En un análisis detallado del informe ‘Cuentas generacionales de los miembros de los hogares’ de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), se revelan datos significativos sobre la distribución y uso de los recursos de los hogares en España. Durante 2022, los recursos totales de los hogares ascendieron al 111% del Producto Interior Bruto (PIB) nacional, lo que representa un promedio de 32.391 euros por persona.
Aproximadamente un tercio de estos recursos proviene de prestaciones públicas, siendo cerca del 40% de ellas de carácter monetario. El resto se presenta como prestaciones en especie de servicios públicos. Por otro lado, los dos tercios restantes se derivan principalmente de las rentas del trabajo y de los activos.
El estudio revela cómo el consumo a lo largo del ciclo vital se financia mediante diversas fuentes: rentas laborales, transferencias públicas y privadas, y otros ingresos de activos. Existen fases de déficit y superávit que están estrechamente ligadas a las etapas de la vida de los individuos. Durante la infancia y juventud, el consumo supera las rentas del trabajo, creando un déficit que debe cubrirse mediante transferencias públicas y privadas.
En la etapa de la vida que comprende entre los 30 y 60 años, las rentas laborales superan el consumo, generando un superávit
Este superávit es crucial para sostener tanto el ahorro personal como el consumo de otros grupos de edad. Al llegar a edades avanzadas, las rentas laborales disminuyen, creando nuevamente un déficit que es compensado a través de pensiones y el uso de activos acumulados.
El informe destaca una brecha significativa entre las rentas medias de hombres y mujeres durante la vida adulta, influenciada notablemente por la maternidad. Esta disparidad también se refleja en las prestaciones públicas monetarias, como pensiones, en el ahorro y en los impuestos.
Asimismo, el estudio identifica tres pilares redistributivos en España: el sector público, las transferencias privadas y la reasignación basada en activos. El sector público, a través de prestaciones monetarias y transferencias en especie, desempeña un papel crucial en la financiación del déficit en etapas no activas. Las transferencias privadas, especialmente de adultos a jóvenes dentro del hogar, subrayan la importancia de la familia como mecanismo de redistribución intergeneracional. Por último, la reasignación basada en activos, incluyendo rentas del capital y desahorro, cobra mayor relevancia en edades avanzadas.
