El mercado energético vuelve a mirar al Golfo Pérsico. Tras meses en los que el petróleo parecía moverse más por expectativas de demanda, tipos de interés y disciplina de la OPEP+, el riesgo físico de suministro ha regresado al centro de la ecuación. Goldman Sachs ha elevado sus previsiones para el cuarto trimestre de 2026 hasta 90 dólares por barril para el Brent y 83 dólares para el WTI, citando menor producción en Oriente Medio y la persistencia de tensiones en torno al estrecho de Ormuz.
Goldman Sachs reconoce así que el mercado ha vuelto a incorporar una prima de riesgo geopolítico. El estrecho de Ormuz, por donde históricamente transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido otra vez en el gran cuello de botella del sistema energético. La Agencia Internacional de la Energía señala que la seguridad de esos flujos es “la variable crítica” para contener nuevas perturbaciones en la economía global.
La clave está en que el mercado no teme únicamente que falten barriles, sino que falle la logística. Ormuz es la salida natural de parte esencial del crudo y productos refinados de Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Kuwait, Catar e Irán. A eso se añade gas natural licuado, especialmente catarí, vital para Asia y para una Europa todavía marcada por la reconfiguración energética tras la crisis del gas ruso.
El mercado empieza a preguntarse si otros productores podrían compensar una interrupción del suministro. La OPEP+ tiene capacidad para aumentar la producción, pero esa capacidad está en manos de pocos países y no serviría de mucho si el problema no es producir más petróleo, sino poder sacarlo y transportarlo por mar.
Estados Unidos tampoco actúa ya como antes
Durante la gran expansión del shale, las petroleras estadounidenses respondían con rapidez cuando subía el precio del crudo: perforaban más, producían más y ayudaban a enfriar el mercado. Ahora son más prudentes. Prefieren controlar la inversión, cuidar sus balances y devolver dinero a los accionistas antes que lanzarse a crecer a cualquier precio. Y eso rompe una idea que dominó el mercado durante años: que cualquier subida fuerte del petróleo sería temporal porque el shale de Estados Unidos saldría al rescate. Hoy los inversores ya no están tan seguros de que esa respuesta vaya a ser automática.
Un petróleo más caro se nota rápido en la economía real. Sube el coste del transporte, de los vuelos, de muchos productos industriales, de los fertilizantes y de buena parte de la química. Y eso puede acabar trasladándose a los precios que pagan empresas y consumidores. Pero el problema no es solo que la gasolina o el diésel suban. El riesgo es que el petróleo vuelva a alimentar la inflación justo cuando los bancos centrales intentan bajarla. Si eso ocurre, tendrán menos margen para recortar los tipos de interés. El crudo dejaría entonces de ser solo una materia prima para volver a condicionar toda la política económica.
También hay otro efecto menos visible. Aunque no falte petróleo, transportarlo puede volverse más caro si aumentan los seguros marítimos, los costes de los barcos o si las rutas comerciales tienen que desviarse por motivos de seguridad. Es decir, los precios pueden subir no porque escasee el crudo, sino porque moverlo por el mundo se vuelve más difícil y costoso. Eso es lo que preocupa a los inversores. No se trata necesariamente de una crisis como la de los años setenta, con un gran embargo petrolero, sino de un mercado mucho más inestable, donde el precio del barril puede subir o bajar con fuerza cada vez que aumenta la tensión geopolítica.
Un petróleo caro tiene ganadores y perdedores. Beneficia a las grandes petroleras, a las empresas de servicios energéticos, al transporte de crudo y a la industria de defensa. Pero perjudica a aerolíneas, compañías químicas, industrias con alto consumo energético y países que dependen mucho de importar petróleo, como India, Japón o buena parte de Europa.
Además, vuelve a abrir un debate importante: qué pasa con la transición energética. Por un lado, un petróleo caro puede acelerar la búsqueda de alternativas. Por otro, si los gobiernos se preocupan más por garantizar energía barata y segura, pueden aparcar temporalmente algunos objetivos climáticos. Ese es el cambio de fondo. Durante años, el petróleo parecía una variable más dentro del ciclo económico. Ahora vuelve a ser una pieza capaz de mover mercados, inflación, tipos de interés y decisiones políticas.
