En 2026, el turismo global enfrenta una paradoja: mientras la mayoría de los viajeros evita las zonas de conflicto, un grupo creciente, aunque todavía minoritario, decide dirigirse hacia ellas. Ciudades con sirenas antiaéreas, regiones marcadas por décadas de violencia y países con historias de conflicto reciente atraen a turistas curiosos, aventureros o interesados en comprender la realidad más allá de los titulares.
Este fenómeno, conocido como turismo extremo o turismo de guerra, combina interés histórico, adrenalina y un elevado umbral de riesgo. Comprenderlo requiere analizar datos, escuchar a quienes lo viven y situarlo en el contexto geopolítico actual que, especialmente el conflicto en Oriente Medio, está redefiniendo las dinámicas del turismo internacional y afectando decisiones a escala global.
Los mapas tradicionales del turismo han sido reemplazados por mapas de riesgo y percepción de seguridad. El conflicto entre Israel, Irán y Estados Unidos, con escaladas en Gaza, Líbano, Siria e incluso amenazas sobre Dubái, ha alterado rutas de vuelos, inversiones hoteleras y decisiones de millones de viajeros. Ciudades que antes eran polos turísticos, como Dubái, Beirut o Jerusalén, han visto caer sus visitantes entre un 60% y un 80%. Las aerolíneas reprograman rutas, los cruceros cancelan escalas y las agencias reorganizan catálogos, desviando la demanda hacia destinos percibidos como seguros: España, Grecia, Italia o Japón.
Hoteleros europeos señalan un fenómeno de “efecto refugio”: viajeros que, motivados por la incertidumbre, prefieren itinerarios con riesgo mínimo o nulo, priorizando la estabilidad sobre la novedad.
Al mismo tiempo, otro tipo de viajero busca lo que algunos llaman irónicamente “vacaciones en el frente”. Aunque pocos visitan combates activos, existen agencias que ofrecen itinerarios en países con conflictos prolongados -Ucrania desde 2022, Yemen desde hace años, Afganistán desde la década de 1980- bajo la premisa de que hay zonas seguras o que la vida continúa con cierta normalidad pese a las sirenas. Estas propuestas, promovidas por operadores especializados, permiten observar cómo se construye una experiencia turística alrededor del conflicto, mezclando cultura, historia y adrenalina.
UCRANIA: NORMALIDAD ENTRE SIRENAS
Un caso paradigmático es el del turismo organizado a ciertas partes de Ucrania, donde, pese a la guerra iniciada en 2022, algunos operadores ofrecen paquetes desde 2023. La agencia Conflictos y Viajes, con sede en Barcelona, organiza itinerarios de siete a 10 días que permiten visitar Kiev, Leópolis, Odesa y otros centros urbanos bajo control gubernamental.
En una entrevista desde una cafetería de Kiev, su director, Adrián Lozano, explica que “los sirios suenan, sí, pero hay vida social, gastronomía, cultura y memoria histórica; Kiev hoy es una ciudad en guerra, pero también una ciudad que quiere ser vivida”. Esta frase resume la tensión entre riesgo y descubrimiento que muchos viajeros buscan experimentar.
Los paquetes, que oscilan entre 2.800 y 4.500 euros por persona, incluyen traslados, guías locales, alojamiento y visitas a lugares emblemáticos del conflicto, como museos, tramos reconstruidos de defensa civil y memoriales, pero excluyen cobertura de seguros. La mayoría de las pólizas no cubre siniestros en zonas declaradas de conflicto, y contratar extensiones puede aumentar el coste total entre un 10% y un 15%.
Aunque no hay cifras oficiales completas, datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) español y agencias europeas muestran que el flujo de turistas a Ucrania cayó drásticamente tras la invasión y luego se estabilizó en niveles bajos, con un ligero repunte motivado por intereses culturales, periodísticos o incluso por la curiosidad de vivir lo que llaman “la nueva normalidad en guerra”.
AFGANISTÁN Y EL TURISMO COMO ACTO DE RESILIENCIA
Otro caso de interés es Afganistán. El país, que recibió más de 120.000 turistas extranjeros en 1970, vio su flujo casi desaparecer tras décadas de conflicto. No obstante, tras la retirada estadounidense en 2021 y la toma de control por los talibanes, agencias especializadas comenzaron a ofrecer rutas a la provincia de Bamiyán, famosa por sus vestigios budistas y paisajes montañosos.
En 2023, cifras preliminares del Ministerio de Turismo afgano indicaban unos 7.000 visitantes, principalmente chinos y algunos europeos, una cifra modesta comparada con las decenas de miles de viajeros previos a la guerra soviética de 1979. Para muchos, el turismo en Afganistán es un acto de resiliencia cultural y económica, además de una experiencia de aventura.
En España, empresas como Against the Compass Expeditions ofrecen viajes de 10 días a Afganistán por alrededor de 2.750 euros, sin incluir vuelos internacionales, haciendo hincapié en la seguridad en rutas específicas y el acompañamiento de guías expertos. Sin embargo, el Ministerio de Asuntos Exteriores español desaconseja estos viajes y recomienda extremar precauciones, restringir movimientos fuera de rutas establecidas y contar con seguros médicos amplios.
La muerte de varios turistas españoles en un atentado en Bamiyán en 2024 reavivó el debate sobre la responsabilidad individual y el papel de las agencias que promueven este tipo de turismo.
YEMEN Y OTROS DESTINOS DE RIESGO PROLONGADO
Aunque menos mediático, Yemen representa otro ejemplo de turismo de nicho en zonas de conflicto. Pequeñas agencias europeas organizan itinerarios limitados a áreas relativamente seguras, con guías locales y desplazamientos controlados. Estos viajes combinan interés histórico, arqueológico y cultural, ofreciendo a los viajeros una perspectiva que rara vez se refleja en medios internacionales. Sin embargo, los riesgos son altos: los seguros apenas cubren incidentes y las recomendaciones de viaje de los gobiernos desalientan prácticamente cualquier desplazamiento.
EL EFECTO DEL CONFLICTO DE ORIENTE MEDIO EN 2026
Mientras estos viajes extremos atraen a un nicho de turistas, el conflicto entre Israel, Irán y Estados Unidos tiene un efecto profundo sobre el turismo global convencional. Restricciones al espacio aéreo, cancelaciones de vuelos hacia Tel Aviv, Beirut, Ammán o Dubái, y la reconfiguración de itinerarios de cruceros generan cancelaciones de reservas y caída de actividad hotelera. Hoteleros regiodecisivas, reconstrucciones culturales o testimonios de resiliencia. Caminar por calles marcadas por la guerra, detenerse en memoriales, escuchar a sobrevivientes y participar en recorridos que narran la violencia reciente puede ser educativo y emocionalmente intenso.
Un periodista español recuerda un vuelo a Zagreb durante la guerra de los Balcanes en los años 90, lleno de militares y reporteros… y con una familia belga que viajaba simplemente de vacaciones. La sorpresa de los demás pasajeros ilustra la disonancia entre la percepción del riesgo y la experiencia subjetiva de quienes deciden viajar a zonas de conflicto.
UN FENÓMENO MARGINAL, PERO REVELADOR
Aunque cada vez recibe más atención mediática, el turismo en zonas de conflicto sigue siendo un fenómeno marginal. La mayoría de los viajeros sigue optando por destinos seguros, con infraestructuras consolidadas y servicios garantizados. Sin embargo, este nicho revela mucho sobre cómo las personas perciben el riesgo, valoran la historia y buscan experiencias que trasciendan lo habitual. En este contexto, viajar a lugares de guerra funciona como una lente para explorar los límites de la seguridad, la empatía y la comprensión del mundo que nos rodea.
Un elemento decisivo es la falta de cobertura de seguros en territorios declarados en conflicto. La mayoría de las pólizas excluye explícitamente estos destinos, dejando a los viajeros sin respaldo financiero ante accidentes, siniestros o evacuaciones médicas. Esto obliga a asumir riesgos de manera consciente o a pagar extensiones muy costosas, con la responsabilidad recayendo casi por completo en el viajero. Los ministerios de exteriores refuerzan esta precaución mediante advertencias de no viajar o de regresar inmediatamente si ya se encuentra uno en la zona, subrayando la importancia de la responsabilidad individual frente al riesgo.
Lejos de ser una moda pasajera o una solución económica masiva para los países afectados, el turismo en zonas de conflicto refleja la complejidad de nuestra época. Combina la curiosidad por lo desconocido con la necesidad de protección, la fascinación por la historia con la conciencia del peligro, y convierte cada viaje en un acto deliberado de reflexión sobre la vulnerabilidad, la resiliencia y los límites de la experiencia humana.
