Revista Capital

Volver del abismo: los regresos que redefinieron el deporte

El verdadero triunfo no está en ganar, sino en regresar después de caer, enfrentar las dudas, el tiempo perdido y las expectativas, y reconstruirse paso a paso hasta volver a brillar

Por Marta Díaz de Santos

La bola rodó lentamente sobre el green, como si el tiempo hubiera decidido detenerse. Durante un instante, el ruido del público desapareció, el viento dejó de soplar y el mundo pareció contener la respiración. Anthony Kim mantuvo la mirada fija, inmóvil, sin parpadear. Cuando la pelota cayó en el hoyo, el silencio se rompió con un rugido que atravesó el campo de golf. Kim levantó los brazos, cerró los ojos y dejó que la emoción lo desbordara. No gritó. No corrió. Solo abrazó a su hija. En ese gesto había algo más que alegría… había alivio, cansancio e incredulidad. Era la victoria en el LIV Golf Adelaide de 2026, pero también el final de un viaje invisible que había comenzado muchos años antes. Las cámaras, claro, llegaron tarde al único sitio al que nunca llegan, al interior. Llegaron cuando ya estaba hecho, cuando el trabajo duro había terminado y quedaba lo fotogénico.

Durante la década de los años 2000, Kim había sido una promesa brillante. Su estilo agresivo, su confianza y su personalidad carismática rompían con la tradición del golf. Parecía destinado a dominar el deporte. Sin embargo, en 2012 desapareció. Lesiones, cirugías, problemas personales y una espiral emocional lo alejaron del circuito. Durante más de una década, su nombre se convirtió en un misterio. Algunos creían que no volvería. Otros lo imaginaban retirado en silencio. El tiempo lo convirtió en leyenda.

El deporte tiene una relación extraña con los fantasmas y es que los necesita. Un deportista ausente es una pantalla en la que proyectar deseos. Se le atribuye una vida mejor, una paz que envidiamos o un infierno que nos tranquiliza. “Se habrá arruinado”, “se habrá salvado”, “estará gordo”, “estará feliz”… El misterio siempre nos queda cómodo porque no exige prueba. A Kim le ocurrió algo que solo les pasa a los que se van jóvenes: no envejecía en el recuerdo. Era el mismo, siempre el mismo, congelado en el gesto del swing, como esas fotos que uno guarda de una versión antigua de sí mismo y que prefiere no comparar con el espejo. Su regreso en 2024 fue recibido con escepticismo. El golf había cambiado. Nuevas estrellas dominaban. La tecnología había transformado el juego. Y, sobre todo, su cuerpo y su mente ya no eran los mismos. Volver, además, es entrar en una sala donde ya no te esperan. O te esperan con el tipo de expectativa que pesa, la de la nostalgia. La nostalgia es un público exigente; no te deja ser nuevo, te obliga a repetir el truco.

En el deporte profesional, la gente habla de “ritmo competitivo” como si fuese una aplicación que se actualiza. Pero el ritmo competitivo es, en realidad, una forma de valentía: la costumbre de fallar delante de todos. La valentía de salir, fallar y volver a salir. Pero dos años después, en Australia, Kim demostró que el talento puede sobrevivir al olvido. Su victoria reactivó una emoción antigua: la fascinación por el regreso. La palabra “regreso” siempre suena mejor que “retorno”. Regreso es volver a casa. Retorno es volver a un sitio donde te cobren. El deporte tiene algo de ambas cosas… Vuelves al lugar de tus mejores días, pero también vuelves al lugar que te exige pagar por ellos. Y el público, que sabe más de lo que parece, entiende que esa factura existe.

EL RELATO QUE NUNCA ENVEJECE

Desde la antigüedad, las sociedades han construido relatos sobre la caída y la resurrección. En la mitología griega, los héroes descendían al inframundo antes de regresar. En la literatura, el viaje del héroe incluye crisis, transformación y retorno. El deporte moderno reproduce ese esquema. Durante años, el relato dominante fue el del campeón invencible. Los deportistas eran héroes sin grietas. Sus derrotas se ocultaban. Sus debilidades se ignoraban. Sin embargo, el siglo XXI ha cambiado esta narrativa. Hoy el público no solo admira la perfección, admira la vulnerabilidad. El error se ha normalizado y la fragilidad se ha convertido en parte del espectáculo. Este cambio responde a transformaciones culturales profundas.

Las redes sociales han hecho visibles las vidas de los deportistas. El fracaso se vuelve público. La presión se multiplica. El éxito parece más frágil que nunca. Antes, la fragilidad se escondía en el vestuario. Ahora está en el timeline. El deportista ya no cae en privado, cae con notificaciones. Cae con memes. Cae con debates interminables sobre si “ya no tiene hambre” o si “le pesa la fama”. Ese nuevo escaparate tiene un efecto raro. Por un lado, es cruel, porque no deja descansar; por otro, hace que la gente vea algo que antes ignoraba: que el cuerpo se rompe, que la mente se agota, que el campeón también se asusta. Y cuando esa persona vuelve, el regreso se convierte en un pacto: “si tú pudiste, quizá yo también”.

En este contexto, el regreso adquiere un valor simbólico. Representa la posibilidad de reconstruirse. No se trata solo de ganar, sino de volver. Volver es aceptar que no serás el mismo. Y, aun así, hacerlo. Volver es renunciar a la pureza del mito para ganar la impureza de lo real. Lo que emociona del regreso no es la vuelta al pasado, es la pelea contra el presente.

Los regresos empiezan en silencio… En habitaciones de hospital, en sesiones de fisioterapia, en entrenamientos sin público. Empiezan cuando nadie mira; y Kim ha descrito ese proceso en entrevistas: levantarse sin motivación, entrenar sin certezas, convivir con la duda. Es un relato común entre los deportistas. El vacío tras la caída es el momento más difícil. Cuando desaparecen los aplausos, la identidad se tambalea. Muchos atletas han confesado que la retirada o la lesión generan una crisis existencial. Si el éxito define quién eres, ¿qué ocurre cuando desaparece? La psicología deportiva ha estudiado este fenómeno. La resiliencia no es una cualidad innata. Es un proceso. Implica redefinir objetivos, reconstruir la autoestima y aceptar la vulnerabilidad.

En la vida común, cuando alguien se rompe, el mundo sigue. En el deporte, cuando alguien se rompe, el mundo opina. Hay una diferencia esencial entre curarse y justificarse. Y los deportistas, además de curarse, tienen que justificarse. La victoria, si llega, se celebra en un estadio. Pero el verdadero partido se juega en una camilla. Este cambio ha sido visible en los últimos años. Deportistas como Simone Biles o Naomi Osaka han abierto el debate sobre la salud mental. Su decisión de parar para proteger su bienestar marcó un punto de inflexión. Lo interesante no fue solo que parasen; fue que lo dijeran. Que nombrasen aquello que durante décadas se consideró una excusa. La salud mental, en el deporte, fue mucho tiempo una palabra prohibida, como si pronunciarla restase músculo. Y, sin embargo, parar a tiempo es otra forma de competir: compites contra la expectativa de los demás, contra tu propia culpa, contra la idea de que tu valor depende de lo que produces.

El público, quizá sin saberlo, ha madurado: ya no pide solo héroes; pide historias donde el héroe tenga grietas. Porque las grietas nos parecen verdaderas. El regreso necesita un momento simbólico. Una escena que sintetice el proceso. En el golf, ese momento fue la victoria de Tiger Woods en el Masters de 2019. Durante más de una década, Woods había sido el rostro del deporte. Su caída fue igualmente mediática. Lesiones de espalda, cirugías, escándalos personales. Muchos expertos consideraban imposible su regreso. Sin embargo, en Augusta logró una de las victorias más emocionantes del siglo. Ese triunfo cambió su legado. Woods dejó de ser solo un campeón dominante. Se convirtió en un símbolo de resiliencia. Hay una imagen de aquel Masters que se recuerda más que el resultado: Woods caminando, rodeado de gente, como si atravesara un túnel de vidas ajenas. La multitud no lo miraba como a un ganador; lo miraba como a alguien que volvió del sitio donde la fama te deja cuando se acaba.

El golf, además, tiene una crueldad particular y es que no puedes esconderte detrás de un equipo ni detrás de la velocidad. Estás tú y tu mente. Si estás mal, se te nota. Si estás bien, también. La emoción del público fue reveladora. La gente no celebraba solo el resultado. Celebraba la historia. Aplaudía la posibilidad de que un final no sea definitivo, que es una necesidad humana antes que deportiva.

CUANDO EL REGRESO REDEFINE LA GRANDEZA

El regreso puede transformar la percepción del éxito. En algunos casos, el retorno es más recordado que la carrera original. El caso de Michael Jordan es paradigmático. Tras retirarse en 1993, en el punto más alto de su carrera, su regreso en 1995 redefinió la grandeza. Jordan no solo volvió. Construyó una segunda dinastía con los Chicago Bulls. Aquella etapa consolidó su mito. Su retorno también transformó la globalización del deporte. La NBA se expandió internacionalmente. El marketing deportivo alcanzó nuevas dimensiones. Jordan demostró que la pausa no implica debilidad, puede ser un proceso de reconstrucción. El mundo deportivo entendió que no existe la retirada total cuando el mito sigue siendo rentable (para el mercado y para el propio mito), pero también entendió algo más íntimo: que hay gente incapaz de vivir sin la competición porque fuera de ella se siente huérfana. El regreso de Jordan fue también una lección de oficio. No volvió para recordar viejos tiempos; volvió para instaurar otros nuevos. Eso es lo que diferencia al nostálgico del que regresa de verdad: el que regresa de verdad no pide permiso.

Algunos regresos implican desafiar la biología. El ejemplo más impactante en el fútbol es el de Ronaldo Nazário. Sus lesiones de rodilla a finales de los noventa fueron devastadoras. Durante meses, su carrera parecía acabada. Sin embargo, en el Mundial de 2002 regresó para liderar a Brasil. Marcó ocho goles. Su doblete en la final contra Alemania simbolizó la victoria del talento sobre el dolor. Otros casos refuerzan esta narrativa. Niki Lauda volvió semanas después de un accidente casi mortal. Alex Zanardi regresó tras perder ambas piernas y ganó medallas paralímpicas. Ronaldo, en 2002, parecía un recordatorio de que el cuerpo es una historia que se reescribe a base de paciencia y de tozudez. El delantero que había sido velocidad pura tuvo que aprender a ser otra cosa: más oportunista, más inteligente, más “nuevo”. Lauda, por su parte, regresó tan pronto que uno se pregunta si el miedo le daba menos miedo que la ausencia. Hay deportistas a los que el vacío les asusta más que el riesgo. Y Zanardi, que volvió desde el lugar donde el cuerpo se rompe de la forma más literal, amplió el concepto de regreso: ya no era volver al mismo deporte, era volver a la vida con otro cuerpo y seguir compitiendo. Estos relatos amplían la idea de regreso. No se trata solo de competir. Se trata de redefinir los límites.

La sociedad mira esos casos con una mezcla de admiración y alivio (admiración por lo imposible, alivio porque alguien lo hizo antes). Otros regresos son psicológicos. El caso de Monica Seles marcó un punto de inflexión. Tras ser apuñalada en 1993, su vuelta al tenis fue una victoria emocional. La surfista Bethany Hamilton volvió tras perder un brazo en un ataque de tiburón. Su historia inspiró a millones. En Seles, el rival ya no era la otra tenista: era el recuerdo. El cuerpo podía estar listo, pero ¿y la mente? Volver después del trauma es una forma de desafiar al propio pasado. Hamilton, en el agua, hizo visible algo que el deporte entiende mejor que nadie: que lo que falta no siempre es lo que te derrota; a veces lo que te derrota es lo que piensas de lo que falta.

Estos ejemplos muestran que la resiliencia puede ser más poderosa que el talento. Y que hay victorias que no caben en un marcador. El retorno también puede ser social. Muhammad Ali fue suspendido por negarse a ir a la guerra de Vietnam. Su regreso y su victoria frente a George Foreman en 1974 trascendieron el deporte. Ese combate simbolizó un cambio cultural. Ali dejó de ser solo un boxeador. Se convirtió en una figura histórica. Ali volvió cuando el deporte era también una plaza pública. Su regreso no se midió solo en puñetazos: se midió en significado. Porque había perdido años decisivos por una decisión moral. Y regresar después de eso era decirle al mundo: no me habéis borrado.

Ese tipo de regreso (el que tiene una causa detrás) explica por qué el deporte puede ser, a veces, una forma de biografía colectiva. Hoy, los deportistas controlan su narrativa. Las redes sociales han cambiado la relación con el público. El regreso es visible. Cada entrenamiento, cada duda, cada progreso se comparte. Esto genera una conexión más profunda. Se comparte el gimnasio, la cicatriz, el día malo, el día bueno. Y el público, que siempre fue voyeur del éxito, se vuelve también voyeur del proceso. Eso puede ser terapéutico o puede ser una trampa: convertir la recuperación en contenido. Pero hay algo cierto y es que ahora el regreso se cuenta en tiempo real. Antes te enterabas cuando el atleta reaparecía. Ahora lo acompañas desde que está roto. El deporte produce historias que ayudan a entender la vida. La victoria de Anthony Kim ha recordado que caer no es el final. Porque el verdadero triunfo no es ganar. Es volver. Volver cuando te has acostumbrado a la oscuridad. Volver cuando ya te habían archivado. Volver cuando la gente cree que el mejor de ti pasó hace años. Y quizá por eso emocionan tanto estas historias… porque no prometen que todo salga bien, solo prometen que se puede intentar otra vez.

Hay una idea falsa sobre el regreso: creer que vuelve quien quiere. En realidad, vuelve quien puede. Quien tiene cuerpo, quien tiene dinero, quien tiene apoyo, quien tiene médicos, quien tiene tiempo. También por eso fascina: porque es una lucha desigual hasta con uno mismo. El regreso, cuando se mira de cerca, no es un milagro. Es una suma de días. Un día más sin rendirse. Un día más sin excusas. Un día más soportando el peso de lo que fuiste. Y cuando por fin llega el momento (la pelota entra, el público grita, el trofeo se levanta), lo que se celebra es todo lo que no se vio.

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