En ‘Vargas Llosa. Su otra gran pasión’, Pedro Cateriano, abogado y ex primer ministro peruano, reconstruye la trayectoria política e ideológica del Nobel peruano, una faceta que conoció de primera mano como integrante del Movimiento Libertad y testigo de su campaña presidencial de 1990. Cateriano repasa su ruptura con la Revolución cubana, su evolución hacia el liberalismo, su rechazo a las dictaduras y el coste que tuvo para él defender públicamente sus ideas. Una dimensión menos conocida de Vargas Llosa que, para su íntimo amigo, forma parte esencial de su legado cívico.
El origen del libro es, según Cateriano, una “deuda pendiente” con Vargas Llosa. Haber vivido desde dentro su aventura política le permitió asistir a una campaña marcada por una situación extrema: terrorismo, hiperinflación y un Estado al borde del colapso. Aquel episodio ocupa un lugar central en su relato, no solo por la derrota electoral de 1990, sino porque Cateriano sostiene que varias de las ideas económicas defendidas entonces por el escritor acabarían aplicándose después en Perú.
La obra amplía, sin embargo, el foco mucho más allá de aquella candidatura. A través de la producción periodística y ensayística de Vargas Llosa y de documentación consultada en su archivo de Princeton, Cateriano sigue el proceso que lo llevó desde sus primeras simpatías con la izquierda hasta convertirse en un defensor del liberalismo y de la “cultura de la libertad”. Ese recorrido político e intelectual, junto con su relación con España y su oposición a las dictaduras, vertebra buena parte de la conversación que sigue.
¿En qué momento pensó que esta historia merecía un libro propio, porque la gente tenía que conocer al político más allá del escritor?
En lo personal, yo sentí que tenía una deuda pendiente con él. Fui testigo de la difícil campaña presidencial que tuvo, en un contexto en el que Perú estaba jaqueado por el terrorismo demencial de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), y la economía del país estaba destruida por la hiperinflación del primer calamitoso gobierno de Alan García. Ocurrió en el país algo que no suele acontecer: la quiebra del Estado, un país sin dinero.
En ese contexto, en el que además acababa de colapsar el modelo económico izquierdista con el intervencionismo estatal que había implantado la dictadura de Juan Velasco Alvarado en Perú, Vargas Llosa decide presentarse como candidato. Fue un gesto de valentía y, además, un mensaje de cambio radical respecto a cómo debía actuar el Estado en el campo económico. Empezamos a escuchar la importancia de la empresa privada, del libre comercio, de la inversión nacional y extranjera, y del papel nefasto del Estado y sus empresas públicas, que perdían miles de millones de dólares. Nadie se atrevía a cuestionar ese modelo económico.
También creo que es importante que cosas que no se habían divulgado lo suficiente se conocieran: cómo durante el gobierno de Alan García se usó ilícitamente el Sistema de Inteligencia Nacional, el SIN, para someterlo a seguimiento político y a espionaje telefónico -lo que en Perú llamamos ‘chuponeo’- y cómo se usaron mecanismos para intentar frenar a Vargas Llosa. También quería rescatar que, si bien es cierto que perdió las elecciones frente a Fujimori, las ideas que planteó en esa campaña, las propuestas gubernativas, sobre todo en el campo económico, permitieron la reconstrucción de Perú.
Fujimori, en esa campaña, apoyado por la izquierda y la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), dijo que no iba a aplicar el programa de ajuste o shock para detener la inflación. Le mintió al pueblo, pero al final, cuando llegó al poder, terminó aplicando esa receta económica que formuló Vargas Llosa. Los contextos son muy diferentes, pero es lo que ocurrió. Milei dijo a los argentinos que la única forma de detener la inflación que habían dejado los peronistas era con un programa de ajuste.
Él ganó las elecciones diciendo la verdad. Vargas Llosa perdió las elecciones diciéndonos la verdad. Y es algo que trato de rescatar a lo largo del libro: esa importancia de decirle la verdad al pueblo en democracia. Una de las grandes razones, creo modestamente, del deterioro de la democracia, no solo en Latinoamérica sino en muchas partes, es el uso permanente de la mentira. Ahora, en este contexto internacional, en el que hay diferentes formas de opinar, de expresarse, de falsificar hechos, hay que rescatar la importancia de decir la verdad y cumplir con lo dicho.
Yo trato de explicar también la importancia del mandato claro, que fue un objetivo de Vargas Llosa para hacer la reforma liberal en Perú: obtener un mandato claro del pueblo a través del voto. Y eso solo se logra diciendo la verdad. Esto puede parecer ingenuo, pero de alguna manera hemos visto el deterioro de la democracia por el uso permanente de la mentira y la impunidad contra aquellos que mienten.
¿Qué coste personal tuvo para él romper con la Revolución cubana, distanciarse de amigos, de intelectuales?
Él, en el caso de Cortázar, persuade a Cortázar para acercarlo a la Revolución cubana, pero después se queda. También está la ruptura con García Márquez. Pero lo importante en este caso es cómo a lo largo de décadas hubo contra Vargas Llosa una campaña de demolición sistemática y permanente por haber roto con la Revolución cubana. Yo he sido testigo, en algunas ocasiones, de asistir a actos en los que había un hostigamiento contra Mario solo por el hecho de haber denunciado a la dictadura de Fidel Castro. Y él nunca se arredró.
Porque en esto hay que decirlo: Vargas Llosa siempre fue valiente y lúcido hasta el final de sus días al combatir las dictaduras como forma de gobierno. Siempre condenó las dictaduras a partir de ese momento. Y hubo un aspecto, una lucidez que es poco común: Vargas Llosa ha condenado las dictaduras, a partir de ese momento, de derecha e izquierda, de civiles y militares. Y no solo fue un hombre de palabra, fue un hombre de acción.
En el libro también destaco esa anécdota de Vargas Llosa cuando viaja a Venezuela. ¿Qué necesidad tenía de ir Vargas Llosa a Venezuela en plena época de Hugo Chávez? Simplemente ser solidario con la oposición democrática de Venezuela. Y, estando en Venezuela, la maquinaria mediática de Hugo Chávez, que tenía el control, lo agravió, lo insultó.
En ese contexto, seguramente Hugo Chávez se entusiasmó y lo retó públicamente a un debate. Y Vargas Llosa no rehuyó ese debate. Aceptó debatir con Hugo Chávez. La única condición que le puso fue que le diera el mismo tiempo para usar la palabra. Y al final quien acabó echándose atrás fue Hugo Chávez. Este ejemplo es muy ilustrativo porque Vargas Llosa fue un intelectual, pero también de acción, no solo de palabra.
Y usted, que vivió aquella campaña desde dentro, ¿cómo diría que era Vargas Llosa como líder político? ¿Escuchaba, delegaba, aceptaba que le llevasen la contraria?
Para empezar, fue un líder que aplicó la disciplina y el trabajo con el mismo rigor con el que hacía las cosas en el ámbito literario. Yo no recuerdo, por ejemplo, que un candidato a la Presidencia de la República trabajara con una disciplina ejemplar un programa de gobierno. Vargas Llosa logró no solo convocar a gente que simpatizaba con la agrupación que fundó, es decir, el Movimiento Libertad, sino también reunir a una serie de profesionales de distintas áreas, algo que pocas veces recuerdo que haya ocurrido en el país.
Ahora volvemos al tema de hablar con la verdad. Eso tuvo un coste. Claro que tuvo un coste porque, por ejemplo, cuando planteó el tema del ajuste económico para controlar la hiperinflación, el propio Alan García y el APRA aprovecharon ese contexto para generar pánico en la población. Se difundió, recuerdo, una propaganda política en la que se veía a los niños caerse muertos en las calles, a las mujeres desesperadas, y el llamado shock tuvo un efecto.
Por eso yo destaco esa valentía, esa honestidad intelectual de decir la verdad, pero también en un contexto en el que ya desde entonces nos hemos acostumbrado al uso de la mentira. Se puede usar la mentira para tergiversar o falsificar hechos. Yo creo que eso también me animó a escribir el libro.
Tras investigar toda su trayectoria, ¿cuál considera que es el verdadero legado político de Vargas Llosa?
Yo creo que es un ejemplo de lo que representa la lucha en favor de la libertad, de lo que él llamaba la cultura de la libertad. No solo a través de su obra literaria, sino también de su labor como ensayista, como periodista. A lo largo del tiempo ha sido un valiente y lúcido defensor de la cultura y de la libertad. Y algo que yo destaco en él es esa lucidez que tuvo para combatir la dictadura como forma de gobierno. Una de las tragedias, no solo de Perú sino de varios países latinoamericanos, han sido los golpistas y las dictaduras. Y en ese sentido, la conducta cívica de Vargas Llosa al enfrentarse a las dictaduras ha sido ejemplar. Todo, desde luego, con altísimos costes.
No hay que olvidar, por ejemplo, que cuando Fujimori gana las elecciones, Vargas Llosa es el primero en ir a felicitarlo. Durante la etapa constitucional de Fujimori, guarda un leal silencio como adversario porque era consciente de la forma trágica en la que Alan García y el APRA dejaban al país. Pero rompe fuegos cuando Fujimori da el golpe de Estado. Entonces yo creo que eso es importante.
Desde el punto de vista pedagógico y educativo, Vargas Llosa ha dejado un legado muy importante, diría yo, no solo para los jóvenes peruanos y latinoamericanos, sino también iberoamericanos. Es su autobiografía intelectual, La llamada de la tribu, donde destaca a los pensadores liberales que influyeron en él y lo acercaron al liberalismo.
Porque, como muchas de las cosas, o casi la totalidad de las cosas que hacía Mario Vargas Llosa, el proceso de su adhesión al liberalismo fue lento, estudiado y fruto de una maduración intelectual. Se puso a estudiar a los pensadores liberales. No fue un impacto, una adhesión repentina. Fue también un proceso de evolución ideológica y política que lo acercó al liberalismo para luego convertirse en lo que él llamaba la cultura de la libertad. Un gran defensor de la cultura de la libertad.
Vargas Llosa tuvo una relación especialmente intensa con España. ¿Qué cree que encontró aquí que le resultó tan importante para su identidad intelectual y personal?
Barcelona representó para él un espacio de tranquilidad para crear sin presión económica. Y yo creo que, en ese sentido, tal y como él mismo lo reiteró a lo largo del tiempo, el papel que desempeñó Carmen Balcells fue decisivo. Porque, cuando él ya vivía en Londres, ella lo persuadió y lo convenció para que se trasladara a Barcelona. Y es allí, además, donde surge este gran movimiento cultural que fue bautizado como el boom latinoamericano, que catapulta la literatura latinoamericana.
Fue un fenómeno cultural muy potente que aún hoy mantiene su vigencia desde el punto de vista literario, pero también intelectual. Es decir, fueron intelectuales de gran nivel. Y, de otro lado, a partir de ese momento, Vargas Llosa establece una vinculación afectiva con Barcelona. Por eso no voy a olvidar que él dijo que nunca más iba a participar en un acto público, en un mitin, una vez que culminó su campaña en Perú.
Pero Vargas Llosa siempre se opuso a ese independentismo catalán, que consideró nocivo para la democracia española. Y en ese sentido también tuvo un compromiso. Vargas Llosa en varias ocasiones también expresó su cercanía y amor por España. Fue miembro de la Real Academia Española, recibió doctorados de las universidades más importantes, fue socio de honor del Real Madrid, por el que sentía una gran pasión, y está también el gesto que tuvo el rey Juan Carlos de nombrarlo marqués.
Entonces, la relación con España ha sido muy intensa y cercana. Y él mismo se definía como un ciudadano del mundo. Encontró también en España una cercanía, en varios aspectos, entrañable.
Usted también conoce bien la realidad española y quería preguntarle cómo ve hoy la relación entre España y América Latina. ¿Cree que existe un diálogo fluido o que se conocen menos de lo que creen?
Yo creo que hay mucho por hacer y, en ese sentido, creo que el rey Felipe VI está desarrollando una labor muy importante para reforzar esa vinculación. Estas visitas que suele hacer periódicamente y con gran disciplina con motivo de las tomas de posesión tienen un impacto. Ahora, hay mucho por hacer. Yo respeto naturalmente las posturas de distintos gobiernos, pero nosotros, en América Latina, compartimos también una historia: el mismo idioma, la influencia de la religión y vínculos en los ámbitos académico, literario, político, etcétera.
Yo creo que, a diferencia de otras aproximaciones, América Latina en términos generales tiene y tendrá siempre una cercanía con España. Por eso hay mucho por hacer, no solo en el ámbito político sino también económico. Nosotros aquí, en Perú, experimentamos específicamente, por ejemplo, la importancia que tuvo la inversión española durante los gobiernos del expresidente Aznar.
La importancia de esa vinculación no solo en el ámbito educativo, cultural y político, sino también en el económico. Y creo que el futuro es prometedor si nos acercamos cada vez más. A veces las perspectivas cambian o no están tan claras, pero son muchísimo más las cosas que nos unen que las que nos separan en la relación.




