Mercados e inversión

Cañones, deuda y crecimiento, la economía de la nueva defensa europea

Europa ha descubierto que la seguridad ya no es un gasto periférico, sino una variable macroeconómica. El rearme promete industria, empleo y autonomía estratégica, pero también tensiona déficits, deuda pública y prioridades sociales

La industria de defensa supera los 80.000 euros de salario medio bruto, pero falta talento
Por Marta Díaz de Santos

Durante tres décadas, Europa vivió de los dividendos de la paz... Y ahora empieza a pagar la factura de su vulnerabilidad. La guerra en Ucrania, la presión de Estados Unidos sobre la OTAN y la sensación de que el continente debe defenderse por sí mismo han convertido el gasto militar en una nueva política industrial. ¿Puede Europa crecer a base de cañones sin agravar su deuda?

Europa ha entrado en una economía de la defensa que ya no se limita a cuarteles, tanques y presupuestos militares. Afecta a la política fiscal, a la industria, al crédito, a la innovación, a la logística y hasta a la definición misma de inversión pública. La defensa se ha convertido en un lenguaje común para gobiernos que, hasta hace poco, hablaban sobre todo de disciplina presupuestaria, transición verde y digitalización.

El gasto en defensa de los Estados miembros de la UE alcanzó los 343.000 millones de euros en 2024 y se estima que llegará a 381.000 millones en 2025, lo que equivale al 2,1% del PIB comunitario. Es un aumento del 62,8% respecto a 2020, según el Consejo de la UE. 

La nueva brújula la marcó la OTAN en la cumbre de La Haya de 2025. Los aliados se comprometieron a invertir el 5% del PIB anual en defensa y seguridad en 2035. De esa cifra, el 3,5% correspondería a defensa básica y el 1,5% a partidas relacionadas con resiliencia, infraestructuras críticas, ciberseguridad e innovación. 

El problema es que la ambición estratégica se cruza con una realidad fiscal incómoda. Europa quiere más munición, más drones, más defensa aérea, más movilidad militar y más autonomía tecnológica. Pero también tiene Estados endeudados, electorados cansados de la inflación y reglas fiscales que no han desaparecido. La defensa se ha convertido en el nuevo terreno donde se negocia hasta dónde puede llegar el Estado.

Bruselas ha intentado cuadrar esa ecuación con Readiness 2030, el plan que busca movilizar hasta 800.000 millones de euros en gasto adicional de defensa. El paquete combina flexibilidad fiscal (hasta 650.000 millones mediante cláusulas de escape nacionales) y el instrumento SAFE, que ofrece hasta 150.000 millones en préstamos a largo plazo para compras conjuntas y capacidades críticas.

El mensaje político es claro: gastar más, pero gastar juntos. Europa no solo tiene un problema de volumen, sino de fragmentación. Durante años, los países han comprado equipos distintos, con calendarios distintos, proveedores distintos y prioridades nacionales. Esa dispersión encarece la escala, reduce la interoperabilidad y limita la capacidad industrial. La nueva economía de la defensa europea aspira a convertir la demanda pública en una palanca de mercado único.

Ahí aparece la promesa de crecimiento. La defensa puede alimentar cadenas de valor en electrónica, satélites, inteligencia artificial, ciberseguridad, robótica, semiconductores, materiales avanzados y sistemas no tripulados. A diferencia del gasto militar clásico, parte del nuevo rearme europeo se presenta como inversión dual: tecnologías que sirven tanto para un campo de batalla como para una infraestructura civil.

Pero el multiplicador económico no es automático. Los análisis citados por Reuters apuntan a que el gasto militar tiene un efecto de corto plazo más limitado que otras inversiones públicas, con multiplicadores en torno a 0,6-1,0 según la OCDE y de 0,93 en dos años para la eurozona según modelos del BCE. El impacto mejora si existe una industria nacional capaz de absorber los pedidos; empeora si el país importa gran parte del equipamiento. 

Por eso el rearme no beneficia a todos por igual. Alemania, Francia, Italia o España pueden capturar más valor si sus empresas participan en grandes programas europeos. Países con menos base industrial, aunque gasten más, pueden ver cómo buena parte del estímulo se escapa al exterior. La defensa, en ese sentido, es también una carrera por localizar producción, patentes y empleo cualificado.

España es un caso especialmente delicado. El Consejo de la UE activó el pasado mes de junio la cláusula de salvaguardia nacional para permitirle aumentar el gasto en defensa sin poner en riesgo la sostenibilidad de su deuda. Pero el debate español sigue marcado por una tensión política evidente: aumentar defensa sin romper el discurso social ni parecer que se sacrifica bienestar por armamento.

El dilema europeo no es si gastar o no gastar. Ese debate, en buena medida, ya se ha cerrado. La cuestión es cómo gastar. Si el dinero financia compras urgentes, fragmentadas y de importación, la factura pesará sobre deuda y déficit. Si se transforma en capacidad industrial, innovación, empleo tecnológico y compras comunes, puede convertirse en una política de crecimiento. El rearme europeo es, por tanto, una prueba de madurez económica. Europa ha descubierto que la seguridad tiene precio. Ahora debe demostrar que sabe convertir ese precio en inversión, y no solo en deuda.

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