África ha vuelto al centro del tablero económico mundial. La transición energética, la digitalización de la economía y la rivalidad comercial entre China, Estados Unidos y la Unión Europea han convertido al continente en un espacio estratégico para asegurar el acceso a materias primas y minerales críticos, desarrollar infraestructuras y abrir nuevos mercados.
Una de las principales razones es la riqueza mineral del continente. Según el Banco Africano de Desarrollo (AfDB), África alberga una parte muy significativa de las reservas mundiales de minerales esenciales para la transición energética, entre ellos cobalto, manganeso, grafito, platino y litio. La República Democrática del Congo, por ejemplo, produce alrededor del 70% del cobalto extraído en el mundo, de acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Este metal es un componente clave en las baterías para coches eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía.
Mucho más que minerales
Pero el interés internacional va mucho más allá de la minería. África posee importantes reservas de gas natural y petróleo. Países como Nigeria, Angola, Argelia, Egipto y Mozambique desempeñan un papel relevante en el suministro energético mundial. Tras la invasión rusa de Ucrania, varios Estados europeos han intensificado sus contactos con productores africanos para diversificar sus fuentes de gas y reducir la dependencia energética de Rusia.
La infraestructura constituye otro de los grandes ejes de las ventajas competitivas africanas. China ha sido el actor más activo durante las dos últimas décadas gracias a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative). Según el centro de investigación China Global South Project y la Universidad de Boston sobre financiación al desarrollo, bancos y empresas chinas han financiado o construido carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y centrales eléctricas en numerosos países del continente.
Entre las obras más conocidas figuran el ferrocarril que conecta Addis Abeba con el puerto de Yibuti o la modernización de diversas instalaciones portuarias en África oriental y occidental. Para Pekín, estas inversiones facilitan el comercio, aseguran cadenas de suministro y refuerzan su presencia económica en un continente cuya población superará previsiblemente los 2.500 millones de habitantes hacia mediados de siglo, según Naciones Unidas.
La UE entra en la carrera
La respuesta de las potencias de Occidente también se ha intensificado. La Unión Europea lanzó hace unos años la estrategia Global Gateway, concebida como un programa para movilizar inversiones en infraestructuras sostenibles en países miembros, incluidos numerosos proyectos en África. Estados Unidos, por su parte, impulsa la Partnership for Global Infrastructure and Investment (PGII), una iniciativa coordinada con el G7 destinada a financiar infraestructuras en economías emergentes y ofrecer alternativas a la financiación china.
Las telecomunicaciones representan otra importante oportunidad. La expansión de redes de fibra óptica, centros de datos y conectividad móvil está acompañando el rápido crecimiento digital africano. Según la GSMA, el número de usuarios de internet móvil y servicios digitales continúa aumentando de forma sostenida desde el principio de est adécada, convirtiendo al continente en uno de los mercados tecnológicos con mayor potencial de crecimiento.
No obstante, organismos internacionales como el Banco Mundial y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), señalan la importancia de que la riqueza mineral e inversora se traduzca en desarrollo industrial local y generación de valor añadido, evitando que África continúe desempeñando únicamente el papel de proveedor de materias primas.
