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Opinión

Por Redacción Capital

El cuñado agorero: predice que algo queda

“El cuñado agorero parece que hubiera asistido a una cumbre energética del G8”

Del profesor Gómez y Méndez se decían cosas curiosas cuando yo estudiaba en la Facultad de Comunicación. Por ejemplo, que varios cursos antes había enterrado internet en el mismo alumbramiento: “Ahora hay una cosa que se llama internet, pero yo no le veo mucho futuro…”. 

No niego que tengo algo, mucho, del viejo profesor Gómez y Méndez. A toda novedad asisto con un deje de futilidad, voy cosiendo el sudario antes de que se certifique la muerte. Soy técnicamente un cenizo, que es como se llamaba antes a las personas de escasa resiliencia. Tampoco me gusta que me saquen de mi zona de confort y esas cosas. 

Me he leído un libro muy tocho de Ray Dalio y sé que el futuro es esa cosa que sucedió en pasado. O sea, que si miras atentamente por el retrovisor es fácil identificar al coche con el que te estamparás de morros. Hay personas que tienen la habilidad de leer el futuro con asombroso instinto, entre ellas todas aquellas que metieron en criptos hace seis años y sacaron hace seis meses. Jamás estaré entre ellos. 

Pero otros son grandes augures por insistencia. También el arte de la predicción requiere de perseverancia y a menudo de desvergüenza. Todos conocemos a estos pitonisos de gintonic y mesita alta que se aflojan la corbata y la copa a la vez y pontifican: “Esto del metaverso…”. Yo, que tengo parte de castellano y vengo de una estirpe de gente prudente, me indignaban antes con estas cosas; ahora, en cambio, disfruto deportivamente del cuñado futurista que todos, en mayor o menor medida, tenemos. 

Esta clase de cuñado predice a lo grande y al por mayor: de todo sabe y de todo entiende. No lo arredra la mirada cínica o el comentario jocoso ni duda un segundo de la lógica de lo que esté diciendo. Confía ante todo en su insistencia, en la labor sorda y de acumulación de sus vaticinios. Sabe que también un reloj averiado da la hora correcta un par de veces al día. Si al final el metaverso casca, ahí estará para redimirlo aquello del sexo con robots: “En tres años los veremos, exactamente en tres”. Y si eso tampoco cuela, qué más da: tiene todo el futuro por delante. 

El osado y el ignorante, que en ocasiones son la misma persona, son optimistas. A mí, tirando a pesimista, hacer augurios sobre mañana mismo me parece una temeridad. Pero valoro a quien se compromete de esa manera con cosas de las que no sabe un guano, que son a veces las mismas personas que hacen dinero porque el dinero adora a los inconscientes. 

Entre los augures de afterwork, el que más predicamento tiene es el apocalíptico. A la gente le gusta imaginar un futuro en llamas, así que es proclive a aceptar cualquier cosa: rebelión de las máquinas, meteoritos, etc. A mí el futuro no me atrae y, como decía Pitita, no me conviene que llegue el Apocalipsis. Pero a quien predice la destrucción total hay que quererlo, pues asume que no podrá volver al bar agitando un periódico y gritando “os lo dije”. Así que sus predicciones son puramente artísticas. 

En general, predecimos por instinto y a todas horas. Ni siquiera nos damos cuenta. Salir a la calle ya es haber predicho en cierta manera que no se nos caerá una cornisa. De un tiempo a esta parte, venimos prediciendo el caos para este otoño-invierno. Desde luego hay mimbres: guerra, desabastecimiento, inflación… Los políticos han marcado el tono al más alto nivel y nosotros los de a pie nos lo hemos puesto fácil para ser, cada uno, el cuñado agorero que parece que hubiera asistido la tarde antes a una cumbre energética del G8. Habrá que ver en qué queda todo esto y será una gran suerte que nos equivoquemos como el viejo profesor de mi facultad que le daba dos telediarios a “esa cosa que se llama internet”. 

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