

Por Marta Díaz de Santos

En Buckingham Palace, la memoria de Isabel II se presenta este verano como una sucesión de telas, sombreros, perlas, bocetos, cartas y colores. A los cien años de su nacimiento, Isabel Alexandra Mary Windsor nació el 21 de abril de 1926, la Royal Collection Trust ha organizado un programa conmemorativo que se presenta como una especie de homenaje, archivo visual y recordatorio de una regla que la monarquía británica aprendió pronto: sobrevivir exige mostrarse, pero nunca revelarse del todo.

La programación incluye la exposición Queen Elizabeth II: Her Life in Style, visitas excepcionales a los apartamentos privados de Isabel II en Holyroodhouse, actividades presenciales y digitales y una línea de productos conmemorativos. Todo forma parte de una operación de memoria cuidadosamente administrada: la reina convertida en objeto histórico, en icono de estilo y en argumento de continuidad para una institución que, bajo Carlos III, vive más expuesta que nunca al escrutinio público.

El centro del programa está en The King’s Gallery, en Buckingham Palace, donde Queen Elizabeth II: Her Life in Style permanece abierta hasta el 18 de octubre. Es la mayor exposición dedicada hasta ahora a la moda de la difunta reina, con más de 300 piezas, muchas nunca antes expuestas, que recorren siete décadas de vida pública y privada. La muestra tiene la apariencia de una retrospectiva de moda, pero su ambición es más política.

En el caso de Isabel II, el vestido nunca fue solo un tema de moda, fue su escudo, código diplomático, uniforme constitucional y forma de presencia, porque, en una monarquía parlamentaria, la visibilidad es una obligación de Estado. Sus colores vivos, sus sombreros reconocibles, sus guantes, sus bolsos Launer y sus abrigos monocromos componían una gramática de legibilidad pública. Había que poder verla desde lejos, distinguirla entre la multitud, convertir a una mujer de estatura discreta en una presencia institucional inequívoca.

Caroline de Guitaut, comisaria de la exposición y Surveyor of The King’s Works of Art, ha resumido esa idea al señalar que Isabel II se interesaba de forma profunda y reflexiva por su armario y utilizaba la moda como instrumento diplomático, además de como apoyo a la industria británica. En otras palabras: la reina se vestía para representar al Estado, sostener la continuidad y proyectar confianza.

La Royal Collection Trust nos enseña ropa, joyas, sombreros, zapatos, accesorios, muestras de tejido y correspondencia manuscrita que permiten reconstruir hasta qué punto Isabel II intervino en la creación de su imagen pública. El recorrido avanza desde piezas de infancia, como el traje de bautizo o el vestido, la túnica y la coroneta que llevó en la coronación de su padre, hasta los grandes vestidos de Estado de Norman Hartnell, entre ellos el de novia de 1947 y el de coronación de 1953.

También figuran un raro vestido conservado de su primera gira por la Commonwealth como reina, en 1953-54; el conjunto azul que llevó en la boda de la princesa Margarita en 1960; atuendos de sus jubileos de plata, oro, diamante y platino; y un vestido de noche discretamente adaptado para sus primeros embarazos entre 1948 y 1950.

La selección concluye que su armario fue siempre algo más que una cuestión estética. Fue una negociación entre cuerpo, institución, protocolo y poder. En una vida pública construida sobre la contención, la ropa se convirtió en una de las pocas formas autorizadas de mensaje.

Entre los objetos de mayor carga simbólica figuran las joyas. La exposición incluye los collares de perlas de la reina Carolina y de la reina Ana —regalos de boda de sus padres—; la tiara de diamantes de la reina María, conocida como Queen Mary’s Diamond Fringe Tiara, mostrada por primera vez en casi veinte años; el brazalete diseñado por el príncipe Felipe para su quinto aniversario de boda; la tiara de aguamarinas de Isabel II y la tiara de rubíes birmanos, expuesta por primera vez.

La exposición incorpora además un guiño muy actual que explica hasta qué punto Isabel II supo ocupar la cultura popular sin abandonarse a ella. Puede verse el vestido rosa que llevó en su célebre aparición junto a Daniel Craig durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, acompañado de la réplica adaptada para el doble que simuló el salto en paracaídas. En aquella secuencia, la monarquía se permitió jugar con su propia solemnidad sin dejar de controlarla.

El otro gran capítulo del centenario está en Escocia. En el Palace of Holyroodhouse, residencia oficial del monarca en Edimburgo, la Royal Collection Trust ha abierto por primera vez al público los apartamentos privados utilizados por Isabel II y el duque de Edimburgo. Las visitas se ofrecen solo este año y hasta el 10 de septiembre, con un máximo de 25 personas por grupo y una duración aproximada de una hora.

El calendario conmemorativo se completa con conferencias digitales y actos presenciales. Hay charlas online sobre el vestido de coronación, la restauración de Windsor Castle y el vestido de novia de la reina; talleres de ilustración de moda; sesiones sobre bordado inspiradas en Norman Hartnell y actividades familiares en The King’s Gallery. El libro oficial, Queen Elizabeth II: Fashion and Style, documenta la colección de moda de la reina con un nivel de detalle inédito.

Setenta años de reinado

Pero el centenario no puede reducirse a una operación estética. Isabel II reinó durante más de 70 años, más que cualquier otro monarca británico, y su legado se construyó sobre una paradoja: cambió muy poco en su forma de ejercer el papel para permitir que la institución sobreviviera a cambios enormes.

Fue jefa de Estado durante la reconstrucción de la posguerra, la pérdida del imperio, la transformación de la Commonwealth, la entrada del Reino Unido en la modernidad televisiva, los años de Thatcher y Blair, la Guerra Fría y su final, la devolución de poderes a Escocia, Gales e Irlanda del Norte, el Brexit y una erosión general de la deferencia hacia las élites.

Su reinado se apoyó en tres pilares: continuidad, neutralidad y servicio. La web oficial de la Familia Real recuerda que Isabel II fue servida por 15 primeros ministros británicos, desde Winston Churchill en 1952, y que recibía de forma regular, normalmente semanal, a sus primeros ministros.

Esa relación constitucional se define por el derecho del monarca a animar, advertir y ser consultado, sin abandonar la neutralidad política. También actuó como anfitriona diplomática de más de 110 presidentes y primeros ministros en visitas oficiales al Reino Unido.

El segundo pilar fue la Commonwealth, quizá el terreno donde su legado es más amplio y también más discutido. Isabel II realizó más de 200 visitas a países de la Commonwealth, visitó casi todos sus Estados miembros y dedicó a esa organización alrededor de un tercio de sus viajes al extranjero. Asistió a 22 reuniones de jefes de Gobierno de la Commonwealth y a siete Juegos de la Commonwealth. Durante su reinado, numerosos territorios se independizaron o se convirtieron en repúblicas; la reina intentó presentarse no como emblema de dominación imperial, sino como vínculo personal de una asociación voluntaria.

Ese legado, sin embargo, no está libre de ambigüedad. Para sus defensores, Isabel II ayudó a transformar una herencia imperial en una comunidad flexible de Estados soberanos. Para sus críticos, su figura suavizó con ceremonial y continuidad una historia marcada por desigualdad colonial, explotación y violencia. La fuerza de la reina estuvo en no entrar casi nunca en el debate explícito. La debilidad de esa misma estrategia es que, a ojos contemporáneos, el silencio puede parecer insuficiente.

El centenario llega en un Reino Unido que ya no mira a la monarquía con la deferencia automática de mediados del siglo XX, y en una Commonwealth donde varias sociedades se preguntan qué papel debe ocupar la Corona en el siglo XXI.

El patrimonio de la Corona británica

Hablar de Isabel II implica también hablar del patrimonio que sostuvo la representación material de la monarquía. La Corona británica no es solo una institución constitucional: es un entramado de palacios, tierras, colecciones artísticas, joyas, archivos, ducados históricos y mecanismos de financiación que separan, a veces con claridad y a veces con una ambigüedad muy británica, lo público, lo dinástico y lo privado.

No todo lo que pertenece al rey pertenece al rey. No todo lo que sostiene a la monarquía sale directamente del bolsillo público. Y no todo lo que representa como herencia nacional está libre de debate político. Esa zona gris, tan útil para la supervivencia de la institución, forma parte del poder de la Corona tanto como los balcones de Buckingham o los diamantes de sus tiaras.

El caso central es The Crown Estate, una cartera de activos inmobiliarios, rurales y marinos vinculada a la Corona, pero gestionada de forma independiente. Sus beneficios no ingresan directamente al soberano: se entregan al Tesoro británico. En sus últimas cuentas cerradas, correspondientes a 2024-25, The Crown Estatedeclaró un beneficio neto de 1.100 millones de libras para las finanzas públicas, impulsado de forma excepcional por los ingresos de licencias vinculadas a la energía eólica marina. Su valor neto de activos se sitúa en 15.000 millones de libras.

De esos beneficios se calcula la Sovereign Grant, la dotación que financia la actividad oficial de la monarquía y el mantenimiento de las residencias ocupadas. En 2024-25, esa subvención fue de 86,3 millones de libras, congelada desde 2021-22: 51,8 millones para el funcionamiento ordinario y 34,5 millones para las obras de renovación de Buckingham Palace. Para 2025-26, la cifra asciende a 132,1 millones de libras, de los cuales 60 millones están destinados a ese mismo programa de reformas. La subida no obedece a un aumento permanente de la asignación real, sino al efecto temporal de los beneficios extraordinarios de The Crown Estatey a la fórmula pactada con el Tesoro.

A ese entramado se suman los ducados históricos. El Ducado de Lancaster, mantenido en fideicomiso para el soberano, proporciona al monarca una fuente de ingresos separada de la dotación pública. En el ejercicio cerrado el 31 de marzo de 2025, declaró activos netos de 678,7 millones de libras y un superávit neto ajustado de 24,4 millones.

El Ducado de Cornualles, asociado tradicionalmente al heredero al trono, registró ese mismo año un superávit distribuible de 22,9 millones de libras y activos netos de 1.109 millones. Ambos recuerdan que la monarquía británica no se sostiene solo sobre símbolos, sino también sobre una arquitectura patrimonial de larga duración.

Luego está la Royal Collection, quizá el patrimonio más revelador para entender este centenario. Sus cuadros, joyas, muebles, manuscritos, vestidos y objetos ceremoniales no pertenecen al rey como individuo privado, sino que son mantenidos en fideicomiso por el soberano para sus sucesores y para la nación. No existe, por tanto, una valoración pública equivalente a la de una fortuna privada.

Lo que sí puede medirse es su explotación cultural. En 2024-25, la Royal Collection Trust recibió 2,9 millones de visitantes en las residencias oficiales y en The King’s Galleries; la apertura de verano de Buckingham Palace alcanzó 646.889 visitantes en 73 días, su cifra más alta desde que el palacio abrió sus puertas al público hace más de tres décadas.

Durante el reinado de Isabel II, esa arquitectura material fue esencial para producir continuidad. Los palacios ofrecían escenarios; las joyas, genealogía; los uniformes, rito; los vestidos, legibilidad pública. Pero en una Gran Bretaña menos deferente y más exigente con las élites, el patrimonio de la Corona ya no funciona solo como decorado de la historia nacional. También plantea preguntas sobre transparencia, privilegio, financiación y acceso.

La monarquía sobrevive, en parte, porque ha sabido convertir la herencia en servicio público. Su desafío actual es convencer a una sociedad más escéptica de que esa herencia sigue mereciendo ocupar el centro simbólico del Estado.

Las grietas del reinado

Los momentos más complejos de su reinado fueron aquellos en los que la distancia ceremonial dejó de proteger a la institución. El primero, y quizá el más traumático desde dentro de la familia, fue 1992, el año que ella misma describió como su annus horribilis. En aquel discurso en Guildhall, pronunciado el 24 de noviembre de 1992 al cumplirse cuarenta años de su acceso al trono, la reina admitió que no era un año que recordaría con placer sin mezcla. La frase pasó al vocabulario político y sentimental británico.

No exageraba. En 1992 se separaron Carlos y Diana; también se separaron el príncipe Andrés y Sarah Ferguson, y la princesa Ana se divorció; un incendio devastó Windsor Castle. Además, en un contexto de recesión y creciente resentimiento hacia el coste de la monarquía, Isabel II aceptó pagar impuestos sobre sus ingresos privados, pese a estar personalmente exenta. Fue un punto de inflexión. La familia real descubrió que ya no podía refugiarse en una autoridad incuestionable y que la vida privada de sus miembros había pasado a ser asunto público.

El segundo gran examen llegó en 1997, tras la muerte de Diana, princesa de Gales. Durante días, la percepción pública fue que la Casa Real reaccionaba con frialdad a un duelo popular que desbordó las puertas de Kensington Palace y Buckingham Palace. La reina estaba en Balmoral con Guillermo y Harry, pero la distancia escocesa se interpretó en parte del país como desconexión emocional. Su mensaje televisado del 5 de septiembre intentó corregir esa brecha: habló como reina y como abuela, y rindió tributo a Diana como una mujer excepcional y dotada.

Aquel episodio reveló un cambio irreversible: la monarquía ya no podía limitarse a representar estabilidad; tenía que parecer empática. Isabel II, formada en una cultura de contención emocional, tuvo que aprender que el público esperaba señales visibles de duelo, no solo cumplimiento del protocolo. La supervivencia de la institución dependía en parte de esa adaptación. Sin renunciar a la reserva, la Corona empezó a comprender que la reserva absoluta podía ser leída como indiferencia.

Otro frente complejo fue Irlanda. La reina reinó durante décadas de violencia en Irlanda del Norte, y el asesinato de Lord Mountbatten por el IRA en 1979 añadió una herida familiar a una tragedia política. Por eso su visita de Estado a la República de Irlanda en 2011 tuvo un peso histórico excepcional. En el banquete de Estado en Dublin Castle, Isabel II habló del peso de la historia y de los vínculos entre ambos países como vecinos, amigos y socios iguales. El gesto no borró el pasado, pero ayudó a expresar una reconciliación que la política británica e irlandesa llevaba años construyendo.

La dificultad de su reinado estuvo precisamente ahí: en no gobernar y, sin embargo, importar. No decidía políticas públicas, no votaba leyes, no discutía presupuestos, no hacía campaña. Pero su presencia encarnaba el Estado, y esa encarnación adquiría valor especial en momentos de crisis. La reina fue una figura de consuelo nacional tras atentados, guerras, desastres y fracturas políticas; pero también fue el rostro de una institución hereditaria en una sociedad cada vez más igualitaria, mediática y escéptica.

Esa tensión sigue viva. Carlos III ha heredado una monarquía más pequeña, más escrutada y menos automáticamente reverenciada. Isabel II aparece ahora como medida de estabilidad: la soberana que no explicó demasiado, no improvisó casi nunca y convirtió la repetición en virtud. Para una generación, esa constancia fue consuelo. Para otra, puede parecer distancia.

La pregunta, cien años después de su nacimiento, es si Isabel II fue la última gran soberana de una era deferente o la arquitecta silenciosa de una monarquía adaptable. Si fue símbolo de unidad o envoltorio elegante de contradicciones imperiales y familiares. Probablemente fue ambas cosas.

Lo indudable es que entendió mejor que nadie una regla esencial de la monarquía moderna… que, para durar, la Corona debe parecer eterna y, al mismo tiempo, cambiar lo justo para no romperse. Su vida vuelve ahora a Londres en forma de vestido bordado, sombrero azul, perlas heredadas y salones privados. En esos objetos está la historia de una reina. También la de un país que aún se pregunta qué quiere conservar de ella.

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