Revista Capital

Trabajo híbrido y transparencia salarial: de la emergencia a la madurez

Después de varios años de trabajo híbrido, las empresas han aprendido que la flexibilidad puede mejorar la conciliación, el compromiso y la productividad, pero también que no basta con enviar a los empleados a casa algunos días a la semana. El modelo requiere liderazgo, cultura, tecnología, objetivos claros y normas compartidas.

Por Marta Díaz de Santos

En la evolución del mundo del trabajo, la flexibilidad, la transparencia y la gestión estratégica del talento se han consolidado como prioridades para las organizaciones. Pero convertir estos principios en una ventaja competitiva exige mucho más que adaptarse a nuevas normativas o incorporar tecnología. Anselm Diví, profesor de People Management de Esade Business School; Silvia Bauzá, socia responsable del área Laboral en EY Abogados; David Blasco, director de Servicios Corporativos de Redsys; y Mar Cárdenas Muñoz, doctora y directora del Máster en Dirección de Personas y Gestión de RR.HH. y del Programa Superior de Gestión del Cambio y Transformación Organizacional en ESIC, analizan en el especial RRHH de Capital los cambios que marcarán el futuro de los Recursos Humanos: desde la madurez del trabajo híbrido y la transparencia salarial hasta el impacto de la inteligencia artificial y la aparición de nuevos modelos de gestión del talento.

Diví (Esade) recuerda que la pandemia actuó como acelerador del trabajo híbrido en España gracias al uso de nuevas tecnologías digitales. Este cambio permitió una mayor conciliación entre vida profesional y personal, así como mejoras de compromiso y productividad en muchas organizaciones. Sin embargo, también detecta una tendencia involutiva en determinadas empresas que priman el presentismo, reducen o eliminan el trabajo remoto y vuelven a estilos de liderazgo más autoritarios y menos delegativos, vinculados a culturas corporativas jerárquicas.

Ansel Diví (Esade Business School)
Ansel Diví (Esade Business School)

El aprendizaje de estos años es que el trabajo híbrido no funciona si se gestiona con la lógica del control presencial. No basta con contar días de oficina y días en remoto. La pregunta relevante es qué tipo de trabajo requiere presencia, qué tareas pueden hacerse mejor en remoto, qué espacios favorecen la colaboración, cómo se transmite cultura, cómo se protege la autonomía y cómo se evita la desconexión.

Blasco (Redsys) considera que en 2030 seguirá teniendo sentido hablar de trabajo híbrido, aunque el concepto habrá evolucionado. Probablemente se hablará menos de cuántos días se trabaja desde casa o desde la oficina y más de cómo se trabaja, para qué se necesita cada espacio y qué modelo ayuda realmente a conseguir mejores resultados. La flexibilidad será una expectativa cada vez más consolidada, especialmente para atraer y fidelizar talento. Pero eso no significa que todos los modelos vayan a ser completamente remotos.

La presencialidad seguirá teniendo valor cuando ayude a colaborar mejor, tomar decisiones, innovar, conectar equipos o transmitir cultura. El reto será diseñar modelos más conscientes, capaces de combinar productividad, bienestar, autonomía y conexión humana. El futuro del trabajo híbrido no será remoto frente a presencial. Será diseñado frente a improvisado.

Transparencia salarial

La transparencia salarial y las políticas de diversidad están ganando peso en Europa. Pero su impacto dependerá de si las empresas las asumen como una oportunidad de transformación o como una obligación meramente regulatoria.

Diví considera que la Directiva Europea de Transparencia Salarial marca un punto de inflexión irreversible en el mercado laboral europeo. La norma representa una oportunidad para empresas y trabajadores porque puede contribuir a reducir la brecha salarial de género y también las diferencias entre nuevas incorporaciones y trabajadores ya existentes en la organización. Su objetivo es garantizar la igualdad de retribución entre hombres y mujeres por un mismo trabajo o por un trabajo de igual valor, combatir la discriminación retributiva, empoderar a los trabajadores para reclamar e imponer medidas correctoras cuando la brecha salarial supere el 5% sin justificación objetiva.

Diví recuerda, además, que las obligaciones formales de reporte salarial se circunscriben a empresas con más de 100 trabajadores. Las de menor tamaño también tendrán obligaciones relevantes: facilitar información salarial previa al empleo, garantizar criterios objetivos y neutrales para valorar puestos y permitir que los trabajadores soliciten información sobre su retribución y la de categorías comparables.

Silvia Bauza (EY Abogados)
Silvia Bauza (EY Abogados)

Bauzá (EY Abogados) coincide en que la transparencia retributiva será uno de los cambios más disruptivos. La Directiva europea de 2023 obliga a informar al candidato de la banda salarial antes de la contratación, prohíbe solicitar el historial retributivo previo, reconoce a los trabajadores el derecho a conocer niveles salariales medios de puestos equivalentes desagregados por sexo y vacía de contenido las cláusulas de confidencialidad retributiva.

Cuando la brecha salarial supere el 5% y no pueda justificarse objetivamente, la empresa deberá realizar una evaluación retributiva conjunta con la representación legal de las personas trabajadoras. En un país donde hablar de salario ha sido históricamente un tabú, esto no es solo un cambio normativo: es un cambio cultural de enorme calado. Exige revisar toda la arquitectura retributiva, los procesos de incorporación y la política de comunicación interna.

La transparencia obliga a explicar. No basta con publicar bandas salariales; hay que poder justificar por qué se paga lo que se paga, cómo se valora un puesto, qué criterios determinan una promoción y qué mecanismos corrigen desigualdades. La opacidad permitió durante años gestionar excepciones, negociar caso por caso y evitar conversaciones incómodas. Pero también alimentó brechas, agravios comparativos y pérdida de confianza.

A la transparencia salarial se suma un ecosistema regulatorio cada vez más amplio. Bauzá menciona la necesidad de desarrollar y actualizar protocolos y planes obligatorios en igualdad, diversidad LGTBI, movilidad sostenible, gestión de catástrofes meteorológicas y otros ámbitos. Además, el Plan Anual Normativo del Gobierno para 2026 anticipa propuestas de calado, como la modificación de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, la revisión del régimen indemnizatorio del despido y la futura Ley de Democracia en la Empresa, orientada a impulsar una participación más efectiva de las personas trabajadoras en las organizaciones.

Para Recursos Humanos, esto implica una carga de gestión, pero también una oportunidad de ordenar procesos. La regulación puede convertirse en burocracia defensiva o en palanca de transformación. La diferencia estará en si las empresas se limitan a cumplir o aprovechan para construir sistemas más justos, transparentes y coherentes.

Del empleado estándar al ecosistema de talento

Más allá de 2026, la gestión de personas apunta a un cambio estructural: el fin del empleado estándar. Mar Cárdenas (ESIC) sostiene que las organizaciones que entienden Recursos Humanos como un departamento de procesos están perdiendo terreno frente

Mar Cárdenas (ESIC)

a aquellas que lo gestionan como una palanca estratégica real: quién entra, cómo se desarrolla, cómo se fideliza y también cómo se sale. Todo ello con datos, intencionalidad y mucha más personalización de la que existía hace apenas cinco años.

De aquí a 2030 se consolidará el final de las trayectorias lineales. Las empresas tendrán que gestionar ecosistemas de talento compuestos por empleados a tiempo completo, perfiles fractional y colaboradores por proyecto. Eso exige una mentalidad completamente distinta. Las empresas que ya están operando así tienen una ventaja considerable.

El impacto de la IA en la estructura de las organizaciones no se puede reducir a una sola respuesta. Cárdenas lo resume así: veremos menos puestos, puestos distintos y nuevas formas de trabajar al mismo tiempo. Habrá tareas que desaparezcan, sobre todo las repetitivas y las de procesamiento rutinario de información. Pero el impacto más profundo no será la destrucción de empleo, sino la transformación del contenido de cada puesto. Cambia lo que se hace, cambia el foco y cambia el valor que se espera de una persona.

También aparecen nuevas figuras. El perfil fractional en Recursos Humanos -profesionales senior que trabajan simultáneamente para varias organizaciones aportando expertise estratégico sin estructura fija- ya es una realidad en muchas empresas, especialmente medianas que no pueden o no quieren incorporar un CHRO a tiempo completo.

Este cambio obliga a Recursos Humanos a dejar de pensar únicamente en plantilla. La pregunta ya no es cuántas personas tengo, sino qué capacidades necesito, dónde están, cómo las desarrollo, qué parte debe estar dentro, qué parte puede estar fuera y cómo garantizo cultura, compromiso y calidad en un ecosistema más abierto.

RRHH como consultoría interna

La propia función de Recursos Humanos también se está transformando. Muchas empresas utilizan ya IA para cribar candidatos, generar informes de clima, automatizar comunicaciones de onboarding o detectar riesgo de rotación antes de que ocurra. Las funciones más transaccionales —gestión de nómina, registro de formación, comunicaciones de rutina— se están automatizando porque la tecnología puede ejecutarlas mejor, más rápido y con menor margen de error.

David Blasco (Redsys)

Lo que gana peso es todo lo que la IA no puede hacer sola: cultura, diseño organizativo, experiencia del empleado y analítica interpretada con criterio. Un profesional de selección ya no debería dedicar todo su tiempo a revisar currículos uno a uno, sino a tomar decisiones que requieren contexto, juicio y ética. Los departamentos de RRHH relevantes en 2030 serán aquellos capaces de convertir datos en decisiones de negocio. La función se parece cada vez más a una consultoría interna.

Quien no haga ese giro perderá influencia. Este cambio exige nuevos perfiles dentro del propio departamento de personas. Profesionales que comprendan tecnología, datos, negocio, cultura, regulación y experiencia del empleado. Personas capaces de leer indicadores, pero también de interpretarlos; capaces de acompañar líderes, pero también de cuestionar decisiones; capaces de diseñar procesos, pero también de entender su impacto humano.

Cárdenas advierte de los riesgos para las empresas que no adapten su estrategia de talento a la revolución tecnológica. El primero es perder a los mejores. El talento con más opciones ya elige dónde trabajar en función de cómo una empresa gestiona el desarrollo, la flexibilidad y el propósito. Si la propuesta de valor al empleado no evoluciona, la fuga es cuestión de tiempo. Y fidelizar talento en un mercado competitivo cuesta mucho más que haberlo cultivado desde dentro.

El segundo riesgo es más profundo: quedarse con equipos que no tienen las competencias que el negocio va a necesitar. En tres o cuatro años, las empresas que no inviertan hoy en identificar qué capacidades serán críticas y cómo desarrollarlas llegarán tarde. Y en este juego, llegar tarde es caro.

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